Cuento publicado

La Destrucción del Hombre

El relato La Destrucción del Hombre de Luigi Pirandello es un inquietante y profundo drama psicológico que trata de un crimen aparentemente inexplicable, reconstruido a través de la mirada sobre Nicola Petix, un hombre consumido por el tedio, la repulsión hacia la vida cotidiana y la degradación humana que lo rodea; una historia que aborda temas como la alienación, la miseria moral y social, la obsesión, la incomunicación, el absurdo de la existencia y la compleja frontera entre razón, locura y violencia.

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Solo quisiera saber si el señor juez instructor cree de buena fe haber encontrado una sola razón válida que explique de algún modo esto que él llama asesinato premeditado (y que, en todo caso, sería un doble asesinato, ya que la víctima estaba por cumplir felizmente el último mes de embarazo).

Se sabe que Nicola Petix se ha refugiado en un silencio impenetrable: primero ante el comisario de policía, apenas fue arrestado; luego ante el señor juez instructor, quien en vano ha intentado interrogarlo de todas las maneras y en numerosas ocasiones; y, finalmente, también ante el joven abogado asignado de oficio, ya que hasta el último momento no quiso designar a un defensor de su confianza.

Creo que debería darse alguna interpretación a este silencio tan obstinado.

Dicen que en la cárcel Petix muestra la indiferencia despreocupada de un gato que, después de haber cometido la más cruel destrucción sobre un ratón o un polluelo, se recoge en un rayo de sol, entrecerrando los ojos con esa mezcla de pena resignada y soñolienta propia de los animales que, por desgracia, al tener que tratar con los seres humanos, nunca se sienten realmente seguros de no ser, en cualquier momento, injustamente molestados por ellos.

Pero está claro que esta versión, que pretende dar a entender que Petix cometió el delito con la inconsciencia de una bestia, no ha sido aceptada por el juez instructor, ya que ha considerado necesario admitir y sostener la premeditación en el asesinato. Los animales no premeditan. Si se esconden al acecho, su emboscada es parte instintiva y natural de su caza, lo que no los convierte en ladrones ni asesinos. La zorra es ladrona para el dueño de la gallina, pero para sí misma no lo es: tiene hambre; y cuando tiene hambre, no puede ir a decirle a una gallina: "Ponme un huevito, linda, que te lo pago". La atrapa y se la come. Y después de habérsela comido, adiós, no vuelve a pensar en ello.

Ahora bien, Petix no es un animal. Y hay que preguntarse, ante todo, si esta indiferencia es real. Porque, de serlo, también habría que tomar nota de ella, igual que de aquel silencio obstinado, del cual—según mi parecer—sería la consecuencia más natural, ambos corroborados por el explícito rechazo a un defensor.

Pero no quiero adelantar juicios ni expresar, por ahora, mi opinión.

Sigo discutiendo con el señor juez instructor.

Si el señor juez instructor considera que Petix debe ser castigado con todo el rigor de la ley, porque no lo ve como un necio feroz comparable a una bestia, ni como un loco furioso que haya matado sin motivo a una mujer embarazada a pocas semanas del parto, ¿cuál puede haber sido entonces la razón del delito, de este asesinato premeditado?

Una pasión secreta por esa mujer, no. Sería motivo de risa, si lo dijera. Bastaría con que el joven abogado defensor mostrara por un momento a los señores miembros del jurado un retrato de la pobre difunta. La señora Porrella tenía cuarenta y siete años y ya podía parecerse a cualquier cosa menos a una mujer.

Recuerdo haberla visto pocos días antes del delito, a fines de octubre, paseando al atardecer por la avenida Nomentana, del brazo de su marido, el señor Porrella, un hombre de cincuenta años, algo más bajo que ella, pero también con la barriga prominente, a pesar del viento que levantaba en ráfagas cálidas y ruidosas las hojas muertas.

Puedo asegurar, por mi palabra de honor, que resultaba toda una provocación ver a esos dos paseando en un día como aquel, con tanto viento, en medio del remolino de hojas secas, pequeños bajo los altos plátanos desnudos que forcejeaban en el cielo tormentoso con el áspero enredo de sus ramas.

Arrastraban los pies de la misma manera y al mismo tiempo, con gravedad, como si realizaran una tarea asignada.

Tal vez pensaban que, ahora que el embarazo estaba en sus últimos días, no podían prescindir de aquel paseo. Era algo recomendado por el médico y aconsejado por todas las amigas del vecindario.

Quizás era molesto, sí, pero para ellos resultaba muy natural que ese viento se levantara de repente y golpeara furiosamente de un lado a otro todas esas hojas arrugadas sin lograr nunca barrerlas; y que esos plátanos, ya que en su momento habían dado sus hojas, ahora, a su debido tiempo, se hubieran despojado de ellas para quedar como muertos hasta la próxima primavera; y que aquel perro vagabundo estuviera condenado, por cada olor que captaba su nariz, a detenerse casi en todos los troncos de esos plátanos y a levantar, exasperado, una cadera para no exprimir más que unas pocas gotas, después de girarse una y otra vez con ansiedad para encontrar la posición correcta.

Miraban distraídos y permanecían en silencio.

Juro que no solo a mí, sino a todos los que ese día pasaban por la avenida Nomentana, les parecía casi increíble que ese hombrecito, con su esposa en ese estado, pudiera mirar de vez en cuando, como si nada, sus pantalones rectos y nuevos, y mostrarse satisfecho de que, tan anchos y rectos como ella se los había cortado y cosido, no hubiera riesgo de que llegaran a arrugarse.

Aunque era octubre y, bajo ese cielo tormentoso, hacía calor—sí, un calor casi veraniego por el siroco—resultaba realmente llamativo ver esa chaqueta corta de lentejuelas verdosas y de mangas cortas que él llevaba desabrochada, seguramente para seguir presumiendo del chaleco de tela blanca. Este, sin embargo, a cinco días del domingo, ya no estaba limpio y presentaba esas manchas persistentes de óxido, por lo que se podía estar seguro de que, incluso en ese momento, si se las hubieran mostrado, habría suspirado una vez más:

—¡Pecado!—

Y verlo presumir de la bonita cadena de oro del reloj, exhibiéndola allí — oro antiguo — con el gran cuerno de coral entre el ramillete de otros dijes contra el mal de ojo; en la mano, el bastón fino y la caña de la India.

Aún más grave era la provocación, o mejor dicho, el desafío que lanzaban los ojos de la mujer.

Cojeba ligeramente, avanzando con una obstinación no menos terca que la de su marido, pero que en ella se manifestaba de manera mucho más cruel contra sí misma, cuanto más parecía resignada al esfuerzo insoportable que debía costarle.

El rostro descompuesto, amarillo e hinchado mostraba claramente que no podía más, de tanto jadear sobre ese cuerpo deformado. Pero los ojos, aquellos ojos, parecían endurecidos en el suplicio, no ya por ese esfuerzo inhumano, sino por el miedo de que, al final, no lograra llevar a término, dentro de ese cuerpo, ese bulto obsceno que a toda costa quería defender y salvar.

Es cierto que, de vez en cuando, bajaba los gruesos párpados amoratados. Pero no lo hacía tanto por vergüenza, sino por el disgusto de verse obligada a sentir esa vergüenza, al notar los ojos de quienes la miraban y la veían en ese estado, a su edad, como un viejo zapato aún útil para algo tan evidente. En realidad, al ir del brazo de su marido, podría, con un pequeño apretón, haberlo hecho reaccionar ante la satisfacción a la que, con frecuencia y de manera demasiado notoria, se abandonaba por ser él, aun tan pequeño, calvo y cincuentón, el responsable de todo aquel gran lío. No lo hacía, porque en el fondo estaba contenta de que él tuviera el valor de mostrar abiertamente esa satisfacción, mientras a ella le correspondía mostrar vergüenza.

Todavía la recuerdo cuando, sorprendida por alguna ráfaga más violenta que la golpeaba por detrás, se detenía firme sobre sus robustas piernas separadas, a las que el vestido, pegado, delineaba de modo indecente, mientras por delante se le inflaba como un globo. Entonces no sabía qué proteger primero con el brazo libre: si bajar el vestido, ese globo que amenazaba con dejarla completamente descubierta por delante, o sujetar el viejo sombrero de terciopelo violeta por el ala, en cuyas melancólicas plumas negras el viento parecía despertar ansias de volar.

Pero vayamos al asunto.

Les ruego, si disponen de un poco de tiempo, que visiten esa antigua casona en la Via Alessandria, donde vivían los esposos Porrella y, en dos habitaciones del piso inferior, también Nicola Petix.

Es una de esas muchas casonas, todas igual de feas, marcadas por el sello de la vulgaridad propia de la época en que fueron levantadas a toda prisa, ante la previsión —que luego resultó equivocada— de una apresurada y excesiva afluencia de habitantes del reino a Roma inmediatamente después de su proclamación como tercera capital.

Tantas fortunas privadas, no solo de nuevos ricos, sino también de ilustres casas nobles, junto con todos los subsidios otorgados por los bancos de crédito a aquellos constructores que durante varios años parecieron presas de una fiebre casi fanática, se vieron entonces arrastrados por una enorme quiebra que aún se recuerda.

Y así, donde antes había antiguos parques patricios, magníficas villas y, más allá del río, huertos y prados, surgieron casas y casas, manzanas enteras, a lo largo de calles excéntricas apenas trazadas. Muchas de ellas, de repente, quedaron — nuevas ruinas — elevadas hasta el cuarto piso, desmoronadas sin techo, con los huecos de las ventanas vacíos y, todavía en lo alto, en los muros sin terminar, algún resto de andamio abandonado, ennegrecido y podrido por la lluvia. Otras manzanas, ya terminadas, permanecían desiertas a lo largo de calles enteras de barrios nuevos por donde nunca pasaba nadie; y la hierba, en el silencio de los meses, volvía a brotar en los bordes de las aceras, pegada a los muros y luego, fina y tierna, temblando a cada soplo de aire, recuperaba todo el empedrado de las calles.

Varias de estas casas, construidas con todas las comodidades para alojar a inquilinos acomodados, fueron abiertas, solo para obtener algún provecho, a la invasión de la gente del pueblo. Como puede imaginarse, esta las destrozó en poco tiempo, de tal modo que, cuando al fin, con el pasar de los años, realmente comenzó en Roma la escasez de viviendas —demasiado pronto temida antes, demasiado tarde remediada después, por el temor general a construir nuevamente tras aquella solemne decepción—, los nuevos propietarios, que las habían comprado a bajo precio a los bancos que financiaron a los antiguos constructores quebrados, calcularon cuánto tendrían que gastar para repararlas y ponerlas en condiciones decentes para alquilarlas a inquilinos dispuestos a pagar una renta más alta. Consideraron, sin embargo, más conveniente no hacer nada y conformarse con dejar las escaleras con los peldaños rotos, las paredes asquerosamente manchadas, las ventanas con las persianas caídas y los cristales rotos, adornadas con trapos sucios y remendados extendidos en los cordeles para secarse.

Sin embargo, ahora, en alguna de estas grandes y miserables casas, incluso entre esos inquilinos que han continuado la obra de destrucción en las paredes, puertas y suelos, algunas familias nobles venidas a menos, o de clase media, de empleados o de profesores, han comenzado a buscar refugio. Lo hacen porque no han encontrado otro sitio, por necesidad o por deseo de ahorrar, venciendo el rechazo que les provoca tanta suciedad y, aún más, la convivencia con personas que, sí, Dios mío, son próximas —no se puede negar—, pero que, cuando se tiene un poco de aprecio por la limpieza y la buena educación, resulta molesto tenerlas demasiado cerca. No se puede decir, por otra parte, que la incomodidad no sea recíproca; tanto es así que estos recién llegados, al principio, fueron mirados con recelo y después, poco a poco, si quisieron ser vistos con menos desagrado, han tenido que resignarse a ciertas confianzas más impuestas que concedidas.

En esa casona de la Via Alessandria, cuando ocurrió el delito, los esposos Porrella vivían allí desde hacía unos quince años y Nicola Petix, desde hacía aproximadamente diez. Sin embargo, mientras los Porrella hacía tiempo que se habían ganado la simpatía de todos los inquilinos más antiguos, Petix, por el contrario, se había atraído cada vez más la antipatía general, por el desprecio con que miraba a todos, comenzando por el portero, un zapatero remendón. Nunca quiso dignarse a dirigirles ni una palabra ni siquiera un leve gesto de saludo a nadie.

He dicho: vayamos al hecho. Pero un hecho es como un saco, señores: vacío, no se sostiene.

El señor juez instructor se dará bien cuenta, si —como parece— intenta hacerlo sostener así, sin antes incluir en él todas esas razones que ciertamente lo han determinado y que quizá ni siquiera imagina.

Por lo demás, es fácil preverlo. Así como él, el hecho, y nada más que un hecho, vacío e hinchado solo de palabrería para sostenerse de algún modo y a cualquier costo; así los señores jurados no lograrán ver sino el cuerpo, el cuerpo de un hombre allí en la jaula, tal como Petix se presentará ante sus miradas: ese cuerpo largo y flaco, desgarbado, y esa cabeza de pájaro de cresta tupida, con ojos huidizos y punzantes.

Y nadie pensará que ese cuerpo suyo, ahora allí en la jaula, mientras Petix cometía el delito, no podía verlo ni pensar que lo tenía; y que aquel hecho que realizaba, guiado por la razón que lo impulsaba a cometerlo, no era para él lo que ahora es para todos, y quizá también para él mismo: algo externo y lejano, una historia cualquiera vista desde fuera. Para él, era la propia razón actuando desde dentro, y es esa razón la que habría que comprender para que ahora el hecho tenga su verdadero sentido y su verdadero valor.

Un sentido metafísico, señores, y un valor universal.

Petix tuvo por padre a un ingeniero que había emigrado hacía mucho tiempo y murió en América, dejando toda la fortuna —más que respetable— que había reunido durante años de ejercicio profesional como herencia a otro hijo, dos años mayor que Petix y también ingeniero. A este le impuso la obligación de entregar mensualmente al hermano menor, de por vida, una asignación de unas pocas centenas de liras, casi a modo de limosna y no porque le correspondiera por derecho, ya que, según constaba en el testamento, Petix ya se había “gastado toda la parte que le correspondía en una holgazanería vergonzosa”.

Este ocio de Petix conviene considerarlo no solo desde el punto de vista del padre, sino también, en parte, desde su propia perspectiva, porque en realidad Petix asistió durante años a las aulas universitarias, pasando de una carrera a otra: de medicina a derecho, de derecho a matemáticas, de ahí a letras y a filosofía. Es cierto que nunca rindió ningún examen, ya que jamás soñó con ser médico, abogado, matemático, literato o filósofo. En realidad, Petix nunca quiso hacer nada; pero eso no significa que haya estado ocioso, ni que ese ocio haya sido vergonzoso. Siempre reflexionó, a su manera, estudiando los casos de la vida y las costumbres de las personas.

Fruto de estas continuas meditaciones, surgió un tedio infinito, un tedio insoportable tanto de la vida como de las personas.

¿Hacer algo por el simple hecho de hacerlo? Habría que estar inmerso en la acción, como un ciego, sin verla desde fuera; de lo contrario, habría que asignarle un propósito. ¿Qué propósito? ¿Solamente el de realizarla? Oh Dios, sí... Como se hace. Hoy esto, mañana otra cosa. O también la misma cosa todos los días. Según las inclinaciones o las capacidades, según las intenciones, según los sentimientos o los instintos. Así es como se hace.

El problema surge cuando, a partir de esas inclinaciones, capacidades, intenciones, sentimientos e instintos —seguidos desde dentro porque se tienen y se sienten—, se pretende observar desde fuera el propósito. Justamente porque se busca de ese modo externo, ya no se encuentra, como no se encuentra nada.

Nicola Petix llegó pronto a esta nada, que debería ser la quintaesencia de toda filosofía.

La visión cotidiana de los más de cien inquilinos de aquella casa sucia y oscura—personas que vivían por vivir, sin saber que vivían, excepto por lo poco que cada día parecían estar condenados a hacer: siempre las mismas cosas—comenzó pronto a producirle una terrible molestia, una sombría e impaciente intolerancia que se agravaba cada vez más con el paso de los días.

Sobre todo, le resultaba intolerable ver la multitud de niños que pululaban por el patio y las escaleras, sucios, harapientos y semidesnudos. No podía asomarse a la ventana que daba a ese patio sin encontrarse con cuatro o cinco niños en fila, agachados para hacer sus necesidades, mientras mordían alguna fruta podrida o un trozo de pan untado con el moco que les caía de la nariz. O sobre el empedrado irregular, donde se formaban charcos de agua estancada (si es que era agua), tres niños se arrastraban a gatas, espiando de dónde y cómo orinaba una niña de tres años, que, seria, inconsciente y con un ojo vendado, no se preocupaba en absoluto. Los escupitajos que se lanzaban, las patadas, los arañazos, los tirones de pelo y los gritos se sucedían, a los que se sumaban las madres desde todas las ventanas de los cinco pisos. Mientras tanto, la señorita maestra, con el rostro demacrado y el cabello desaliñado, cruzaba el patio con un gran ramo de flores, regalo del novio que le sonreía a su lado.

Petix sentía la tentación de ir al cajón de la mesa de noche para sacar el revólver y disparar a esa maestra; tanta era la furia e indignación que le provocaban esas flores y la sonrisa del novio, esas demostraciones de amor en medio de la nauseabunda obscenidad de toda esa prole sucia, que pronto también esa maestra contribuiría a aumentar.

Ahora piensen que, desde hacía diez años, cada año Nicola Petix presenciaba en aquella casona el monstruoso y periódico embarazo de la señora Porrella, quien, tras alcanzar entre atroces sufrimientos el séptimo u octavo mes, abortaba cada vez, arriesgando su vida. En diecinueve años de matrimonio, esa mujer había tenido ya quince abortos.

Lo más aterrador para Nicola Petix era esto: no lograba entender por qué, con una obstinación tan ciega y feroz contra sí mismos, esos dos deseaban tener un hijo; a menos que la razón fuera simplemente que, bajo el vientre siempre abultado de las faldas de una, y en el bulto mucho menor de los pantalones del otro, se hallaban sexos diferentes. Petix pensaba que esa mujer, de hombros anchos y más alta que su esposo, debía sentir cierto resentimiento hacia su propio cuerpo por haberle tocado ese sexo, que la obligaba a someterse a aquel hombrecito, quien no había hecho nada para merecer pasear con arrogancia confiada sus piernitas dentro de esos pantalones entallados que ella misma le cosía. Quizá, quién sabe, alguna vez en el pasado ese resentimiento lo había sentido su cuerpo de mujer. Pero ahora, a pesar de haber nacido mujer y de todas las necesidades, por crueles que fueran, a las que su cuerpo, puesto junto al de un hombre, debía someterse, ella, por el peso y la larguísima costumbre que la habían vuelto gris y olvidadiza, mostraba la más apática indiferencia. Por puro azar él había nacido hombre y ella mujer, aunque ya no le quedaba nada de mujer excepto una sola cosa; la naturaleza lo quería así, y así debía ser. Sobre esa apática indiferencia ante su sumisión sexual se marcaban, impúdicos y feroces, los signos del encarnizamiento y del desafío al llegar al colmo del embarazo, porque tal vez el antiguo orgullo que su cuerpo, más alto y corpulento, había sentido al compararse con el pequeño marido, había sufrido demasiadas derrotas; y mientras le quedaran fuerzas, aunque fuera a riesgo de morir, quería demostrar que, si ese hombrecito aún era capaz de dejarla embarazada, también ella, al menos una vez, sería capaz de llevar a término esa gestación con su cuerpo deforme y decadente.

O quién sabe —seguía devanándose los sesos Petix para explicarse, de algún modo, la monstruosa obstinación de esos dos—, quién sabe si no lo hacen solo porque, dieciocho años atrás, en el momento del primer embarazo, la mujer preparó hasta el último detalle el ajuar del recién nacido: fajas, gorritos, camisitas, baberos, vestidos largos con lazos, escarpines de lana, que aún esperan ser usados; quizá ahora ya estén amarillentos y endurecidos por el apresto, como pequeños cadáveres, con las cintas deslucidas, destiñéndose; porque la mujer, desilusionada tantas veces, ya ni siquiera se habrá preocupado de refrescar ese ajuar cada vez con un lavado, y lo habrá guardado así, intacto, amarillento y endurecido, para ver en él justamente el pequeño cadáver del hijo tantas veces no nacido.

De los muchos cuerpecitos de todos esos hijos no nacidos, si al final uno hubiera nacido, habría estado formado por todos ellos. Así, tal vez, se lo imaginaba Petix, y le parecía verlo, con la cabecita flácida y huesuda, el vientrecito hinchado y esa repulsión por las piernecitas huesudas y abiertas. Repulsión, rabia, horror; tal ímpetu sentía en el espíritu, que menos mal si cada vez que, ante los gritos de la señora Porrella abortando, no se descargaba en una carcajada de satisfacción, lo que naturalmente indignaba a los demás inquilinos de la casa, especialmente a las mujeres.

Y desde hacía ya diez años, entre todas esas mujeres que daban a luz sin cesar, Nicola Petix se había enfrascado en una especie de desafío: ellas afirmaban que la señora Porrella tendría al hijo y él aseguraba que no, que tampoco esa vez lo tendría, y que ya tenía preparada su carcajada. Y ellas cuidaban, diligentes, con infinitos esmeros, consejos y atenciones, el vientre de esa mujer, que mes tras mes iba creciendo; y él, al ver crecer ese vientre, sentía aumentar cada mes su irritación, su ansiedad, su furia. En los últimos días de cada embarazo, en su imaginación exaltada, toda aquella casona se le aparecía como un vientre enorme, atormentado desesperadamente por la gestación del hombre que debía nacer. Ya no se trataba para él del inminente parto de la señora Porrella, que debía significar su derrota; se trataba del hombre, del hombre que todas aquellas mujeres querían que naciera del vientre de esa mujer, del hombre que puede surgir de la cruda necesidad de dos sexos que se han unido.

Pues bien, el hombre quiso destruir a Petix cuando estuvo seguro de que, finalmente, aquel decimosexto embarazo tendría su feliz desenlace. El hombre. No uno entre muchos, sino todos en ese uno; para llevar a cabo en él la venganza de los muchos que veía allí: pequeños brutos que vivían por vivir, sin saber que vivían, salvo por ese poco que cada día parecían condenados a hacer: siempre las mismas cosas.

Y ocurrió que, pocos días después, vi a los dos cónyuges Porrella por la avenida Nomentano, entre el torbellino de aquellas hojas muertas, mover los pies de la misma manera y al mismo tiempo, con gravedad, como si cumplieran una tarea asignada.

El destino del paseo diario era una gran piedra más allá de la Barriera, donde el bulevar, tras girar una vez más después de Sant’Agnese y estrecharse un poco, desciende hacia el valle del Aniene. Cada día, sentados sobre esa gran piedra, descansaban de la larga y lenta caminata durante media hora: el señor Porrella, mirando el puente sombrío y, seguramente, pensando que por allí pasaron los antiguos romanos; la señora Porrella, siguiendo con la vista a alguna anciana que buscaba hierbas para ensalada entre la vegetación de la pendiente a lo largo del cauce del río, que se muestra allí abajo por un corto tramo tras el puente; o mirándose las manos y girándose poco a poco los anillos alrededor de los dedos gruesos.

También ese día quisieron llegar a su destino, aunque el río, debido a las abundantes lluvias recientes, estaba crecido y se desbordaba amenazadoramente sobre la pendiente, casi hasta alcanzar su piedra; y aunque, sentado en ella, como si los estuviera esperando, vieron desde lejos a su vecino Nicola Petix: encogido y recogido sobre sí mismo como un gran búho.

Se detuvieron al verlo, contrariados y perplejos por un instante, preguntándose si debían sentarse en otro lugar o regresar. Sin embargo, ese mismo sentimiento de contrariedad y desconfianza fue precisamente lo que los llevó a acercarse, pues les parecía irracional admitir que la presencia indeseada de ese hombre, así como la evidente intención que parecía tener de estar allí por ellos, pudiera representar algo tan grave como para renunciar a esa parada habitual, de la que especialmente la embarazada tenía necesidad.

Petix no dijo nada, y todo ocurrió en un instante, casi con tranquilidad. Cuando la mujer se acercó a la piedra para sentarse, él la tomó del brazo y, de un tirón, la arrastró hasta el borde de las aguas desbordadas; allí le dio una fuerte patada en la espalda y la arrojó al río para que se ahogara.

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