Hay libros que se escriben para ser leídos y hay libros que se escriben para ser un arma, aunque el propio autor no sepa todavía contra qué disparará. Noli me tángere pertenece a esta segunda estirpe, y pocas veces la historia ha sido tan explícita a la hora de confirmarlo: su autor murió fusilado nueve años después de publicarlo, y aunque el tribunal militar que lo condenó habló de sedición y de connivencia con una revolución que él mismo había desaconsejado, lo cierto es que las balas del pelotón de Bagumbayan apuntaban, en el fondo, a una novela.
José Rizal era médico, no conspirador. Se había formado como oftalmólogo en Madrid, había perfeccionado su especialidad en París junto al doctor Wecker y había completado sus estudios en Alemania, donde, en 1887, mientras vivía en Berlín con el dinero prestado por su amigo Máximo Viola, vio impresos los dos mil ejemplares de su primera novela. No era un hombre de armas ni de conjuras nocturnas: era, si acaso, demasiado cauto, demasiado convencido de que la reforma pacífica y la instrucción podían torcer el rumbo de una colonia sin necesidad de derramar sangre. Esa distancia entre lo que Rizal era y lo que se le atribuyó resulta el dato más incómodo de toda su biografía, porque revela algo que excede su caso particular: que un régimen que teme a la palabra escrita no necesita que el escritor empuñe un fusil para tratarlo como si lo hubiera hecho.
El expediente de su juicio, plagado de irregularidades, lo acusó de haber instigado el levantamiento del Katipunan, la sociedad secreta fundada por Andrés Bonifacio. Rizal no había tenido parte alguna en su fundación ni en sus decisiones, y de hecho, cuando los emisarios de Bonifacio viajaron hasta su destierro en Dapitán para pedirle apoyo a una insurrección armada, él se negó, alegando la falta de armas y la escasa preparación de los sublevados para sostener después un gobierno. Sin embargo, su nombre ya circulaba entre los revolucionarios como una bandera, y las frases de sus novelas se citaban en manifiestos y reuniones clandestinas con una libertad que Rizal nunca autorizó ni pudo controlar. Ahí está la primera paradoja de Noli me tángere: un libro puede volverse políticamente incendiario incluso en contra de la voluntad moderada de quien lo escribió, porque una vez publicado deja de pertenecerle. Rizal quiso encender una discusión; otros decidieron que aquello era una chispa para la pólvora.
El contenido de la novela explica por qué las autoridades españolas y el clero regular reaccionaron con semejante virulencia. A través de Crisóstomo Ibarra, el joven mestizo que regresa a Filipinas tras años de formación europea y se encuentra con la corrupción eclesiástica, la arbitrariedad administrativa y la humillación cotidiana de sus compatriotas, Rizal construyó un fresco que mezclaba el folletín romántico con la denuncia política más frontal que se había escrito hasta entonces en la colonia. El propio Rizal explicó en una carta al pintor Félix Resurrección Hidalgo que el libro trataba temas que nadie entre los suyos se había atrevido a tocar, y que su intención era responder a siglos de calumnias amontonadas contra su país. No exageraba: apenas unos días después de su primer regreso a Filipinas en 1887, el gobernador general Emilio Terrero lo convocó al Palacio de Malacañán para advertirle que la novela era considerada subversiva. Rizal logró aplacarlo en aquella conversación, pero no pudo hacer nada frente a la presión de las órdenes religiosas, que consiguieron que el libro fuera prohibido, calificado de herético, antipatriótico e injurioso contra el gobierno de España.
Lo notable es que la prohibición, lejos de sofocar la novela, la convirtió en objeto de contrabando y en símbolo de resistencia. Los ejemplares que lograban entrar burlando la censura circulaban de mano en mano entre los ilustrados filipinos, y el propio Rizal, cuando regresó a Manila en 1888 con copias del libro prohibido, ya sabía que estaba jugando una partida en la que no había marcha atrás posible. Cuatro años después fundaría la Liga Filipina, una organización de corte reformista y pacífico que buscaba mayor autonomía para el archipiélago, y ese solo gesto bastó para que el capitán general Eulogio Despujol ordenara su detención y su destierro a Dapitán, en Mindanao, donde pasaría cuatro años dedicado a la medicina y a la enseñanza mientras el ideario moderado que él representaba iba perdiendo terreno frente a posiciones cada vez más radicales.
Cuando estalló la revolución de 1896, Rizal ya no tenía control sobre los acontecimientos que su propia escritura había ayudado a desencadenar. Había obtenido, incluso, una plaza de médico militar en Cuba, y viajaba hacia allí cuando fue detenido en el trayecto y sometido a un consejo de guerra que le imputó rebelión, sedición y asociación ilícita. En la víspera de su fusilamiento escribió a su amigo austríaco Ferdinand Blumentritt que no era culpable de rebelión, y compuso el poema que se conocería como Mi último adiós, considerado una de las cumbres del verso español del siglo diecinueve. La madrugada del 30 de diciembre de 1896 se casó en capilla con Josephine Bracken, la joven irlandesa que lo había acompañado durante su destierro, y horas más tarde caminó hacia el campo de Bagumbayan. Pidió no ser vendado y ser fusilado de frente; le concedieron lo primero y le negaron lo segundo, porque a un traidor no se le mira a los ojos antes de matarlo. Cayó de espaldas, y según el relato de quienes lo acompañaron, pronunció las palabras del Cristo agonizante, consummatum est, antes de recibir la descarga.
La ironía final de esta historia es de una precisión casi literaria: el título mismo de la novela, tomado del pasaje evangélico donde Cristo resucitado impide que María Magdalena lo toque, terminó describiendo con exactitud el destino de su autor. Rizal había tocado, con su pluma, una llaga que la sociedad colonial prefería mantener oculta bajo capas de piedad oficial y disciplina eclesiástica, y esa llaga, una vez expuesta, no perdonó a quien la había señalado. Apenas dos años después de su muerte, España perdía sus últimas posesiones ultramarinas, y el joven médico que había insistido hasta el final en los métodos pacíficos se convertía, sin haberlo buscado, en el primer gran mártir de una independencia que no vivió para ver. Pocas veces la ficción y la biografía de su autor se han superpuesto con semejante crueldad: la novela imaginó la corrupción y la injusticia de un mundo colonial, y ese mismo mundo, para desmentirla, no encontró mejor argumento que confirmarla fusilando a quien la había escrito.