Sofía Andréyevna Behrs nació el 22 de agosto de 1844 en Pokróvskoye, una localidad próxima a Moscú. Su padre, Andréi Evstáfievich Behrs, era médico de la corte imperial del zar, y su madre, Liubov Aleksándrovna Islavina, una mujer cultivada que dio a sus hijas una educación poco común para la época. En esa casa llena de libros, música y teatro creció la pequeña Sofía —Sonia, para quienes la querían—, que desde los once años llenaba cuadernos con sus propios diarios y llegó a escribir, de adolescente, una novela corta que años después su marido leería con admiración antes de destruirla discretamente para apropiarse de sus personajes.
Cuando León Tolstói llamó a la puerta de los Behrs en el verano de 1862, tenía treinta y cuatro años y una fama ya consolidada como escritor. Según se cuenta, venía interesado en Liza, la hermana mayor. Pero fue Sofía, de dieciocho años, quien lo cautivó. El compromiso se acordó en septiembre y la boda se celebró una semana después, casi sin respiro. La noche anterior al matrimonio, Tolstói le entregó a su prometida los diarios de su juventud: un catálogo minucioso de borracheras, deudas de juego, frecuentaciones de burdeles moscovitas y un hijo natural tenido con una sierva. Sofía los leyó y lloró. No era el hombre que había imaginado a través de sus novelas. Aun así, se casó.
La pareja se instaló en Yásnaia Poliana, la gran hacienda familiar a unos doscientos kilómetros de Moscú, y Sofía retomó casi de inmediato la costumbre de escribir su diario. Las primeras entradas son reveladoras: "Siempre soñé con el hombre que amaría como una persona completa, nueva, pura. Desde que me casé, he tenido que reconocer qué tontos son estos sueños". Eran palabras escritas a las pocas semanas de la boda, en las que ya asomaba la brecha entre la mujer que había imaginado su vida y el matrimonio que le había tocado vivir.
Durante los años siguientes, Sofía parió trece hijos —de los cuales solo ocho llegarían a la edad adulta—, administró la hacienda, atendió médicamente a los campesinos de los alrededores y se convirtió en la primera lectora, correctora y transcriptora de cada página que su marido escribía. La letra de Tolstói era famosamente ilegible: garabatos apretados que invadían los márgenes y se trepaban por los bordes de las cuartillas. Sofía los descifró todos, con lupa cuando hacía falta, y los pasó en limpio una y otra vez. Se dice que copió a mano el manuscrito de Guerra y paz al menos siete veces. Mientras lo hacía, anotó en su diario: "Mientras copio experimento un nuevo mundo de emociones, pensamientos e impresiones. Nada me conmueve tan profundamente como sus ideas, su genialidad". Admiraba al escritor con una devoción que convivía, sin resolverse nunca, con el resentimiento hacia el hombre.
Un amigo de la familia resumió su función con una frase que Sofía nunca olvidó: era "la mujer ideal de un escritor", es decir, una "niñera del talento". La definición la humillaba y al mismo tiempo la describía con exactitud. Porque Sofía no solo crió a los hijos y copió los manuscritos: también gestionó las ediciones completas de las obras de Tolstói, litigó ante el zar cuando su marido quiso ceder los derechos de autor a quien quisiera tomarlos —y ganó, preservando el sustento de la familia—, y ejerció durante décadas como administradora implacable de una casa que era, a la vez, hacienda, escuela, hospital improvisado y santuario literario.
La vida íntima del matrimonio Tolstói fue una de las más documentadas y también una de las más tormentosas de la historia literaria. Ambos llevaban diarios, ambos los releían, y a veces los intercambiaban deliberadamente, sabiendo que el otro los leería: una forma extraña de comunicación en la que los reproches circulaban disfrazados de confidencias privadas. "Me deja sola por la mañana, la tarde y la noche", escribió Sofía en los primeros años. "Soy un mueble de la casa. Soy una mujer. Intento suprimir todo sentimiento humano."
Tolstói, por su parte, anotaba sus propios tormentos con igual franqueza. "He sido grosero y cruel, y ¿con quién? Con la persona que me ha dado la mayor felicidad de mi vida y a la única que amo", escribió en 1889. El amor existía, pero existía aplastado bajo el peso de los roles, las filosofías cambiantes del escritor y el carácter volcánico de los dos.
Cuando Tolstói publicó Sonata a Kreutzer —una novela sobre los celos, la sexualidad conyugal y el crimen pasional—, Sofía reconoció en ella un retrato público de su matrimonio y respondió a la única manera que sabía: escribiendo. Su novela ¿De quién es la culpa? contaba la misma historia desde el otro lado, con una precisión psicológica que sus contemporáneos no llegaron a conocer. El libro permaneció inédito durante décadas y no fue publicado hasta cien años después de su muerte. "¿Por qué no hay genios mujeres?", se preguntó en sus diarios. "Porque toda la pasión y las habilidades de las mujeres enérgicas se dedican a sus familias, a su amor, a sus maridos y, sobre todo, a sus hijos."
En los últimos años de su vida, Tolstói se volvió cada vez más ascético y errático. Vestía como un campesino, comía sin carne, trabajaba la tierra y elaboraba una filosofía moral que sus discípulos —encabezados por el dogmático Vladímir Chertkov— se encargaban de difundir y proteger. Chertkov se convirtió en el verdadero guardián de la imagen pública del escritor, y en el enemigo silencioso de Sofía: alentó a Tolstói a modificar su testamento, a ceder el control de su obra y, finalmente, a abandonar el hogar.
En la madrugada del 28 de octubre de 1910, Tolstói salió a escondidas de Yásnaia Poliana con un pequeño baúl y su médico personal. Tenía ochenta y dos años. Sofía, que esa noche había revisado sus papeles en busca del testamento modificado, se despertó sola. Días después, el escritor cayó enfermo de neumonía en la estación de Astápovo. La prensa internacional cubrió su agonía como un acontecimiento histórico. Sofía llegó antes de que muriera, pero no la dejaron entrar hasta después del final. Las últimas palabras que le atribuyeron fueron: "Amo a muchos."
Sofía sobrevivió a su marido nueve años. Pese a las maniobras de Chertkov, conservó los derechos de autor y el control sobre el archivo literario de Tolstói. Siguió escribiendo: terminó sus memorias, a las que tituló Mi vida, y dejó preparados sus Diarios, que cubrían desde las semanas posteriores a la boda hasta los últimos días de la revolución soviética. Murió en Yásnaia Poliana en 1919, en medio de un país que ya no existía.
El régimen soviético adoptó a Tolstói como precursor moral y asignó su legado a los discípulos que la habían combatido en vida. Durante décadas, Sofía fue el villano de la historia: la esposa celosa y materialista que había amargado al genio. Solo tras la caída del comunismo comenzaron a salir a la luz los documentos que ella misma había dejado —los diarios, las cartas, la autobiografía, la novela— y con ellos una imagen radicalmente distinta: la de una mujer de inteligencia y talento propios que eligió —o fue elegida por las circunstancias— para sostener una obra monumental desde la sombra. "Toda mi vida", escribió en sus Diarios, "viví para los demás, y ahora me pregunto si alguien vivirá, aunque sea un momento, para mí."
Sus escritos, por fin publicados, son la respuesta. Y también la venganza más justa.
Quien quiera conocer de verdad a Sofía Tolstói tiene a su disposición el mejor testigo posible: ella misma. Su autobiografía —escrita con la misma mano que copió Guerra y paz siete veces, la misma que meció trece cunas y firmó contratos editoriales y sostuvo una casa entera— es un documento extraordinario. No es el libro de una víctima ni el de una santa: es el retrato sin concesiones de una mujer que amó con ferocidad, que sufrió con lucidez y que nunca dejó de pensar, ni siquiera cuando todo a su alrededor le exigía solamente obedecer. Leerla es descubrir que detrás de una de las obras más grandes de la literatura universal había otra historia igualmente poderosa, escrita en los márgenes, en los cuadernos nocturnos, en las páginas que nadie quiso ver durante un siglo. Ya es hora de verlas.