Historias

El centro nunca fue la Tierra

11 de junio de 2026 · Ines Silvia Macarena Lambert
La ciencia, hijo mío, está hecha de errores, pero de errores útiles de cometer, porque poco a poco conducen a la verdad." — Julio Verne, Viaje al centro de la Tierra

Como mencionamos anteriormente, las obras de Julio Verne ofrecen un terreno extraordinariamente fértil para el análisis literario y humano. En este momento vamos a adentrarnos en Viaje al centro de la Tierra (1864) que se destaca no solo como una aventura científica, sino como la que más profundamente dialoga con la experiencia humana en su conjunto. Es en este descenso al interior de la Tierra donde Verne construye con mayor precisión una metáfora sostenida sobre el autoconocimiento, el miedo y la transformación personal. Por esa razón, es esta novela la que tomaremos como objeto de análisis, explorando sus dimensiones literarias, simbólicas y filosóficas, y su singular capacidad para reflejar las etapas y tensiones de la vida humana.

Fue publicada en 1864, Viaje al centro de la Tierra forma parte del ciclo de los Viajes Extraordinarios de Julio Verne, una serie de novelas concebidas para divulgar el conocimiento científico a través de la ficción. La obra se inscribe en el clima intelectual del positivismo del siglo XIX, donde la razón y el progreso técnico eran considerados los motores del destino humano. Sin embargo, Verne trasciende ese marco: utiliza la ciencia como pretexto para explorar territorios más profundos, tanto geológicos como existenciales. El descenso al interior de la Tierra no es solo una aventura física, sino una metáfora sostenida sobre el autoconocimiento y la condición humana.

Los tres protagonistas de la novela no son simplemente figuras narrativas: encarnan dimensiones universales del ser humano. Otto Lidenbrock, el profesor obsesivo, representa la razón desbordada, la inteligencia que antepone el conocimiento a cualquier otra consideración. Su soberbia intelectual lo lleva a ignorar el peligro y a arrastrar a quienes lo rodean hacia lo desconocido, sin calcular del todo las consecuencias. Axel, el sobrino narrador, es el hombre común: lleno de dudas, miedos y contradicciones, funciona como el lector proyectado dentro de la novela. Su arco narrativo es el más rico de los tres, porque comienza como un personaje cobarde y termina siendo quien salva al grupo gracias a su intuición práctica. Hans, el guía islandés, encarna una forma de sabiduría que ni la ciencia ni el instinto pueden explicar del todo: la calma ante lo desconocido, la conexión profunda con la naturaleza y una inteligencia emocional que ninguno de los otros dos posee. Juntos, los tres forman una tríada simbólica que representa las tres dimensiones del ser humano: razón, emoción e instinto.

El elemento literario más poderoso de la novela es el uso del descenso como estructura narrativa. Verne retoma el esquema clásico de la katabasis, el viaje al inframundo presente en Homero, Virgilio y Dante, y lo reinterpreta en clave científica y psicológica. Bajar al centro de la Tierra equivale a bajar al interior de uno mismo: cada capa geológica que los protagonistas atraviesan representa una zona más profunda de la experiencia humana, donde las certezas se disuelven y el miedo se vuelve maestro. El mar subterráneo, los bosques prehistóricos y los animales de otras eras sugieren que lo que creíamos muerto sigue vivo en lo profundo, del mismo modo en que los miedos más primitivos y las memorias más antiguas del ser humano permanecen intactas bajo la superficie de la conciencia. El uso del tiempo geológico no es solo un recurso científico: es una forma de decir que la profundidad implica antigüedad, y que conocerse a uno mismo significa también conocer lo que uno fue antes de ser lo que es.

La novela puede leerse como un mapa de la existencia humana en su totalidad. La etapa de preparación del viaje, con el descifrado del criptograma y la ilusión del descubrimiento, se corresponde con la infancia y la adolescencia: ese período marcado por la curiosidad, los sueños y la sensación de que todo es posible. El descenso propiamente dicho, con sus obstáculos, su sed, su oscuridad y sus decisiones imposibles, refleja la vida adulta: la etapa en que el ser humano enfrenta las consecuencias reales de sus elecciones y comprende que el camino hacia sus metas tiene un costo. El mar subterráneo, con su vastedad y su extraña belleza, representa la madurez plena: ese momento en que la persona alcanza una comprensión más serena de sí misma y del mundo, y puede contemplar lo que ha construido. La expulsión violenta a través del volcán, un final que nadie eligió y que transforma a los viajeros de manera irreversible, evoca la vejez y la muerte: el abandono obligatorio de un mundo que se conocía. Finalmente, el regreso a la superficie, con los protagonistas transformados y portadores de un saber nuevo, representa el legado: lo que una vida deja en quienes la rodean.

En el plano filosófico, la novela plantea tres tensiones fundamentales que la conectan con la tradición literaria y humanista occidental. La primera es la tensión entre el conocimiento y el riesgo: Lidenbrock encarna la hybris griega, la desmesura del hombre que desafía los límites del saber, y Verne no lo condena, pero muestra claramente sus costos humanos. La segunda es la tensión entre la fe y la razón: mientras Lidenbrock deposita en la ciencia la misma confianza ciega que otros depositan en la religión, Axel duda constantemente, y Hans confía en algo más difícil de nombrar, que podría llamarse experiencia vivida o sabiduría práctica. La tercera tensión es la del miedo como agente de formación: Axel no crece gracias a sus éxitos sino a sus fracasos y sus terrores, lo que convierte a la novela en un Bildungsroman, una novela de formación disfrazada de aventura. En cuanto a los recursos literarios, la narración en primera persona genera una identificación inmediata entre el lector y el protagonista; el uso del diario científico como forma narrativa otorga verosimilitud positivista al relato; y la gradación espacial, donde cada capa subterránea es más antigua, más extraña y más inquietante que la anterior, funciona como una espiral que arrastra al lector hacia preguntas cada vez más profundas, del mismo modo en que la vida nos conduce, con el tiempo, hacia las preguntas que más nos cuestan.