Historias

El conde que quiso ser campesino

24 de junio de 2026 · Ines Silvia Macarena Lambert

Lev Nikoláievich Tolstói nació el 9 de septiembre de 1828 en Yásnaia Poliana, una hacienda de doscientas hectáreas a unos doscientos kilómetros de Moscú. Era el cuarto de cinco hijos del conde Nikolái Ilich Tolstói y de la princesa María Volkónskaya. Su madre murió cuando él tenía dos años, y su padre, cuando tenía nueve. Quedó al cuidado de dos tías paternas que lo criaron entre libros, tutores franceses y alemanes, y la vida cómoda de la nobleza rusa. Tenía todo lo que el siglo XIX podía ofrecer a un aristócrata: tierras, siervos, dinero y tiempo. Lo desperdiciaría con fruición durante años antes de convertirse en el escritor más grande de su época.

A los dieciséis años ingresó en la Universidad de Kazán, donde estudió lenguas orientales y luego derecho sin demasiado entusiasmo. Bebía, jugaba a las cartas, frecuentaba burdeles y acumulaba deudas. Ninguna de estas actividades le impedía leer con voracidad ni observar el mundo con una intensidad que ya entonces lo distinguía. En 1847, sin haber terminado la carrera, volvió a Yásnaia Poliana con la intención de mejorar las condiciones de vida de sus siervos. El proyecto fracasó —los propios campesinos desconfiaron de él— pero dejó una huella que marcaría toda su obra posterior: la conciencia de una contradicción irresoluble entre el privilegio heredado y la justicia que predicaba.

En 1851, arrastrado por su hermano mayor, se enroló en el ejército y partió al Cáucaso, donde combatió contra las guerrillas tártaras. La experiencia fue reveladora. En medio de la violencia descubrió que podía escribir, y que escribir era lo único que hacía sin fingir. Su primera novela autobiográfica, Infancia, publicada en 1852 en la revista Sovreménnik, fue recibida con entusiasmo. Le siguieron Adolescencia (1854) y Juventud (1856), una trilogía que trazaba con una honestidad inusual el recorrido de un joven aristócrata hacia la conciencia moral.

En 1853 pidió el traslado al frente de Crimea, donde Rusia combatía contra una coalición de potencias europeas. Lo que vio en Sebastopol —la ineptitud de los generales, el heroísmo inútil de los soldados, la brutalidad de la guerra sin épica— lo convirtió en uno de los primeros escritores modernos en narrar el combate sin romantizarlo. Sus Relatos de Sebastopol (1855) escandalizaron y fascinaron a partes iguales. El propio zar Alejandro II mandó traducirlos al francés.

De vuelta en San Petersburgo, Tolstói frecuentó los círculos literarios, trabó amistad con Turguénev —con quien más tarde se pelearía de forma legendaria, llegando casi al duelo— y viajó por Europa buscando modelos pedagógicos para educar a los hijos de sus campesinos. Fundó en Yásnaia Poliana una escuela gratuita donde los niños podían entrar y salir a voluntad y donde nunca se aplicaba ningún castigo. Era una idea radical para 1859, y lo sigue siendo.

En 1862 se casó con Sofía Andréyevna Behrs, de dieciocho años, hija de un médico de la corte imperial. La noche anterior a la boda le entregó sus diarios de juventud para que los leyera: un catálogo de disipaciones que dejó a su prometida llorando. Aun así, se casaron. Y en los años que siguieron, instalados en Yásnaia Poliana, Tolstói escribió las dos novelas que lo convertirían en una figura inmortal de la literatura universal.

Guerra y paz (1865-1869) es una epopeya de más de mil doscientas páginas que narra la vida de cinco familias aristocráticas rusas durante la invasión napoleónica de 1812. Hay en ella cientos de personajes, batallas, bailes, nacimientos, muertes, reflexiones filosóficas y una convicción que lo atraviesa todo: que la historia no la hacen los grandes hombres sino el movimiento anónimo y colectivo de los pueblos. Tolstói la revisó sin descanso, y Sofía copió cada nueva versión a mano, al menos siete veces, con lupa cuando la letra de su marido se volvía ilegible. Vladimir Nabokov la llamaría décadas después "la novela que convirtió a Tolstói en el autor más importante de la prosa rusa".

Ana Karénina (1875-1877) llegó inspirada por un suceso real: una mujer llamada Anna Stepánovna, abandonada por su amante, se arrojó bajo las ruedas de un tren de mercancías en 1872. De ese episodio de crónica negra Tolstói extrajo una de las novelas más perfectas jamás escritas: la historia de una mujer de la alta sociedad que elige el amor sobre las convenciones y paga con su vida esa elección. La frase que la abre —"Todas las familias felices se parecen entre sí; cada familia infeliz lo es a su manera"— se convertiría en una de las más citadas de la literatura.

Al terminar Ana Karénina, Tolstói entró en una crisis profunda. Guardaba bajo llave las armas de la casa por miedo a suicidarse. Lo que lo salvó, según él mismo escribió en Confesión (1882), fue una conversión espiritual que lo llevó a rechazar la iglesia ortodoxa, el estado, la propiedad privada y, eventualmente, sus propias obras maestras, que consideró demasiado frívolas para el hombre en que quería convertirse.

Vistió como un campesino, se hizo vegetariano, trabajó la tierra con sus propias manos, aprendió a hacer zapatos y predicó una forma de anarquismo cristiano basado en la no violencia, la desobediencia civil y el amor universal. Sus ideas influyeron directamente en Gandhi y en Martin Luther King. La iglesia ortodoxa rusa lo excomulgó en 1901, lo que no hizo sino aumentar su prestigio internacional. Fue nominado para el Premio Nobel de Literatura todos los años entre 1902 y 1906, y para el de la Paz en 1901, 1902 y 1910. Nunca ganó ninguno, algo que la historia del Nobel no termina de explicar.

En casa, mientras tanto, la tensión crecía. Tolstói quería ceder los derechos de su obra al dominio público y repartir sus tierras entre los pobres. Sofía se negaba, con razón práctica: tenía trece hijos que mantener. El escritor la acusaba de materialismo; ella lo acusaba de hipocresía. Ambos tenían razón. El conflicto fue documentado en los diarios de los dos —que se leían mutuamente, en una extraña forma de batalla doméstica— y alimentó décadas de interpretaciones que casi siempre culpaban a ella.

En la madrugada del 28 de octubre de 1910, Tolstói abandonó Yásnaia Poliana a escondidas. Tenía ochenta y dos años y una neumonía que ya llevaba consigo. Viajó en tren sin rumbo claro, acompañado solo por su médico y su hija Aleksandra. La prensa internacional lo siguió como si fuera un acontecimiento histórico —y lo era. Días después cayó enfermo en la estación de Astápovo. Sofía llegó antes de que muriera, pero no la dejaron entrar a la habitación hasta después del final. Sus últimas palabras, según quienes estuvieron presentes, fueron: "Amo a muchos."

Lo enterraron sin ceremonia religiosa en una pequeña loma de Yásnaia Poliana, el lugar donde había nacido y donde había escrito todo lo que importaba. No hubo curas, no hubo ritos. Solo la tierra y el bosque que había amado toda su vida.

Tolstói dejó noventa volúmenes de obras completas, una correspondencia monumental con figuras de todo el mundo y una influencia que atraviesa el siglo XX entero. Pero dejó también otra cosa, menos celebrada: una mujer con sus propios diarios, sus propias novelas y su propia versión de la historia. Leerlo a él sin leerla a ella es leer la mitad del libro.