Aurelio Ambrosio es conocido mundialmente como San Ambrosio de Milán y es considerado como una de las figuras más influyentes de la Iglesia católica durante el siglo IV, además de ser reconocido como uno de los cuatro Padres de la Iglesia latina. Si bien su familia no lo formó como teólogo en su natal Tréveris (en la actual Alemania), su camino como jurista y político lo llevó a ser gobernador de las provincias Emilia y Liguria, con sede en Milán.

Su vida dio un giro radical cuando, en el año 374, muere un obispo de la localidad y explota la pelea entre los católicos y arrianos (quienes negaban la divinidad de Jesucristo). Ambrosio intervino para mantener la paz y su presencia fue tan magnífica que la multitud gritaba: "¡Ambrosio obispo!". En pocos días, recibió el bautismo y la consagración episcopal.
Su habilidad como diplomático le dio la valentía de convertirse en un obispo defensor de la Iglesia frente a las herejías de la época. Fue defensor de la independencia de la Iglesia frente al poder del Imperio romano. Uno de los actos más icónicos de su vida fue guiar la conversión de San Agustín de Hipona.
El libro “Sobre el Espíritu Santo" fue escrito alrededor del año 381 y habla de la crisis teológica de este momento, ya que luego del Concilio de Nicea (325), que había defendido la divinidad del Hijo, surgió un grupo conocido como los "pneumatómacos" (o combatientes del Espíritu), quienes afirmaban que el Espíritu Santo era una simple criatura creada, subordinada al Padre y al Hijo.
Debido a la petición realizada por el emperador Graciano, Ambrosio escribió esta obra que a su vez está inspirada en otros tratados previos de autores griegos como San Basilio el Grande, para demostrar con rigor bíblico y lógico la plena divinidad del Espíritu Santo, argumentando su igualdad, unidad indivisible y coeternidad dentro de la Santísima Trinidad.

Sin duda, existen valiosos fragmentos de Sobre el Espíritu Santo (De Spiritu Sancto), ya que no solo defiende la estrategia teológica frente al arrianismo y las críticas de su época, sino que lo hace de manera abstracta.
El simbolismo de Gedeón y la era
La capacidad analítica de San Ambrosio para expresarse sobre el Antiguo Testamento queda demostrada cuando toma la historia de Gedeón y explica que el “rocío” representa la fe. Al inicio, este rocío cae sobre el vellón, es decir, el pueblo judío, mientras la era (el resto del mundo) queda seca. Luego, esto se invierte: el vellón se seca e Israel pierde su "lluvia profética", mientras que el agua es recogida en una vasija para regar al mundo entero (los gentiles).

“Cuando el mundo entero estaba reseco por la aridez de la superstición gentil, descendió sobre el vellón aquel rocío...” (Cap. I, 7).
“De ahí que ahora el mundo entero esté humedecido con el rocío de la fe, mientras que los judíos han perdido a sus profetas...” (Cap. I, 7).
¿Cómo podemos conectar esta parte del libro con la actualidad? Este artículo conecta el rocío con el pasaje de Jesús donde lava los pies a los discípulos, demostrando que el Espíritu Santo es esa "agua celestial" que purifica a la Iglesia universal.
“Cuando el mundo entero estaba reseco por la aridez de la superstición gentil, descendió sobre el vellón aquel rocío celestial, el misterio oculto de la salvación que permanecía en el pueblo de Israel.” (Reflexión basada en Cap. I, 7)
Recordemos que en el siglo IV se realizó una de las transformaciones culturales y religiosas más asombrosas en la historia del Occidente, y es que la transición del Imperio romano pagano hacia el cristianismo en medio de un torbellino político hizo que los Padres de la Iglesia se enfrentaran al reto no solo de definir los dogmas, sino de reinterpretar la historia sagrada.
Para San Ambrosio de Milán el Antiguo Testamento era obsoleto y estaba muy lejano al pueblo si se leía de forma literal. En su tratado "Sobre el Espíritu Santo" reseña un método tomado del Libro de los Jueces (Jueces 6:36-40): el signo del vellón de Gedeón. En el texto bíblico se habla de una prueba militar de discernimiento que en las manos del obispo de Milán se transforma en una impresionante coreografía cósmica que explica el nacimiento de la Iglesia universal y el desplazamiento de la Antigua Alianza.

Este argumento de Ambrosio solo podía ser posible gracias a la influencia de los teólogos griegos y por Orígenes; Ambrosio buscaba el sentido espiritual latente detrás del sentido literal de las Escrituras. Para Ambrosio, los objetos y personajes del Antiguo Testamento son "tipos" (prefiguraciones) de las realidades del Nuevo Testamento.
¿Por qué? Porque Gedeón es un tipo de Cristo o de los apóstoles (el líder guiado por el Espíritu). El vellón de lana (la oveja sacrificada) representa al pueblo de Israel, el receptor original de las promesas. La era (el suelo trillado, expuesto a la intemperie) representa al mundo pagano, las naciones o "gentiles". El rocío es la gracia, la fe y, en última instancia, la persona misma del Espíritu Santo.
El vellón seco y la vasija expropiada
El tope de la tesis de Ambrosio está en la segunda noche de Gedeón, donde el signo se invierte: el vellón amanece completamente seco y el rocío cubre toda la era. Para el Milán del siglo IV, este no es un hecho curioso del pasado; es la realidad geopolítica y espiritual que están viviendo.
Por lo que Israel, al rechazar la consumación de la promesa en Cristo, experimenta una sequedad espiritual. El vellón queda seco porque entregaron su agua y el escritor explica que Gedeón exprime el vellón y llena una vasija (concha) con el agua extraída.

“De ahí que ahora el mundo entero esté humedecido con el rocío de la fe, mientras que los judíos han perdido a sus profetas y la guía de las Escrituras...” (Cap. I, 7)
La "lluvia profética" cesó en Jerusalén y se derramó sobre el Imperio. La lana, que antes retenía el agua, ya no puede contenerla. El Espíritu Santo se ha mudado de templo: ha abandonado la exclusividad étnica para convertirse en un patrimonio universal.
Sin embargo, Ambrosio no se detiene en la separación histórica entre judíos y gentiles; eleva el argumento hacia la liturgia y la purificación mística. En el mismo capítulo, conecta el agua exprimida del vellón por Gedeón con el pasaje de Juan 13, donde Jesús lava los pies de sus discípulos.
¿Por qué es vital esta conexión? Para Ambrosio, el agua que Gedeón recogió en la vasija no es un agua estancada; es el "agua celestial" que Cristo utiliza para limpiar las impurezas del caminar humano. Cuando Jesús le dice a Pedro: “Si no te lavo, no tendrás parte conmigo”, está aplicando ese mismo rocío extraído del vellón.

Claramente, el Espíritu Santo es esa agua de la vasija. Al lavar los pies de los discípulos, Cristo está preparando a la Iglesia para que extienda el Evangelio; los pies representan el caminar de la Iglesia, la humedad del Espíritu Santo purifica el pasado pagano de los gentiles quitando la "aridez de la superstición" y otorgándoles la dignidad de una nueva creación.
Política y religión
Este análisis de San Ambrosio tenía un impacto directo en sus lectores, ya que al demostrar que los gentiles, que venían siendo los ciudadanos del Imperio romano, ahora eran los herederos de este “rocío” que se lee en el Libro de los Jueces.
El paso del vellón a la vasija es el paso de lo local a lo universal. San Ambrosio utiliza la historia de Gedeón para recordar a su Iglesia que el Espíritu Santo es, por naturaleza, libre y dinámico: no puede ser encadenado a un solo pueblo, a una sola estructura o a un solo momento de la historia. El rocío cae donde quiere, transforma los desiertos en tierras fértiles y, al final, llena la vasija de la Iglesia para saciar la sed de la humanidad entera.