En la literatura del siglo XX se rescataron textos que fueron confinados en espacios de pasividad extrema por la ortodoxia religiosa, pero pocos autores retrataron el sentir del alma como el estadounidense Rutherford Hayes Platt en El Primer Libro de Adán y Eva. En él se narra la vida de Adán y Eva desde su expulsión del jardín hasta el momento en que Caín mata a su hermano Abel. Se habla de la Cueva de los Tesoros, las pruebas y tentaciones y las apariciones que hizo Satanás delante de ellos, así como el nacimiento de Caín, Abel y sus hermanas gemelas y el amor de Caín por su hermosa hermana gemela, Luluwa, a quien Adán y Eva deseaban unir con Abel.
Rutherford Hayes Platt fue un escritor, fotógrafo y publicista, quien era reconocido por su divulgación científica y su capacidad de hacer accesibles los misterios del mundo al público. Y también fue veterano de la Primera Guerra Mundial. El mundo botánico lo exploró de tal manera que lo llevó a formarse en el Jardín Botánico de Brooklyn en la década de 1930. Su estilo literario se enfocó en conseguir el equilibrio perfecto entre la observación científica y la sensibilidad lírica. Su enfoque principal era lo que él mismo denominaba "el espectáculo de la naturaleza".

Los libros más destacados de su trayectoria han sido:
The Lost Books of the Bible and the Forgotten Books of Eden (1926)
This Green World (1942)
Our Flowering World (1947)
American Trees: A Book of Discovery (1952)
The Great American Forest (1965)
Walt Disney’s Secrets of Life (1957), un libro derivado de su colaboración como asesor en los proyectos cinematográficos de Disney.
El Primer Libro de Adán y Eva de Hayes Platt es considerado por expertos como parte de la “pseudoepigrafía”, es decir, habla de situaciones bíblicas combinado con historias ficticias. El autor cuenta lo que ocurrió los días después de que Adán y Eva fueran expulsados del jardín y aunque es considerado pseudoepigráfico, contiene un significado y una comprensión importantes de los acontecimientos de aquella época. También tiene una versión de un relato que puede transmitirse de generación en generación, en el que se enlaza el momento en que fue creada la primera vida humana con aquel en que alguien finalmente decidió ponerlo por escrito. Esta es una versión que fue creada por autores egipcios desconocidos, sin embargo, el investigador la tomó como una referencia fundamental para estructurar esta meticulosa historia cronológica de lo que fue la divinidad tras la transgresión.

El aislamiento del oeste y el mar de la purificación escatológica
El Capítulo I no describe un destierro caótico o arbitrario; describe una geografía mítica calculada para administrar el castigo y regular la memoria del Edén. La ubicación de Adán y Eva en el "borde occidental del jardín" responde a una estrategia de aislamiento sensorial y espiritual. El texto introduce elementos fascinantes como el mar septentrional, un cuerpo de agua tan puro que “por su claridad se puede ver hasta las profundidades de la tierra”, diseñado con un propósito escatológico y purificador:
“Y Dios creó ese mar por su propia buena voluntad, porque sabía lo que vendría del hombre que había de crear; para que, después de haber salido del jardín a causa de su transgresión, nacieran hombres en la tierra. Entre ellos, habría justos que morirían, cuyas almas Dios resucitará en el último día; entonces todos ellos volverán a su carne, se bañarán en el agua de ese mar y se arrepentirán de sus pecados”.
La exclusión de Adán de este sector norte demuestra que el exilio implica la privación del consuelo inmediato. En el libro, Dios opera con una pedagogía rigurosa: el ser humano no puede borrar su transgresión mediante un bautismo apresurado o el olvido sensorial. Debe habitar la extensión desolada del oeste y confinarse en la Cueva de los Tesoros, un espacio subterráneo que funciona como una frontera liminal entre el mundo sagrado que perdieron y la tierra hostil que deben labrar.
El colapso material y la maldición de los "ojos de carne"
Al cruzar el umbral del Edén, Adán y Eva experimentan un colapso físico y sensorial masivo:
“Sintieron miedo y temblaron; y cayeron rostro en tierra a causa del temor que se apoderó de ellos, y quedaron como muertos”.
Este desvanecimiento es el síntoma para comprender qué es y cómo existe la realidad, y es que en el jardín la pareja estaba investida de una “naturaleza luminosa” que les permitía una percepción extrasensorial y la comunión directa con las realidades celestiales.
Luego, la caída de los cuerpos de los protagonistas sobre la arena y las piedras simboliza la transición hacia la gravedad y la opacidad material. Adán verbaliza esta pérdida de manera elocuente al contrastar su nueva morada con la amplitud perdida:
“—Mira tus ojos y los míos, que antes contemplaban a los ángeles alabando en el cielo, y también a ellos sin cesar. Pero ahora no vemos como antes; nuestros ojos se han vuelto de carne y ya no pueden ver como solían hacerlo. [...] ¿Qué es hoy nuestro cuerpo, comparado con lo que era en los días anteriores, cuando vivíamos en el jardín?”.

Con esto, Adán explica que la transformación de los ojos en “ojos de carne” es una metáfora de la pérdida de la visión espiritual; el cuerpo ya no es un vehículo de luz, sino una prisión y la Cueva de los Tesoros se convierte en una extensión arquitectónica de su propio estado interno: un espacio estrecho, oscuro y sepulcral. Adán llora y pone resistencia para entrar a la caverna, reflejando el horror humano y la pérdida de la trascendencia. Su posterior aceptación se da únicamente bajo la lógica del sometimiento ético para evitar una nueva transgresión.
El pacto de los 5.500 años y el ruego redentor de Eva
El tercer eje, y el más potente desde una perspectiva literaria, debe analizar la reconfiguración de la relación entre la pareja y la divinidad a través de dos mecanismos: la promesa del tiempo y el sacrificio de la identidad. Durante esta parte del libro, su enfoque es completamente de literatura apocalíptica y pseudoepigráfica: el pacto de los cinco días y medio, que Dios aclara posteriormente como un período de 5.500 años antes de la llegada de la Palabra redentora. Al establecer días y años, la divinidad inventa la historia humana. El tiempo cronológico es, en sí mismo, una consecuencia de la caída y un espacio otorgado para el arrepentimiento y la maduración de la especie.
Frente a esta inmensidad temporal, el texto escrito por Rutherford Hayes Platt da un giro inesperado, ya que se concentra en la súplica de Eva. Mientras Adán yace postrado y como muerto tras golpearse el pecho ante la opacidad de la roca que le impide ver el cielo, Eva emerge esta vez como una intercesora de un lirismo y una dignidad desgarradores con total responsabilidad:
“Oh Dios, perdóname mi pecado, el pecado que cometió, y no lo tengas en mi contra. Porque yo sola hice que Tu siervo cayera del jardín a esta tierra condenada, de la luz a esta oscuridad y de la casa de alegría a esta prisión. Oh Dios, mira a Tu siervo, caído de esta manera, y devuélvele la vida, para que pueda llorar y arrepentirse de la transgresión que cometió por causa mía”.
Bajo este enfoque, El Primer Libro de Adán y Eva posee una inmensa riqueza psicológica y literaria. Su exclusión del canon bíblico no disminuye su capacidad para iluminar la forma en que los autores de la antigüedad procesaron las grandes preguntas sobre el sufrimiento, la limitación de los sentidos corporales, la configuración del tiempo histórico y la fuerza de los vínculos humanos ante la pérdida de lo sagrado.