Historias

He escrito un libro malvado

6 de julio de 2026 · Ines Silvia Macarena Lambert

En 1850, un escritor de treinta y un años compró una granja en Massachusetts y se hizo amigo del único vecino que le importaba: Nathaniel Hawthorne, que vivía a pocos kilómetros y era ya, a diferencia de él, un autor consagrado. Ese año, Herman Melville empezó a escribir la novela que lo destruiría comercialmente y que, décadas después de su muerte, lo convertiría en uno de los grandes de la literatura americana.

Melville había nacido en Nueva York en 1819, en una familia que conoció la prosperidad y luego el desastre. Su padre, comerciante, murió arruinado y con la mente rota cuando Herman tenía doce años. Desde entonces, la vida fue una serie de trabajos y desvíos. Trabajó como maestro de escuela rural, como empleado de banco, como vendedor. A los diecinueve años hizo su primer viaje en barco, como marinero de cubierta en una travesía a Liverpool. Fue un viaje miserable, lleno de brutalidad y monotonía, que lo marcaría para siempre.

Pero el viaje que cambió todo ocurrió en 1841, cuando embarcó en el ballenero Acushnet rumbo al Pacífico. Tenía veintiún años. Durante dieciocho meses navegó por aguas que la mayoría de sus contemporáneos solo conocían por los mapas, y luego desertó en las islas Marquesas junto con un compañero. Vivió durante semanas con una tribu llamada los taipis —de quienes no podía saber con certeza si eran o no caníbales— y esa experiencia, mezcla de paraíso y amenaza, se convirtió en el material de su primera novela.

Typee, publicada en 1846, fue un éxito inmediato. Luego vino Omoo, otra aventura del Pacífico, también bien recibida. Melville era joven, atractivo, lleno de historias asombrosas, y el público lo leía con gusto. Pero él tenía otras ambiciones. Quería escribir algo más profundo, más verdadero, algo que estuviera a la altura de Shakespeare y de los grandes trágicos que leía con devoción creciente.

El problema era que esas ambiciones no coincidían con lo que el mercado quería. Mardi, su tercer libro, fue un experimento filosófico y alegórico que desconcertó a los lectores. Volvió a las aventuras náuticas con Redburn y White-Jacket, que se vendieron mejor, pero que a él le parecían trabajo menor. Mientras tanto, se había casado, tenía hijos, había comprado la granja llamada Arrowhead en Pittsfield, y las deudas crecían.

Fue en ese contexto —presión económica, ambición literaria y la amistad eléctrica con Hawthorne— donde escribió Moby Dick. Las cartas que le mandó a Hawthorne durante ese período son documentos extraordinarios: un hombre sintiendo que está escribiendo algo que podría matarlo, o salvarlo, o las dos cosas. "He escrito un libro malvado", le dijo cuando terminó, "y me siento inocente como un cordero."

La novela se publicó en octubre de 1851 y fue, en términos comerciales, un fracaso. La crítica fue tibia o desconcertada. El público que había amado Typee no encontró en Moby Dick lo que buscaba. Melville siguió escribiendo: Pierre, una novela sombría y casi autodestructiva que empeoró su reputación; los cuentos extraordinarios de The Piazza Tales, entre ellos "Bartleby, the Scrivener" y "Benito Cereno", que hoy se consideran obras maestras pero que entonces pasaron casi inadvertidas; The Confidence-Man, su última novela publicada en vida, tan experimental que apenas tuvo lectores.

A partir de 1866, Melville trabajó durante diecinueve años como inspector de aduanas en el puerto de Nueva York, un empleo gris y repetitivo que pagaba las cuentas. Escribía en privado, sin publicar. Cuando murió en 1891, los obituarios lo llamaron "el autor de Typee", como si todo lo que había venido después no hubiera ocurrido.

El manuscrito de Billy Budd, su última novela, quedó sin terminar sobre su escritorio. Fue publicada póstumamente en 1924, el mismo año en que la crítica angloamericana empezó a redescubrir Moby Dick y a comprender lo que Melville había intentado. Para entonces llevaba treinta y tres años muerto.

Hay algo en esa trayectoria —el éxito temprano, la ambición que excede al mercado, el silencio, el olvido, la obra que sobrevive al autor por décadas— que resuena con lo que Moby Dick trata de decir: que hay empresas cuyo valor no se mide en el momento en que ocurren, sino mucho después, cuando ya no hay nadie que las reclame.