Imagina que llevas meses en el mar. El agua es negra por las noches y gris por los días. El barco huele a grasa de ballena, a sal, a madera podrida. Los hombres duermen en literas tan estrechas que deben girarse todos al mismo tiempo. Y el capitán, ese hombre con la pierna de marfil que golpea el suelo con cada paso, no ha dicho todavía adónde van en realidad.
Así comienza Moby Dick, la novela que Herman Melville publicó en 1851 y que tardaría décadas en ser reconocida como una de las obras más extraordinarias que ha producido la lengua inglesa. El narrador se llama Ishmael —o así pide que lo llamemos, en la primera línea— y lo que cuenta no es simplemente una historia de caza. Es algo más oscuro, más difícil de nombrar.
El capitán Ahab perdió su pierna derecha en un encuentro anterior con una ballena blanca de tamaño descomunal. Una ballena que los marineros conocen por su nombre: Moby Dick. Desde ese día, Ahab no ha sido el mismo. No duerme. Camina de noche por la cubierta. Y cuando por fin reúne a su tripulación alrededor del mástil y les revela el propósito real del viaje —encontrar a esa ballena, perseguirla hasta los confines del océano, matarla— hay algo en su voz que impide decir que no.
Starbuck, el primer oficial, lo intenta. Es un hombre práctico, religioso, que entiende que una ballena es una bestia y no un enemigo. "¿Vengar tu brazo en una criatura sin razón?", le dice. Ahab lo mira y responde que detrás de la máscara irracional del mundo hay algo que lo insulta, y que tiene que golpear esa máscara. Es una respuesta que no tiene sentido en términos de navegación. Pero tiene un sentido más profundo que Starbuck no puede rebatir.
Eso es lo que hace que Moby Dick sea tan perturbadora: la obsesión de Ahab tiene una lógica interna perfecta. No está loco como alguien que confunde la realidad. Está loco como alguien que ha decidido, con toda lucidez, que prefiere la destrucción al compromiso. Ha convertido a la ballena blanca en el símbolo de todo lo que en el universo resulta incomprensible, cruel e indiferente. Y ha decidido hacerle frente.
En eso, Ahab no está solo en la historia de la literatura. El conde de Montecristo construye su vida entera alrededor de la venganza y descubre, demasiado tarde, que la venganza consume al que la ejerce tanto como al que la recibe. El capitán Nemo huye del mundo en su submarino porque el mundo lo ha herido de un modo que no puede perdonar. Pero ninguno de esos personajes tiene la grandeza trágica de Ahab, porque ninguno es tan consciente de lo que hace. Ahab sabe que va a morir. Lo dice. Y sigue.
La comparación más justa, quizás, sea con el Quijote. También allí hay un hombre que ha decidido imponer sobre la realidad una visión que la realidad no comparte. También allí los que lo rodean oscilan entre la ternura y la desesperación. Pero donde Cervantes envuelve su tragedia en comedia, Melville la desnuda por completo. No hay alivio en Moby Dick. El océano no tiene sentido del humor.
Mientras tanto, el Pequod navega. Melville describe el mar con una precisión y una belleza que no tiene paralelo en la literatura de su época. Hay capítulos enteros dedicados a la anatomía de los cachalotes, a las técnicas de caza, a la historia de los balleneros de Nantucket. En otras manos, eso sería un desvío. En Moby Dick forma parte del argumento: la acumulación de ese conocimiento, ese intento obsesivo de catalogar y comprender a la ballena, es un eco de la obsesión de Ahab. El libro entero es un intento de atrapar algo que no se deja atrapar.
Los personajes que rodean a Ishmael son inolvidables. Queequeg, el arponero polinesio tatuado de la cabeza a los pies, que se convierte en su amigo más cercano con una naturalidad que, para 1851, resultaba casi revolucionaria. No hay distancia irónica ni exotismo condescendiente en el retrato de Queequeg: es simplemente un hombre bueno, más íntegro que la mayoría de los que lo rodean, y Melville lo trata con una igualdad que sus contemporáneos no supieron ver o no quisieron celebrar. Pip, el grumete que cae al mar durante una cacería y pasa horas solo en el océano abierto antes de ser rescatado: cuando lo suben al barco, algo en él se ha quebrado para siempre, y lo que dice desde entonces parece venido de otro mundo. Flask, Stubb y los tres arponeros de distintas procedencias forman una tripulación que es casi un mapa del mundo.
Esa tripulación es, en sí misma, uno de los grandes logros de la novela. El Pequod lleva a bordo americanos, polinesios, africanos, indios, malayos, parsis. En 1851, en un país que estaba a diez años de una guerra civil sobre la esclavitud, Melville construyó un microcosmos donde la procedencia no determina el valor de un hombre. No lo proclama en ningún discurso. Lo muestra, simplemente, en la manera en que los personajes se tratan entre ellos.
Y luego, la ballena aparece.
No se puede describir esa secuencia sin perder algo. Solo se puede decir que Melville construyó durante quinientas páginas una tensión que en esos capítulos finales se libera de un modo que pocas novelas han logrado. La persecución dura tres días. El mar cambia. Los hombres cambian. Y Ahab, enfrentado al animal que ha ocupado su mente durante años, encuentra que la realidad de la ballena es todavía más inasible que su imagen.
Hay novelas que culminan en batallas, en revelaciones, en reencuentros. Moby Dick culmina en algo más difícil de clasificar: una confrontación entre un hombre y el universo, donde el universo no da explicaciones. Hay algo al otro lado que no va a responder, y el intento de forzarle una respuesta es lo que destruye al protagonista.
Moby Dick no es una novela cómoda. Exige paciencia, entrega, y cierta disposición a perderse en sus digresiones enciclopédicas. Hay lectores que la abandonan en el capítulo sobre la clasificación de los cetáceos. Es comprensible. Pero los que llegan al final salen del libro con la sensación de haber visto algo real: no una ballena, sino la imagen de un hombre destruyéndose a sí mismo en busca de algo que el universo se niega a explicar.
Esa imagen, una vez vista, no desaparece. Y ese es, al final, el único criterio que importa para un libro: si algo en él permanece después de cerrarlo. Moby Dick permanece. La pierna de marfil golpeando la cubierta a medianoche. El mar negro. La ballena blanca que aparece y desaparece y vuelve a aparecer, indiferente, inmensa, sin nombre propio más allá del que los hombres le han dado para poder temerle.