Cierto hombre tenía un profundo deseo de alcanzar la plenitud. Como no conocía el camino correcto, consultó a alguien que esperaba pudiera orientarlo, y le preguntó por qué sendero podría llegar allí con seguridad. El otro le respondió: "El viaje es largo y está lleno de dificultades. Hay varios caminos que parecen prometer esa realización, pero sus trampas son demasiado grandes. Sin embargo, conozco uno que, si lo sigues fielmente según las señales que te daré, ciertamente te llevará allí. No puedo prometerte que estarás libre de miedos, golpes y tentaciones de todo tipo; pero si tienes suficiente valentía y paciencia para soportarlos sin resistirte ni angustiarte por ellos, continuando con serenidad y llevando siempre esto en la mente, y a veces en los labios: Nada tengo, nada soy, nada deseo sino conocerme y realizarme plenamente, te doy mi palabra: a su debido tiempo llegarás allí."
El viajero, lleno de esperanza, dijo: "Mientras al final llegue al lugar que tanto anhelo, no me importan las dificultades del camino. Dime, pues, qué rumbo tomar." "Ya que tienes tan buena disposición", respondió el guía, "aunque yo mismo nunca he completado del todo ese viaje, ten la certeza de que, si sigues estas instrucciones, llegarás sano y salvo al final."
El consejo es, en resumen, el siguiente: antes de dar el primer paso, debes estar bien asentado en el conocimiento honesto de ti mismo —tus valores, tus patrones, tus sombras—. Además, cualquier herida o conducta que enturbie tu conciencia debe ser reconocida con sinceridad y trabajada con genuino compromiso. Una vez hecho esto, comienza tu viaje llevando contigo dos instrumentos imprescindibles: la honestidad y la compasión. Ambas están contenidas en las palabras que deben acompañarte siempre: "Nada soy, nada tengo; solo deseo una cosa: conocerme y vivir en paz conmigo mismo." La honestidad dice: "Nada soy, nada tengo." La compasión dice: "No deseo nada sino crecer y ser auténtico." Estos dos compañeros no pueden separarse, pues viven juntos; y cuanto más profundamente te instales en la honestidad, más avanzarás en la compasión hacia ti y hacia los demás.
Esta honestidad no debe ejercitarse tanto mirando tus defectos y fracasos —aunque al principio eso sea necesario y útil— sino, sobre todo, mediante una contemplación serena de lo que en ti es más verdadero y esencial. Debes contemplar tu potencial más genuino, ya sea a través de momentos de claridad interior o al menos con una confianza firme en tu capacidad de crecer. Tal contemplación producirá en tu mente una honestidad mucho más madura, estable y fértil que la que nace de flagelarte con tus errores, la cual engendra una autocrítica burda y paralizante. En ese espejo interior te verás no solo como alguien que ha cometido errores, sino también como alguien que, en comparación con todo lo que podría llegar a ser, todavía es poco. Y hasta que no sientas que te mueve el deseo genuino de crecer, aunque creas haber realizado muchos logros, no tienes aún lo esencial: porque nada, salvo el impulso auténtico hacia la realización, llenará de sentido tu vida.
Si tu deseo de crecimiento persiste y se fortalece, te dirán que podrías fracasar, que podrías quedarte solo, que nadie te apoyará. No prestes atención. Pero si el miedo o la adversidad llegan, sigue confiando en el proceso y di: "Nada soy, nada tengo, nada me importa en este momento fuera de este camino, y no deseo nada sino seguir creciendo hacia mi propia plenitud."
Si vacilas y, por alguna de estas presiones o por tu propia fragilidad, te apartas del camino por un tiempo, regresa cuanto antes. No te detengas a rumiar tus caídas pasadas, pues eso te debilitará; en cambio, apresúrate a retomar el rumbo como si nada hubiese sucedido. Piensa únicamente en tu deseo de crecer, y nada podrá detenerte definitivamente.
Cuando tus resistencias internas vean que estás tan decidido que ni el miedo, ni el fracaso, ni la opinión ajena logran desanimarte, arreciarán con su ataque más sutil: te presentarán todos tus logros y virtudes, haciéndote ver cuánto te admiran y te alaban. Lo harán para que caigas en la vanidad y el autoengaño. Pero si estás comprometido con tu proceso real, reconocerás esa adulación —interna o externa— como un veneno silencioso, y la rechazarás.
Para evitar esas trampas, desecha los pensamientos que te inflen o te hundan sin fundamento, y concéntrate únicamente en conocerte y crecer. Una vez que te acostumbres a pensar en lo esencial, cualquier pensamiento que te aleje de ello te parecerá un ruido innecesario.
Si tienes algún trabajo que realizar —para ti o para otros—, hazlo pronto y bien, sin postergarlo, para que no se convierta en fuente de distracción o culpa. Si algo no es necesario, descártalo diciendo: "Nada soy, nada puedo forzar, nada tengo, y nada deseo sino seguir creciendo."
También será necesario que, como todo viajero, descanses, te alimentes y disfrutes de momentos de recreación sana. Si lo haces con criterio, lejos de retrasarte, te darán la energía y el ánimo necesarios para continuar.
En conclusión, recuerda que tu único deber esencial es mantener vivo el deseo de conocerte y realizarte, y fortalecerlo mediante la reflexión diaria y las prácticas que te nutran. Todo lo que consideres útil para ese fin —leer, conversar, crear, guardar silencio, descansar o actuar— úsalo mientras tu interior encuentre sustento en ello. Ten la certeza de que ese deseo genuino, así cultivado y sostenido, te guiará con seguridad al final de tu peregrinaje interior.
Observando estas instrucciones, estás en el camino correcto hacia tu propia plenitud. Y aunque las prácticas que uses para alimentar ese deseo puedan cambiar con el tiempo —porque lo que hoy te nutre mañana puede perder su fuerza—, el deseo en sí no debe cambiar. No temas abandonar una forma de trabajo interior si descubres que ya no te hace crecer; busca la que mejor sirva a tu realización en cada etapa. Antes de haber avanzado mucho, encontrarás resistencias de todo tipo: el miedo, la comodidad, las voces que te dicen que no eres suficiente o que no mereces la plenitud. Nada les irrita tanto como ver en ti un deseo firme y auténtico de crecer. Por eso intentarán extinguirlo. Pero tú responde siempre: "Nada soy, nada tengo, y nada deseo sino seguir este camino hacia mí mismo."