Alfonso María de Ligorio ofrece en Las Glorias de María, publicado en 1750, un libro pastoral y muy transformador para la época, ya que es influenciado por el contexto europeo del jansenismo —una corriente que promovía una visión rigorista, elitista y temerosa de la salvación, donde Dios era visto principalmente como un juez implacable y el acceso a la comunión estaba reservado para unos pocos supuestamente puros—, es por eso que el texto de Ligorio opera como un manifiesto de liberación espiritual para el creyente común y el pecador marginado. Esta es una obra de 1750 con 173 páginas que desmantela las estructuras del miedo medieval.
San Alfonso María de Ligorio (1696–1787), fue el aristócrata del foro convertido en pastor de los abandonados. Nació en una noble familia napolitana y desde muy pequeño fue muy inteligente. Realizó un doctorado en derecho canónico y civil a la temprana edad de dieciséis años, convirtiéndose rápidamente en uno de los abogados más brillantes y exitosos de los tribunales de Nápoles. Sin embargo, su carrera de abogado se manchó tras la corrupción del sistema judicial que afectó uno de sus casos y entregó al servicio eclesiástico, ordenándose sacerdote en 1726. Su amor por la iglesia hizo que recorriera los barrios más pobres de la ciudad y reconfiguró por completo su visión de la Iglesia y de la teología.

En 1732, fundó la Congregación del Santísimo Redentor (Redentoristas), concebida específicamente para la predicación de misiones populares a los más desamparados. Su larga vida estuvo entregada también a la escritura de más de un centenar de obras teológicas y espirituales, asumiendo en su vejez el cargo de obispo de Santa Águeda de los Godos. Fue canonizado en 1839 por el papa Gregorio XVI y proclamado Doctor de la Iglesia en 1871 por Pío IX, recibiendo además el título patronal de patrono de los confesores y moralistas por Pío XII en 1950.
El estilo literario y homilético de Alfonso María de Ligorio se define por una consciente y deliberada renuncia a la retórica vana, al culteranismo barroco y a la sofisticación conceptual que imperaban en la literatura de su tiempo. Su máxima fundamental era que la palabra escrita o hablada debía ser inmediatamente comprensible por la persona más sencilla del auditorio. Por ello, su prosa es directa, fluida, transparente y profundamente afectiva, caracterizada por un tono de conversación íntima, paternal y apremiante. Ligorio poseía la rara habilidad de traducir las discusiones teológicas más densas y complejas a un lenguaje de gran unción y plasticidad.

Sus libros fueron traducidos casi en vida a decenas de idiomas y se difundieron por toda Europa, América y los territorios de misión, alcanzando miles de ediciones que se contaban por millones de ejemplares. Los libros más relevantes fueron: Theologia Moralis (Teología Moral, 1748), Las glorias de María (1750), Visitas al Santísimo Sacramento y a la Santísima Virgen (1745), Práctica del amor a Jesucristo (1768) y El gran medio de la oración (1759).
La división de los reinos y el asilo de la misericordia
Para entender un poco Las Glorias de María de Alfonso María de Ligorio, el autor desmantela el temor del castigo divino mediante una audaz división del reino celestial. Recalca que el Padre eterno ha reservado para Jesucristo el "reino de la justicia" y ha cedido por completo a María el "reino de la misericordia", Ligorio crea un espacio de asilo espiritual inviolable. En este territorio místico, las reglas de la jurisprudencia divina tradicional quedan suspendidas; no se exigen méritos previos, sino únicamente la condición de la propia miseria.

El autor reconoce la existencia de tratados eruditos, voluminosos y costosos, pero los descarta para su propósito porque resultan inalcanzables para el pueblo y poco prácticos para el clero de a pie. Su labor de "reunir en poco espacio" las sentencias más selectas de los Padres de la Iglesia no es un mero ejercicio de edición, sino un acto de compasión pastoral.
Para justificar esta incesante producción y profundizar en la grandeza de su figura, Ligorio recurre a la autoridad patrística con sentencias contundentes:
“La bienaventurada Virgen es tan grande y sublime que, cuanto más la alabamos, más queda por alabar. De modo que San Agustín dice que todas las lenguas de los hombres, aunque todos sus miembros se transformaran en lenguas, no serían suficientes para alabarla como ella merece”.
“Consistiendo el reino de Dios en justicia y misericordia, el Señor lo ha dividido: se ha reservado para sí el reino de la justicia y ha concedido a María el reino de la misericordia, ordenando que todas las misericordias dispensadas a los hombres pasen por las manos de María y sean otorgadas según su beneplácito”.
“Nuestra Reina no puede mentir y puede obtener cuanto desea para sus devotos siervos. Tiene un corazón tan benigno y compasivo, dice Blosio, que no puede despedir descontento a nadie que invoque su ayuda. Pero, como dice san Bernardo, ¿cómo podrías tú, oh María, negar socorro a los desdichados, siendo tú Reina de misericordia? ¿Y quiénes son los súbditos de la misericordia, sino los miserables?”.
Una necesidad ontológica y un manual para el pueblo trabajador
En estas citas, Ligorio explica que el parentesco espiritual no es una mera metáfora poética o un título honorífico, sino un lazo de sangre mística pagado con el precio del dolor coredentor en la cruz. Ligorio hace una aclaración sobre la razón que lo llevó a escribir dicho libro: ¿para qué escribir un nuevo libro sobre María existiendo ya "tantos libros eruditos y célebres"? La respuesta de Ligorio, apoyada en el abad Francone, es una declaración de principios sobre la infinitud del misterio sagrado. Utiliza una lógica de progresión geométrica: la alabanza es una fuente que cuanto más se extiende, más abundante se vuelve. Al citar a San Agustín (la imposibilidad de que todas las lenguas humanas basten para alabarla), Ligorio justifica la sobreproducción de la literatura mariana como una necesidad ontológica: nunca será suficiente.

Pero para Ligorio el verdadero significado de este libro radica en que es dedicado al creyente común, y no a los “poco comunes”, a los que califica como costosos y difíciles de adquirir en la red de distribución del siglo XVIII o "demasiado extensos" (lo que exige un tiempo y una capacidad de comprensión de la que carece el pueblo trabajador). Es por esa razón que el objetivo del autor fue servir como de manual de campo, de "prontuario" homilético para los sacerdotes en sus misiones. Ligorio entiende que la teología si no se predica, no salva, y si para comprenderla se requiere un esfuerzo intelectual desmedido, deja de ser evangélica.
La psicología del amor: De la obligación teológica a la llama afectiva
Ligorio introduce un agudo análisis de la psicología humana aplicado a la vida espiritual, utilizando la analogía de los "amantes mundanos". Y es que el autor observa que la persona que es amada por el público es admirada y pide que se le aplauda. El autor observa que quien está enamorado en el mundo no puede contener su afecto; habla constantemente de la persona amada, la alaba en público, busca que otros la admiren y la aplaudan.
A través de este espejo secular, Ligorio lanza una dura crítica a la devoción pasiva, fría y meramente formal: aquel que dice amar a María, pero rara vez habla de ella o no busca inspirar ese amor en los demás, posee un amor "pobre" o ficticio. Eso argumenta la devoción mariana de una obligación teológica a una necesidad afectiva. Los "verdaderos amantes" no actúan por mandato, sino por el impulso de "encender en los corazones de todos aquellas benditas llamas de amor con las que arden los suyos".
El texto cierra con la impresionante historia de sor Catalina y la pobre María de la cueva, un relato que sirve como el perfecto cierre narrativo para ejemplificar cómo la teología de Las glorias de María se traduce en la salvación concreta de los marginados de la tierra. El autor habla a través del concepto de la maternidad espiritual nacida en el Calvario y de ejemplos específicos como el de "sor Catalina y la pobre María". Describe la devoción mariana como los esquemas del castigo social y eclesiástico.
La mujer de la cueva, muerta en la total marginalidad, sepultada como una bestia y considerada unánimemente como condenada por sus contemporáneos, se convierte en el testimonio supremo de la eficacia del sistema ligoriano: basta un sollozo final de auxilio desarmado para activar una intercesión que desafía el juicio de la comunidad. En él, Ligorio explora cómo no existe el desahucio espiritual absoluto mientras exista la invocación, transformando la desesperación en una audaz esperanza y convirtiendo las almas que antes eran "guaridas de leones y leopardos" en las joyas de la corona eterna de la Reina de la Misericordia.
