Hubo un tiempo, hacia 1820, en que toda Inglaterra leía a una mujer cuyo nombre nadie conocía. Firmaba apenas con tres letras —L.E.L.— y esas tres letras bastaban para que los salones londinenses se llenaran de conjeturas: ¿sería un hada, una ninfa, una invención del propio editor? El correspondiente anónimo que años más tarde escribiría su primera semblanza biográfica lo resumió con una ironía que todavía hoy conserva su filo: aquellas iniciales fueron, decía, la primera vez en la historia de las letras inglesas en que alguien lograba "deletrear la fama en tres letras que no significaban nada en absoluto". Nadie, antes de ella, había conseguido algo semejante. Cuando finalmente se supo que detrás del enigma había una muchacha de apenas dieciocho años llamada Letitia Elizabeth Landon, la sorpresa no hizo sino aumentar su leyenda.
Había nacido el 14 de agosto de 1802 en Chelsea, primogénita de un agente del ejército que amasaría y luego dilapidaría una pequeña fortuna especulando. La infancia de Letitia tuvo algo de prodigio doméstico: aprendió a leer antes que a caminar bien, premiada por una vecina inválida que esparcía letras de juguete por el suelo para verla deletrear palabras. A los cinco años ya asistía a la escuela de la señorita Rowden en Hans Place, el mismo aula por la que pasarían, en distintos años, Mary Russell Mitford y Lady Caroline Lamb. Cuando la familia se mudó al campo, fue su prima Elizabeth quien tomó a su cargo la educación de la niña, y la propia prima dejaría, sin saberlo, uno de los retratos más entrañables de la futura poetisa: contaba que cada vez que le preguntaba sobre historia, geografía o las Vidas de Plutarco, sabía de antemano que la respuesta de Letitia sería impecable, y que ella, para no delatar que su alumna ya la había superado, fingía dudar antes de hacer la pregunta. Es un detalle mínimo, casi doméstico, pero dice mucho: desde niña, Letitia fue de esas personas ante quienes los adultos terminaban disimulando su propia ignorancia.
La adolescencia trajo el primer golpe de realidad. La ruina especulativa de su padre obligó a la familia a mudarse a un Brompton menos elegante, y lo que hasta entonces había sido un pasatiempo —escribir versos para entretener a sus padres— se convirtió en necesidad. El vecino providencial fue William Jerdan, editor del influyente Literary Gazette, quien publicó su primer poema, "Rome", el 11 de marzo de 1820, firmado apenas con una "L". Al año siguiente, con el auxilio económico de su abuela, apareció su primer volumen, The Fate of Adelaide, bajo su nombre completo; pero fue al firmar como "L.E.L." que el público se rindió. Jerdan la convirtió, además, en la crítica principal de su semanario, un puesto que le dio una influencia notable sobre la reputación de otros escritores de su tiempo —incluida, según afirmaría más tarde Mary Mitford con cierta malicia, la pulida prosa que ella habría aportado en secreto a las novelas de Catherine Stepney.
Del enigma inicial pasó a la consagración total. The Improvisatrice (1824) agotó seis ediciones en su primer año; le siguieron The Troubadour (1825), The Golden Violet (1827) y The Venetian Bracelet (1829), volúmenes que la instalaron como una de las voces poéticas más leídas —y mejor pagadas— de su generación. Quienes la trataban en persona, sin embargo, insistían en que el retrato que el público se había hecho de ella —el de una hechicera melancólica, suspirante, hecha enteramente de luna y tinta— poco tenía que ver con la mujer real. Emma Roberts, que la conoció de cerca y escribió el primer memoir extenso sobre su vida, fue tajante respecto a su físico: dijo que, en sentido estricto, no podía llamársela hermosa, que sus ojos eran el único rasgo verdaderamente bueno de un rostro que, sin embargo, resultaba sumamente atractivo por la vivacidad y la inteligencia que lo iluminaban. Roberts recordaba además una anécdota que circulaba entre sus amistades: la del llamado "Pastor de Ettrick", el poeta escocés James Hogg, que al conocerla en persona quedó tan sorprendido por su gracia que exclamó, en su marcado acento, que jamás habría imaginado que fuese tan bonita. La "prettiness" de L.E.L., anotaba Roberts, era de esas cosas que todos reconocían pero de las que nadie hablaba demasiado.
Más unánime aún era el juicio sobre su inteligencia. Quienes dejaron testimonio escrito de haberla tratado coinciden en un punto: pocas mujeres de su tiempo poseían una mente tan rápida y tan vasta. El crítico Frederic Rowton, en su antología The Female Poets of Great Britain, escribió que sobre el genio de la señora Maclean —pues así la llamaban tras su matrimonio— no podía caber más que una sola opinión: la distinguían un poder intelectual extraordinario, una imaginación sensible y ardiente, una pasión casi desbordada y una elocuencia poco común; reconocía, eso sí, que su estilo era irregular y descuidado, aunque genio había, decía, en cada línea que escribió. Otros testigos fueron todavía más lejos al describir su voracidad lectora: quienes la frecuentaban aseguraban que no se limitaba a leer los libros que comentaba como crítica, sino que los comprendía a fondo y los hacía propios, hasta el punto de que su erudición —vasta, profunda, abarcando la historia y la literatura de todas las épocas y países— se filtraba en publicaciones ajenas, en textos que nunca llevaron su firma y cuya autoría solo conocían los amigos de confianza que tenían acceso a su escritorio.
Esa misma vivacidad pública, sin embargo, fue también su condena. Una mujer soltera, ingeniosa, que vivía de su pluma y se codeaba con hombres de letras, no podía sino convertirse en blanco de habladurías. Hacia 1826 ya circulaban rumores de amoríos secretos y de hijos ocultos —rumores que, dos siglos después, la investigación de la estudiosa Cynthia Lawford terminaría confirmando en parte, al revelar registros de nacimiento que sugieren una relación clandestina con el propio Jerdan—. Aquellas habladurías arruinaron su compromiso con John Forster, el futuro biógrafo de Dickens, quien tras pedirle explicaciones y declararse satisfecho de su inocencia, vio cómo era ella misma quien rompía el compromiso, incapaz de arrastrarlo a un escándalo que la perseguiría de por vida.
El desenlace llegó por un camino inesperado. En 1836, en una cena en Hampstead, Letitia conoció a George Maclean, gobernador de la Costa de Oro británica, hoy Ghana. Hubo una correspondencia intensa durante meses, un compromiso anunciado en abril de 1838 en términos que la prensa de la época no dudó en teñir de prejuicio colonial, y una boda celebrada en privado el 7 de junio de ese año. Apenas un mes después, los recién casados zarpaban hacia África; llegaron a Cape Coast el 16 de agosto. Dos meses más tarde, el 15 de octubre de 1838, Letitia fue hallada muerta en su habitación, recostada contra la puerta, con un frasco vacío de ácido prúsico todavía en la mano. Suicidio, accidente por una dosis mal calculada contra sus espasmos crónicos, juego sucio de su marido o de una amante africana: las hipótesis se multiplicaron entonces y se multiplican todavía, sin que ninguna haya logrado imponerse sobre las demás.
Murió a los treinta y seis años, en la cima de una fama que el siglo siguiente trataría con desdén, juzgando su poesía demasiado simple, demasiado sentimental para los gustos victorianos que ella misma había ayudado a formar. Pero las voces de quienes la conocieron en vida —su prima sorprendida por su precocidad, Emma Roberts describiendo su rostro animado, Rowton rindiéndose ante su genio desordenado pero genuino— componen un retrato más complejo que el de la "improvisatrice" lunar que su propio personaje público ayudó a construir. Detrás de las tres letras hubo siempre una mujer concreta, brillante y trabajadora, que escribió para sobrevivir y que terminó, como tantas heroínas de sus propios versos, devorada por el mito que ella misma había inventado.