Tras la devastadora pérdida de sus hijos, Mary Shelley concibió una sombría historia de aislamiento y tabú. Una joya gótica y psicológica que su propio padre intentó censurar.
La novela Matilda, una pieza breve de Mary Shelley escrita en 1819, ofrece una perspectiva fascinante para redescubrir a una de las mentes más brillantes y complejas del romanticismo decimonónico. Aunque se estructuró bajo los cánones de una narrativa gótica o romántica convencional, su creadora buscó explorar su dimensión biográfica y psicológica más íntima, al punto de ser catalogada por la crítica contemporánea como una obra de "autoficción terapéutica". Tras la pérdida de sus hijos y el consecuente distanciamiento emocional de su esposo (Percy B. Shelley) y de su padre (William Godwin), Mary articuló esta sombría historia de amor incestuoso y aislamiento para purgar su culpa, su remordimiento y su profunda soledad.
¿Quién era Mary Shelley?
Mary Wollstonecraft Shelley fue hija de dos de las mentes más revolucionarias e influyentes de Inglaterra: el filósofo político William Godwin y la pensadora feminista Mary Wollstonecraft (quien falleció pocos días después de darla a luz). Creció en un entorno intelectualmente estimulante e intenso, un escenario que la impulsó a casarse a muy temprana edad. Sin embargo, su vida estuvo marcada por la tragedia al sufrir la devastadora muerte de tres de sus cuatro hijos.

Su enfoque literario conjugó las directrices del romanticismo oscuro y el gótico psicológico. Mediante una prosa altamente dramática, melancólica e introspectiva, la autora recurrió a alusiones constantes a la mitología clásica (como los mitos de Edipo o Prometeo) y a la gran literatura de su tiempo para dotar a sus personajes de una estatura verdaderamente trágica.
Entre sus obras más destacadas se encuentran:
Frankenstein o el moderno Prometeo (1818)
El último hombre (1826)
Valperga (1823)
Mathilda (escrita en 1819, publicada de forma póstuma)

El presagio de la muerte y el aislamiento
«Vivo en una cabaña aislada, en un páramo solitario y extenso: no me llega ninguna señal de vida. Veo la llanura desolada, cubierta de blanco... Sé que estoy a punto de morir y me siento feliz, gozosa».
Con este sugerente inicio se establece de inmediato la atmósfera gótica del relato, donde la blancura de la nieve se convierte en el lienzo de su propia extinción. En Matilda, la escritora traza paralelismos explícitos con el Génesis bajo la tesis de "la expulsión del Paraíso sin haber probado la manzana".
De este modo, Mary Shelley utiliza referencias directas al paraíso perdido de John Milton y a los mitos clásicos (como Psique y Edipo) para describir la compleja y tortuosa relación afectiva con su padre.
«No imaginaba que la desgracia pudiera nacer del amor... No desobedecí ningún mandato, no comí ninguna manzana, y sin embargo fui expulsada de allí sin piedad. ¡Ay! Mi compañero sí lo hizo, y yo fui arrastrada en su caída».
Esta pequeña novela destila una profunda frialdad emocional; en ella se evidencia el fuerte contraste entre la naturaleza apasionada de Matilda y el gélido temperamento ártico de su tía en Escocia (una clara alegoría del aislamiento y el abandono que la propia Mary experimentó tras la muerte de su madre y sus hijos). Sin embargo, el texto también adopta un matiz rudo y arrollador con la irrupción de la figura paterna, un evento que transforma el "apacible arroyo" de la vida de Matilda en un río verdaderamente caudaloso.

La catástrofe en la relación con su padre estalla en el quinto capítulo, generando un quiebre repentino de la felicidad cuando la aparición de un pretendiente desata los celos patológicos del progenitor. Al no hallar reciprocidad en el frío corazón de su tía, los afectos de la joven se desbordan hacia las olas, las tormentas y los árboles; la naturaleza se erige, así como su primera balsa de salvación, ante la inminente llegada de su padre.
«Mis cálidos afectos, al no hallar respuesta en ningún otro corazón humano, se veían forzados a derramarse en vano sobre objetos inanimados».
Espíritus de terremoto y volcán: Las pasiones humanas en el texto
La autora detalla con precisión el modo en que Matilda percibe las pasiones de su padre. No se trata de sentimientos ordinarios o terrenales; pertenecen a "un espíritu cuya morada fuera el terremoto y el volcán". A través de esta analogía, Mary Shelley retrata la fascinación y el terror que le infundían los hombres de su círculo íntimo: tanto el dogmatismo intelectual de su padre Godwin como la intensidad poética y autodestructiva de Percy Shelley y Lord Byron.
«Su descuidada extravagancia, que lo llevaba a derrochar inmensas sumas de dinero para satisfacer caprichos pasajeros, a los que, por su aparente energía, dignificaba con el nombre de pasiones, se manifestaba a menudo en una generosidad sin límites».
El pasaje en el que se relata la pérdida de la inocencia de Matilda constituye una auténtica genialidad narrativa: la joven se extravía en el bosque justo el día en que su padre regresa. Aquel entorno natural que antes era su refugio se vuelve súbitamente "intrincado" y la atrapa, funcionando como un presagio físico de su extravío espiritual. Asimismo, su entrada al lago vestida de blanco, asemejándose a "un espíritu", profetiza su trágico destino: el de una criatura condenada a habitar entre dos mundos.

«Como Psique, viví por un tiempo en un palacio encantado, entre aromas, música y todos los deleites lujosos; cuando, de pronto, fui dejada sobre una roca estéril. Un vasto océano de desesperación se extendía a mi alrededor».
«No hubo transición alguna que amortiguara mi caída de la felicidad a la miseria; fue como el golpe de un rayo: repentino y total. ¡Ay! Ahora encontraba ceños donde antes solo me habían recibido sonrisas...»
Una obra puramente psicológica bajo la sombra de la censura
Matilda se consolida como la obra más reveladora y puramente psicológica de la autora, censurada en su época por su propio padre debido al tratamiento directo del tabú del incesto.
A partir de este crudo trasfondo, el relato adquiere una dimensión conceptual tremenda. Matilda se revela ante el lector contemporáneo no solo como una inquietante historia de horror romántico, sino como el grito desesperado de una mujer que se sintió arrastrada por las pasiones incontenibles y los errores trágicos de los hombres maduros y brillantes que moldearon su destino.
«Mientras la vida era fuerte dentro de mí, llegué a pensar que había un horror sagrado en mi relato que lo hacía impropio de ser expresado; y ahora, a punto de morir, mancillo sus terrores místicos. Es como el bosque de las Euménides, al que nadie, salvo los moribundos, puede entrar; y Edipo está a punto de morir».
La alusión a Edipo resulta del todo deliberada; vincula directamente la tragedia personal de la protagonista con el peso del destino inevitable y el conflicto familiar subyacente que articula toda la novela.
«Mi destino ha estado gobernado por la necesidad, una necesidad horrenda. Requería manos más fuertes que las mías [...] para romper la gruesa cadena adamantina que me ha atado, a mí, que una vez no respiraba más que alegría...»