Hay novelas de Julio Verne que recorren el centro de la Tierra, otras que cruzan el espacio en un proyectil de aluminio, y otras que dan la vuelta al mundo en ochenta días. Y luego está "Godfrey Morgan: un misterio californiano", una historia mucho más íntima, casi un laboratorio de personajes encerrados en una isla, donde el verdadero misterio no es geográfico sino humano. Si te gustan las historias de supervivencia con un giro inesperado que cambia todo lo que creías saber sobre lo que estabas leyendo, este libro tiene un as escondido en la manga que vale la pena descubrir sin spoilers.
Todo empieza en San Francisco, a finales del siglo XIX. Godfrey Morgan es un joven heredero, mimado y un poco perezoso, que vive bajo la tutela de su tío William W. Kolderup, un magnate hecho a sí mismo que construyó su fortuna a base de trabajo duro y decisiones audaces. Kolderup quiere que su sobrino se case con Phina, la hija de su mejor amigo y rival comercial, T. Artelett. El problema es que Godfrey no se siente preparado para el matrimonio ni para ninguna responsabilidad seria: lo único que realmente desea es viajar, conocer mundo, vivir aventuras como las que ha leído en los libros.
Su tío, lejos de oponerse, decide darle precisamente lo que pide. Si Godfrey quiere ver el mundo antes de sentar cabeza, que lo vea. Así que organiza para él un viaje alrededor del globo, acompañado por su antiguo tutor, el profesor Artelett (a quien todos llaman cariñosamente "Tartelett"), un hombre tan formal como inútil para cualquier situación que no involucre etiqueta, modales y clases de baile.
El viaje arranca con toda la pompa que cabría esperar de un joven millonario: cruceros, hoteles de lujo, paradas turísticas. Pero el lujo dura poco. Apenas comienza la travesía marítima, el barco en el que viajan naufraga en circunstancias confusas, y Godfrey y Tartelett terminan arrastrados hasta una costa desconocida, sin nada más que la ropa que llevan puesta.
Lo que sigue es, en apariencia, una historia clásica de supervivencia en una isla desierta. Godfrey, que jamás tuvo que preocuparse por nada práctico en su vida, se ve obligado a aprender de la nada: cómo encontrar agua, cómo construir un refugio, cómo distinguir qué frutos son comestibles y cuáles pueden matarlo. Tartelett, por su parte, aporta básicamente pánico y comentarios sobre lo poco civilizado que es todo esto, lo que genera más de un momento de humor en medio de la tensión.
Pero a medida que los días pasan, Godfrey empieza a notar cosas que no encajan. Detalles pequeños, casi imperceptibles, que sugieren que algo en esa isla —o en su propia situación— no es exactamente lo que parece. Verne, maestro en sembrar pistas sutiles, va dejando caer indicios que el lector atento empezará a recoger mucho antes que el propio protagonista.
La soledad de la isla no dura para siempre. Otros sobrevivientes del naufragio empiezan a aparecer, entre ellos Phina, la joven con la que Godfrey estaba destinado a casarse, y su séquito. De repente, lo que era una historia de dos hombres aprendiendo a sobrevivir se convierte en algo más complejo: un grupo heterogéneo de personas que deben organizarse, repartir tareas, establecer reglas mínimas de convivencia y, sobre todo, encontrar una manera de ser rescatados o de salir de allí por sus propios medios.
Es en esta etapa donde la novela despliega lo que mejor sabe hacer Verne: combinar la aventura con la observación social. Cómo se comporta la gente cuando las jerarquías del mundo "civilizado" dejan de tener sentido. Quién resulta útil de verdad y quién solo lo parecía. Godfrey, el joven que al principio de la historia no sabía ni hacerse un café, comienza a transformarse en alguien capaz de tomar decisiones, de liderar, de pensar en los demás antes que en sí mismo.
Y sin embargo, esa transformación viene acompañada de un peligro creciente. Porque la isla no está tan vacía como parecía al principio. Hay presencias que acechan, ruidos que no tienen explicación, y una sensación cada vez más fuerte de que los náufragos no están solos... y de que quizás nunca lo estuvieron.
Aquí es donde conviene detenerse, porque "Godfrey Morgan" guarda una sorpresa que muchos lectores no ven venir, y que cambia retroactivamente la forma de interpretar todo lo que se ha leído hasta ese punto. No es solo un giro argumental: es un comentario, con la ironía característica de Verne, sobre las propias convenciones del género de aventuras y sobre las expectativas que el lector trae consigo al abrir un libro de naufragios.
"Godfrey Morgan" no es de las novelas más citadas de Verne, y eso es casi una ventaja: se puede leer sin el peso de expectativas previas, sin saber exactamente hacia dónde va la historia. Tiene aventura, tiene humor (especialmente gracias al inefable Tartelett), tiene un protagonista que crece de verdad a lo largo de las páginas, y tiene ese componente de misterio que la hace mucho más que un simple relato de supervivencia.
Es, en el fondo, una historia sobre la diferencia entre lo que imaginamos que será una aventura y lo que realmente significa enfrentarse a lo desconocido, además de una reflexión disfrazada sobre la fragilidad de nuestras certezas. Y si a eso le sumamos un giro final ingenioso, capaz de cambiar por completo la perspectiva del lector, queda claro por qué vale la pena darle una oportunidad a este "misterio californiano" que, pese a su título, esconde mucho más de lo que promete.