Antes de ser el autor de tratados ascéticos que lo harían célebre en media Europa, Juan Eusebio Nieremberg fue, durante años, un hombre dedicado a catalogar el mundo. Escribió sobre animales exóticos llegados de las Indias, sobre plantas, sobre fenómenos naturales que desconcertaban a sus contemporáneos, y lo hizo con el rigor curioso de quien cree que la creación merece ser observada en sus detalles más pequeños antes de ser juzgada en sus significados últimos. Esta biografía intelectual, casi siempre reducida a una nota al pie cuando se habla de su obra mística, resulta indispensable para entender La diferencia entre lo temporal y lo eterno: no es el tratado de un hombre que desprecia el mundo por ignorancia de él, sino de alguien que lo ha mirado con atención suficiente como para desconfiar de sus promesas.
Hay algo genuinamente inusual en esta trayectoria. El imaginario habitual del místico barroco lo presenta de espaldas al mundo físico, encerrado en la celda, sordo a cualquier estímulo que no sea la oración o la lectura de las Escrituras. Nieremberg invierte ese gesto: llega a la desconfianza de lo temporal habiendo primero ejercido, con method y disciplina, la contemplación minuciosa de lo temporal mismo. Su desprecio por el mundo no nace de la ignorancia sino de la familiaridad. Y esa familiaridad deja huellas concretas en la prosa del tratado, que recurre una y otra vez a imágenes tomadas de la historia natural para argumentar sobre asuntos que, en apariencia, nada tienen que ver con la zoología o la botánica: la brevedad de una flor, el ciclo de un insecto, la corrupción de un fruto, se convierten en su repertorio de pruebas. No son metáforas ornamentales tomadas de la tradición retórica —aunque también la tradición retórica las ofrecía en abundancia— sino observaciones que Nieremberg ha hecho personalmente, o al menos ha estudiado con el detalle de quien las ha hecho.
Esta convivencia entre la mirada empírica y el desprecio místico de lo material no debería sorprender tanto como suele sorprender, si se piensa con cuidado en la lógica interna del argumento. La ciencia natural del siglo XVII, antes de la revolución que consolidarían Newton y sus contemporáneos hacia el final del siglo, no se concebía como un saber autónomo, separado de las preguntas teológicas. Observar el mundo era, para buena parte de los naturalistas de la época, una forma de leer el libro de la creación, un texto complementario a las Escrituras que revelaba, en sus estructuras y sus procesos, la sabiduría y la voluntad divinas. Que algo tan aparentemente moderno como la observación empírica pudiera desembocar en una condena radical del mundo material no era entonces una paradoja sino casi una consecuencia esperable: cuanto más se conocía la corrupción intrínseca de las cosas creadas —su fragilidad, su temporalidad, su tendencia inevitable a la descomposición—, más argumentos se acumulaban a favor de la vanidad de aferrarse a ellas.
Lo que distingue a Nieremberg de otros predicadores de la vanitas, sin embargo, no es solo esta convicción compartida sino el modo particular en que la construye. Donde Quevedo trabaja con la sentencia aguda, con el destello conceptista que fulmina en una línea, Nieremberg despliega argumentaciones más pausadas, casi expositivas, que avanzan con la paciencia de quien está acostumbrado a describir procesos naturales antes que a fulminar con una imagen. El tratado tiene, en muchos pasajes, una estructura argumentativa que recuerda menos al sermón que al tratado científico: se presenta una observación, se la examina desde distintos ángulos, se extraen consecuencias, se anticipan objeciones. Es un método que Nieremberg probablemente interiorizó en sus años de trabajo naturalista y que trasladó, casi sin proponérselo, al terreno de la ascética.
Esta hibridez metodológica tiene una consecuencia interesante para el lector contemporáneo, que probablemente se acerque al texto sin compartir ninguna de sus premisas teológicas. Porque incluso despojado de su propósito devocional, el tratado conserva algo del gesto que lo originó: una insistencia en mirar de cerca, en no conformarse con la superficie de las cosas, en preguntar qué hay detrás de la apariencia de permanencia que ofrece lo temporal. Es, en el fondo, una forma de escepticismo aplicado, aunque el escepticismo de Nieremberg no desemboque en la suspensión del juicio sino en una certeza inversa: si lo temporal, examinado con atención, revela sistemáticamente su propia fragilidad, entonces la única actitud razonable es organizarse en función de aquello que no la comparte.
Conviene resistir, de todos modos, la tentación de modernizar en exceso a Nieremberg, de convertirlo en una suerte de científico avant la lettre disfrazado de teólogo. Su empirismo tiene límites que la ciencia posterior haría estallar, y su interés por la naturaleza siempre estuvo subordinado, al menos en su propia jerarquía de valores, a preguntas de orden superior. Pero precisamente esa subordinación es lo que hace más elocuente su recurso constante a lo natural en un tratado sobre lo eterno. Un autor menos interesado en el mundo físico habría podido construir el mismo argumento apelando exclusivamente a la autoridad de las Escrituras, a la tradición patrística, a la pura especulación teológica. Nieremberg, en cambio, necesita también el dato observado, el ejemplo concreto extraído del comportamiento de las plantas o los animales, como si la sola autoridad doctrinal no bastara para convencer y hiciera falta, además, el testimonio de las cosas mismas. En ese gesto —acudir al mundo para argumentar contra el mundo— se cifra buena parte de lo que hace singular a este tratado dentro del panorama, por otro lado abundantísimo, de la literatura ascética del Siglo de Oro español.