Historias

Once mil metros por segundo

5 de julio de 2026 · Ines Silvia Macarena Lambert

En 1865, mientras Julio Verne redactaba los cálculos balísticos de un proyectil destinado a la Luna, ningún ingeniero del mundo poseía los medios para construir semejante artefacto. Y sin embargo, dentro de las páginas de De la Tierra a la Luna, un grupo de entusiastas norteamericanos —reunidos en el ficticio Gun Club de Baltimore— discutía con precisión casi notarial la velocidad de escape necesaria para abandonar la atracción terrestre, el ángulo de lanzamiento óptimo y hasta la ubicación geográfica más conveniente para el disparo. Cuando, poco más de un siglo después, la NASA eligió Florida como base de operaciones para el programa Apolo, muchos recordaron con extrañeza que Verne había situado su cañón imaginario a apenas un centenar de kilómetros de allí, en un punto de la actual Tampa. La coincidencia, demasiado exacta para ser mera casualidad narrativa, abrió una pregunta que todavía intriga a historiadores de la ciencia: ¿cuánto de lo que Verne escribió fue fantasía literaria y cuánto fue, en el fondo, un ejercicio de método científico disfrazado de aventura?

La respuesta exige mirar de cerca los procedimientos del propio autor. Verne no improvisaba: consultaba manuales de balística, correspondía con matemáticos y astrónomos, y sometía sus cifras a un rigor que sorprende incluso hoy. En la novela, el proyectil —bautizado Columbiad— debía alcanzar una velocidad de aproximadamente 11.000 metros por segundo para escapar de la gravedad terrestre. El cálculo real de la velocidad de escape, tal como la conocemos actualmente, ronda los 11.186 metros por segundo. La diferencia es mínima, casi anecdótica, y resulta más notable si se considera que la física orbital moderna —con sus ecuaciones de Tsiolkovski— todavía no existía cuando Verne escribía. El escritor francés no tenía a su disposición la mecánica que permitiría, décadas después, diseñar un cohete real, pero intuyó con precisión asombrosa el orden de magnitud del problema.

Aquí es donde conviene detenerse en una distinción crucial, la misma que separaría después a Verne de su contemporáneo H.G. Wells: mientras Wells recurría a sustancias antigravitatorias imaginarias para resolver el problema del viaje espacial —una suerte de atajo mágico—, Verne prefería anclar su ficción en las leyes conocidas de la física, aun cuando esas leyes lo obligaran a callejones sin salida. Y en efecto, el propio Verne era consciente de una falla fatal en su propuesta: un cañón lo suficientemente potente como para lanzar un proyectil a la Luna generaría una aceleración instantánea capaz de aplastar a cualquier tripulante en el momento del disparo. La ciencia ficción, en este caso, funcionaba como una suerte de laboratorio de pensamiento: Verne planteaba el problema correcto, aunque ofreciera una solución técnicamente inviable.

La secuela, Alrededor de la Luna (1870), profundiza este juego entre especulación y rigor. Los tres viajeros —Barbicane, Nicholl y el temerario Michel Ardan— experimentan durante el trayecto fenómenos que anticipan con notable exactitud las sensaciones reportadas siglo después por los astronautas reales: la ingravidez, el silencio absoluto del espacio exterior, la desorientación perceptiva al observar la Tierra como un objeto distante y frágil. Verne describe el momento en que sus personajes contemplan el planeta natal reducido a una esfera suspendida en la negrura, y ese instante narrativo prefigura, con una exactitud que roza lo inquietante, la llamada "visión de conjunto" (overview effect) que los astronautas del programa Apolo describirían como una experiencia casi mística. William Anders, autor de la célebre fotografía Earthrise durante la misión Apolo 8, relató una conmoción existencial casi idéntica a la que Verne había imaginado un siglo antes sin haber salido jamás de la atmósfera terrestre.

Existen, por supuesto, diferencias sustanciales que conviene no minimizar. El proyectil de Verne no alunizaba: orbitaba la Luna y regresaba a la Tierra, cayendo en el océano Pacífico, un desenlace que anticipa —otra vez con precisión llamativa— el método de amerizaje empleado por las cápsulas Apolo. La tripulación de tres hombres, el punto de lanzamiento en Florida, el regreso acuático: son coincidencias que el propio programa espacial estadounidense llegó a reconocer con cierta fascinación retrospectiva. Sin embargo, Verne erró en aspectos fundamentales: ignoraba los efectos letales de la radiación cósmica, subestimaba los requerimientos de propulsión continua —su cañón único jamás habría bastado— y desconocía, naturalmente, la necesidad de combustibles líquidos de múltiples etapas, la innovación que Robert Goddard y, después, Wernher von Braun convertirían en la base real de la cohetería moderna.

Lo verdaderamente fascinante no es que Verne haya "adivinado" el futuro —sería ingenuo atribuirle poderes proféticos que no reclamaba para sí mismo—, sino que su método narrativo replicaba, sin saberlo, la lógica misma del pensamiento científico: formular una hipótesis, someterla a las leyes físicas disponibles, calcular sus consecuencias y aceptar sus límites cuando la evidencia lo exigía. Es precisamente ese espíritu el que, un siglo más tarde, Carl Sagan intentaría transmitir en Cosmos: la idea de que el universo, lejos de ser un territorio reservado a la intuición mística, puede ser explorado mediante el razonamiento riguroso y la imaginación disciplinada. Sagan, de hecho, mencionó a Verne en más de una ocasión como uno de los primeros escritores en tender un puente entre la literatura y la comprensión científica del cosmos, un antecedente directo de la divulgación que él mismo practicaría frente a las cámaras de televisión.

Queda, finalmente, una pregunta que ni la historia ni la crítica literaria han resuelto del todo: ¿en qué medida las coincidencias entre la ficción verniana y la carrera espacial real fueron azar, y en qué medida los propios ingenieros de la NASA —muchos de ellos lectores devotos de Verne en su juventud— terminaron, sin proponérselo, haciendo realidad los detalles que habían leído de niños? La pregunta no tiene respuesta documental definitiva, pero alimenta una sospecha persistente: que la imaginación científica, cuando se ejerce con suficiente rigor, no solo anticipa el futuro sino que, de manera sutil e indirecta, contribuye a construirlo.