Historias

Recepción victoriana de una transgresión

11 de julio de 2026 · Ines Silvia Macarena Lambert

Cuando en 1895 apareció en las librerías londinenses una novela delgada, de apenas doscientas páginas, pocos podían anticipar que provocaría uno de los escándalos literarios más sonados del fin de siglo victoriano. The Woman Who Did, escrita por un naturalista y divulgador científico que hasta entonces se había dedicado a explicar a Darwin al público general, no solo agotó ediciones a un ritmo vertiginoso, sino que desató sermones desde los púlpitos, editoriales indignados y una ola de parodias que confirmaban, a su manera, el nervio expuesto que Grant Allen había tocado. La pregunta que sobrevuela el caso, más de un siglo después, sigue siendo intrigante: ¿cómo llegó un hombre formado en las aulas de Oxford, especialista en estética darwiniana y crítica literaria convencional, a escribir el libro que la prensa de su tiempo consideró el más peligroso del año?

La respuesta exige retroceder hasta los orígenes de Charles Grant Blairfindie Allen, nacido en 1848 cerca de Kingston, Ontario, en el seno de una familia que combinaba la ortodoxia religiosa con un linaje aristocrático distante: su padre era un pastor protestante irlandés, su madre descendía del quinto Barón de Longueuil. La infancia de Allen fue una sucesión de desplazamientos —Canadá, Estados Unidos, Francia— hasta que la familia se estableció definitivamente en Inglaterra, donde el joven Grant completó su formación en Birmingham y, más tarde, en el Merton College de Oxford, graduándose en 1871. Nada en ese itinerario académico convencional presagiaba al futuro autor de escándalos.

El punto de inflexión llegó, paradójicamente, lejos de los salones ingleses. Allen aceptó un puesto docente en un colegio de Jamaica, y fue allí, en el trópico, donde la lectura de El origen de las especies lo golpeó con la fuerza de una revelación. El darwinismo no solo reconfiguró su comprensión de la biología: erosionó, hasta disolverlos, los cimientos de la ortodoxia religiosa en la que había sido criado. Allen regresó a Inglaterra convertido en agnóstico convencido y socialista, y allí comenzó, tras meses de penurias económicas, una carrera literaria de una versatilidad casi desconcertante: ensayos de estética fisiológica, divulgación científica, crítica social, novelas de ciencia ficción con viajes en el tiempo —terreno que le valió una mención directa de H.G. Wells en La máquina del tiempo—, y relatos policiales protagonizados por el escurridizo coronel Clay, antecesor confeso del futuro Arsenio Lupin.

Fue ese mismo espíritu inconformista, templado durante años de escritura alimenticia y divulgación científica, el que desembocó en The Woman Who Did. La novela narra la historia de Herminia Barton, una joven de convicciones firmes que decide, por principio filosófico y no por accidente ni desesperación, tener una hija fuera del matrimonio. Herminia no es una víctima seducida ni una mujer caída en el sentido victoriano del término: es una intelectual que ha llegado, mediante razonamiento propio, a la conclusión de que el matrimonio legal es una institución de sometimiento económico y sexual para la mujer, y que la única forma de vivir en coherencia con sus ideales es rechazarlo abiertamente, incluso a costa de su reputación y, eventualmente, de su propia vida.

El escándalo no residió tanto en la trama —la literatura victoriana ya conocía a la "mujer caída" como figura narrativa— sino en el tratamiento. Allen se negaba a condenar a su protagonista. Herminia no se arrepiente, no busca redención, no es castigada por la trama como resarcimiento moral para el lector conservador. Al contrario: la novela construye su tragedia final —el rechazo social que termina por asfixiarla— como una acusación directa contra la hipocresía de la sociedad victoriana, no como una advertencia moralizante contra su comportamiento. Para los lectores de 1895, acostumbrados a que la transgresión femenina fuera inevitablemente punida por la narrativa, la negativa de Allen a arrepentirse en nombre de su personaje resultó casi tan perturbadora como el argumento mismo.

La crítica reaccionó con una virulencia que hoy resulta difícil de dimensionar. Publicaciones religiosas calificaron el libro de inmoral, columnistas exigieron su retiro de circulación, y no faltaron parodias satíricas que circularon con títulos burlones, evidencia de que el libro se había convertido en un fenómeno cultural que excedía ampliamente el circuito literario. Sin embargo, el escándalo tuvo un efecto paradójico: multiplicó las ventas. The Woman Who Did se convirtió, contra toda intención moralizante de sus detractores, en un best seller, y su título quedó fijado en la memoria cultural como sinónimo de transgresión feminista temprana, mucho antes de que el término "feminismo" tuviera el uso extendido que adquiriría en el siglo siguiente.

Conviene, sin embargo, resistir la tentación de leer a Allen como un feminista en el sentido contemporáneo del término. Sus posiciones eran más complejas y, en algunos aspectos, contradictorias: su socialismo agnóstico convivía con ideas sobre la maternidad y la naturaleza femenina que hoy resultarían discutibles, ancladas todavía en ciertos supuestos biologicistas de raigambre darwiniana. Lo que Allen proponía no era tanto una liberación integral de la mujer victoriana como una crítica radical a la institución matrimonial como mecanismo de control social, un ángulo que en su época resultaba suficientemente disruptivo como para eclipsar cualquier matiz.

Queda, finalmente, un dato biográfico que ilumina de manera oblicua el gesto literario de The Woman Who Did: Allen firmó varias de sus historias bajo seudónimos femeninos, una práctica que sugiere una relación fluida, o al menos deliberadamente ambigua, con las convenciones de género que estructuraban tanto la literatura como la vida social de su tiempo. Quizás no sea casualidad que el escritor capaz de imaginar con tanta convicción la voz interior de Herminia Barton fuera también el mismo hombre que, en más de una ocasión, prefirió hablarle al público victoriano disfrazado de mujer. Allen murió en 1899, apenas cuatro años después de la publicación de su novela más polémica, víctima de un cáncer de hígado, dejando tras de sí una obra dispersa entre la ciencia, el crimen y la provocación social, unidas todas por un mismo impulso: desafiar, con la precisión de un naturalista, las certezas que su época prefería no examinar.