Historias

Retrato de una escritora extraordinaria

19 de junio de 2026 · Ines Silvia Macarena Lambert

Cuando pensamos en Jane Austen, lo primero que aparece en la mente suele ser la novelista: la autora de seis obras maestras que retrataron, con una ironía exquisita, la vida rural inglesa de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX. Pero antes de ser un nombre en la portada de un libro, Jane Austen fue una mujer real, de carne y hueso, con un rostro, una voz y un temperamento que sus familiares se esforzaron por recordar después de su muerte, ocurrida en Winchester en 1817, cuando apenas tenía cuarenta y un años.

Resulta casi poético que quienes la conocieron coincidieran en compararla con sus propios personajes. Se decía que Jane Austen guardaba un notable parecido con Elizabeth Bennet y Emma Woodhouse, sus dos heroínas más queridas: era alta, esbelta y morena, de tez sonrosada, en conjunto "la imagen misma de la salud" que se atribuía a Emma. Su nariz y su boca, aunque pequeñas, estaban bien formadas; sus mejillas eran redondas y sonrosadas; sus ojos, de un avellana brillante, y su cabello castaño caía en rizos naturales alrededor del rostro.

Su sobrina Caroline Austen, que tuvo la fortuna de pasar tiempo con ella en sus últimos años, dejó en 1809 un retrato más detallado: recordaba su figura alta y esbelta, su paso ligero y firme, y un semblante que irradiaba salud y vivacidad. Según su testimonio, Jane tenía la tez morena clara con buen color, las mejillas llenas, la boca y la nariz pequeñas pero bien proporcionadas, y aquellos mismos ojos avellana y rizos castaños ya mencionados. Caroline añadía un matiz interesante: aunque su hermana Cassandra era considerada más regularmente hermosa, el rostro de Jane poseía un encanto particular que cautivaba a casi todos los que la miraban. Por entonces, nunca se la veía sin cofia, ni de día ni de noche, una costumbre que, según su sobrina, ella y Cassandra habían adoptado prematuramente, como si hubiesen decidido vestirse para la mediana edad antes de que la edad o el aspecto lo exigieran realmente.

Su hermano Henry, en el aviso biográfico que escribió tras su muerte, insistió en otro aspecto: la armonía entre su apariencia y su carácter. La describió de estatura algo superior a la media, con un porte sereno pero grácil. Sus facciones, tomadas una a una, eran simplemente buenas, pero juntas componían una expresión de alegría, sensibilidad y benevolencia que, según él, constituía su verdadera esencia. Hablaba de un cutis tan fino que la sangre parecía transparentarse en sus mejillas con cada emoción, y de una voz dulce, una conversación fluida y precisa, hecha —decía— para la sociedad elegante y racional. Subrayaba además algo que sus lectores reconocerán de inmediato en sus novelas: que jamás profirió una palabra precipitada, necia o severa, y que su ingenio, tan agudo como el de cualquiera de sus heroínas, iba siempre acompañado de un temperamento igualmente refinado.

Esa mezcla de observación aguda y benevolencia es precisamente lo que convirtió a Jane Austen en una de las novelistas más leídas de la historia de la lengua inglesa. Nacida en 1775 en la rectoría de Steventon, en Hampshire, pasó la mayor parte de su vida en un círculo familiar reducido, entre visitas, bailes de pueblo y las pequeñas intrigas sociales que después transformaría en literatura. Nunca se casó, aunque no le faltaron pretendientes ni, según se cree, algún desengaño sentimental; eligió en cambio dedicar su tiempo a la escritura, a menudo en papeles que escondía si alguien entraba en la habitación.

De esa vida aparentemente modesta surgieron novelas que siguen leyéndose hoy con el mismo placer que hace dos siglos. Orgullo y prejuicio (1813) se abre con una de las frases más célebres de la literatura inglesa: la afirmación, mundialmente reconocida, de que un hombre soltero con buena fortuna necesita sin duda una esposa. Es una sola línea, pero contiene ya todo el método de Austen: la ironía que se disfraza de sentido común, la crítica social que avanza bajo la apariencia de un chiste amable.

En Emma (1815), la protagonista —tan parecida físicamente a su autora, según quienes la conocieron— es descrita como alguien "guapa, inteligente y rica", con pocas cosas en la vida que la hubieran afligido o disgustado. Esa misma Emma deberá aprender, a lo largo de la novela, a corregir su propio orgullo y su ceguera respecto a los sentimientos ajenos, en un proceso de madurez que Austen narra sin condescendencia ni moralina excesiva.

Persuasión (1817), publicada póstumamente, contiene algunas de las páginas más conmovedoras que Austen escribió sobre el amor maduro y la segunda oportunidad. Allí, el capitán Wentworth confiesa a Anne Elliot que ella le había hecho cambiar de carácter, vivir y sentir, demostrando que la pluma de Austen, lejos de limitarse a la comedia social, también sabía adentrarse en la emoción contenida y el reencuentro.

En Sentido y sensibilidad (1811), por su parte, la autora reflexiona sobre las diferencias entre la razón y la pasión a través de las hermanas Dashwood, mostrando que ni el exceso de prudencia ni el exceso de sentimiento bastan por sí solos para alcanzar la felicidad: hace falta, sugiere la novela, un equilibrio entre ambos.

Lo que hace perdurar a Jane Austen no es solo la precisión de sus tramas matrimoniales ni el ingenio de sus diálogos, sino la mirada moral que los sostiene: una mirada capaz de reír de las debilidades humanas sin dejar nunca de quererlas. Los retratos que dejaron quienes la conocieron —su sobrina, su hermano— describen a una mujer cuya gracia física parecía ser apenas el reflejo exterior de una inteligencia benevolente y un carácter sin afectación. Dos siglos después de su muerte, sus novelas siguen demostrando que esa combinación de ironía y ternura, de observación aguda y cariño hacia sus personajes, no ha perdido un ápice de su fuerza.