Theodore Dreiser tenía cuarenta y un años cuando cruzó el Atlántico por primera vez, en noviembre de 1911, a bordo del vapor Mauretania. No era un joven que partía a descubrir el mundo con la ligereza de quien todavía puede permitirse el fracaso; era un hombre que ya había escrito Sister Carrie, que había conocido la censura, la pobreza, el desprecio de la crítica y también los primeros brotes de un reconocimiento tardío. Ese viaje, financiado por su amigo y editor Harper's a instancias de la propuesta de un contrato generoso, se convertiría en A Traveler at Forty, publicado en 1913: un libro extraño, híbrido, que no es exactamente una novela ni tampoco un diario convencional, sino algo más cercano a una confesión disfrazada de itinerario.
Lo primero que sorprende al lector de este libro es el contraste entre el Dreiser que conocemos por sus grandes novelas —el cronista implacable de la ambición americana, el escritor que diseccionaba con frialdad casi clínica los mecanismos del deseo y el ascenso social— y el Dreiser que aparece aquí, deslumbrado, casi ingenuo, ante las catedrales góticas, los cafés parisinos, los palacios venecianos y las ruinas romanas. Es como si el viaje lo hubiera despojado momentáneamente de su armadura narrativa. En Nueva York, Dreiser era el observador implacable de Carrie Meeber y Frank Cowperwood; en Europa, es un turista con recursos limitados de idioma y una curiosidad casi infantil que él mismo no se molesta en disimular.
El libro comienza con una escena reveladora: Dreiser, antes de embarcar, reflexiona sobre lo que significa haber llegado a los cuarenta años sin haber visto el mundo que, según él, había moldeado toda la literatura y el arte que admiraba. Hay en esa reflexión inicial una melancolía particular, la de un hombre que siente que ha llegado tarde a algo esencial. Esta conciencia de la edad —de los cuarenta años como umbral, como frontera entre la juventud postergada y la madurez que exige balance— atraviesa todo el libro y le da su tono distintivo. No es la mirada de un joven que descubre Europa como promesa de futuro, sino la de un hombre que la mira como posible respuesta a preguntas que ya se ha hecho durante décadas.
El itinerario del libro sigue la ruta clásica del gran tour americano: Londres, París, la campiña inglesa, Italia, con estancias en Roma, Nápoles y Venecia, y finalmente un regreso a través de Suiza y Alemania. Pero lo interesante de A Traveler at Forty no es tanto la geografía como la textura de la mirada de Dreiser sobre cada lugar. En Londres, se obsesiona con las diferencias de clase, con la pobreza visible en las calles junto a la opulencia de los clubes privados, temas que ya había explorado en su ficción pero que ahora observa directamente, sin la mediación de personajes inventados. En París, se rinde con entusiasmo casi vergonzante a los placeres sensoriales: la comida, el vino, las mujeres, el arte. Hay pasajes en los que su prosa, habitualmente pesada y acumulativa, se vuelve casi lírica, como si la ciudad misma le exigiera un cambio de registro.
Uno de los aspectos más comentados por los críticos —y que sigue generando cierta incomodidad en las lecturas contemporáneas— es la manera en que Dreiser describe a las mujeres que conoce durante el viaje, con una mirada marcadamente sexualizada y a menudo reductora, típica de las convenciones de su época pero que hoy resulta difícil de leer sin cierto reparo. El libro documenta, sin demasiado disimulo, la fascinación de Dreiser por el cuerpo femenino y por los encuentros románticos fugaces, en una época en la que él mismo atravesaba tensiones en su matrimonio con Sara White. Esta faceta autobiográfica no es un detalle menor: A Traveler at Forty funciona también como un documento indirecto sobre la vida sentimental de Dreiser, sobre sus apetitos y sus culpas, sobre la distancia entre el moralismo público de la América de su tiempo y la libertad que él se permitía —o deseaba permitirse— en el extranjero.
En Italia, el libro cambia de tono nuevamente. Ante las ruinas romanas y los frescos renacentistas, Dreiser se enfrenta a una pregunta que atraviesa buena parte de su obra: la del tiempo y la fugacidad del poder humano. Él, que había escrito sobre magnates ferroviarios y especuladores financieros como Cowperwood, encuentra en las ruinas de Roma una meditación sobre la vanidad de toda ambición, sobre cómo los imperios y las fortunas, por colosales que sean, terminan reducidos a piedra y polvo. Hay algo profundamente americano en esta reacción: la mezcla de asombro y de advertencia moral, como si Europa fuera al mismo tiempo el modelo cultural al que aspirar y el espejo de un destino que Estados Unidos, con su energía industrial desbordante, debía evitar.
Desde el punto de vista literario, A Traveler at Forty no es la obra más lograda de Dreiser. Carece de la arquitectura narrativa de sus grandes novelas y a menudo se dispersa en digresiones, en catálogos de impresiones que no siempre encuentran una forma coherente. Los críticos de su tiempo lo recibieron con tibieza, y la posteridad lo ha tratado como una curiosidad menor dentro de su bibliografía, eclipsada por el peso de Sister Carrie y An American Tragedy. Sin embargo, precisamente por su carácter fragmentario e íntimo, el libro ofrece algo que sus novelas no pueden dar: acceso directo a la sensibilidad de Dreiser sin la mediación de la ficción, a sus inseguridades, a su hambre de experiencia, a su conciencia dolorosa del tiempo que pasa.
Leído hoy, A Traveler at Forty funciona como un documento doble: por un lado, es un testimonio de cómo un escritor americano de comienzos del siglo XX experimentaba Europa, con toda la mezcla de admiración, provincianismo y deseo de legitimación cultural que eso implicaba. Por otro, es un retrato involuntario del propio Dreiser en un momento de transición vital, cuando el éxito literario comenzaba a llegar pero la incertidumbre personal —sobre su matrimonio, su identidad, su lugar en el mundo— seguía intacta. Los cuarenta años, en este libro, no son solamente una cifra biográfica sino una condición existencial: la edad en la que ya no se puede fingir inocencia pero tampoco se ha resuelto nada, la edad en la que viajar se convierte, más que en descubrimiento, en un intento de entender lo que ya se ha vivido.