Cuento publicado

La búsqueda de Iranon

El relato La búsqueda de Iranon de Howard Phillips Lovecraft es un cuento fantástico y melancólico que trata de la travesía de un joven soñador que recorre ciudades extrañas en busca de Aira, una patria idealizada que acaso solo existe en su memoria o en sus anhelos, y aborda temas como la nostalgia, la belleza perdida, el choque entre el arte y la dureza del mundo, la identidad, la ilusión, el paso del tiempo y la dolorosa frontera entre los sueños y la realidad.

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En la ciudad de granito de Teloth vagaba el joven, coronado de vides, con el cabello amarillo reluciente de mirra y la túnica púrpura desgarrada por las zarzas de la montaña Sidrak, que se alza al otro lado del antiguo puente de piedra. Los hombres de Teloth son oscuros y severos, y habitan en casas cuadradas. Con el ceño fruncido, le preguntaron al forastero de dónde había venido y cuáles eran su nombre y fortuna. Entonces el joven respondió:

—Soy Iranon y vengo de Aira, una ciudad lejana que apenas recuerdo, pero que busco volver a encontrar. Soy un cantor de canciones que aprendí en esa ciudad lejana, y mi vocación es crear belleza a partir de las cosas recordadas de la infancia. Mi riqueza está en pequeños recuerdos y sueños, y en las esperanzas que canto en los jardines cuando la luna es suave y el viento del oeste agita los capullos de loto.

Cuando los hombres de Teloth oyeron estas cosas, susurraron entre sí, pues, aunque en la ciudad de granito no hay risa ni canto, aquellos hombres severos a veces miran hacia las colinas karthianas en primavera y piensan en los laúdes de la lejana Oonai, de la que los viajeros han hablado. Pensando así, pidieron al forastero que se quedara y cantara en la plaza, ante la Torre de Mlin, aunque no les agradaban el color de su túnica hecha jirones, ni la mirra en su cabello, ni su guirnalda de hojas de vid, ni la juventud de su voz dorada. Al anochecer, Iranon cantó y, mientras cantaba, un anciano rezó y un ciego dijo que veía un nimbo sobre la cabeza del cantor. Pero la mayoría de los hombres de Teloth bostezaron; algunos rieron y otros se durmieron, pues Iranon no contaba nada útil, sino que cantaba solo sus recuerdos, sus sueños y sus esperanzas.

—Recuerdo el crepúsculo, la luna y las suaves canciones, así como la ventana junto a la cual me mecían hasta dormirme. A través de ella se veía la calle por donde llegaban las luces doradas y donde las sombras danzaban sobre las casas de mármol. Recuerdo el cuadrado de luz de luna en el suelo, distinto de cualquier otra luz, y las visiones que danzaban en sus rayos cuando mi madre me cantaba. También recuerdo el sol de la mañana brillando sobre las colinas multicolores en verano, y la dulzura de las flores que traía el viento del sur, que hacía cantar a los árboles.

—Oh, Aira, ciudad de mármol y berilo, ¡cuántas son tus bellezas! ¡Cómo amé las cálidas y fragantes arboledas al otro lado del hialino Nithra, y las cascadas del diminuto Kra, que fluía por el verde valle! En esas arboledas y en el valle, los niños tejían guirnaldas unos para otros, y al anochecer yo soñaba extraños sueños bajo los árboles yath de la montaña, mientras contemplaba debajo de mí las luces de la ciudad y el sinuoso Nithra, que reflejaba una cinta de estrellas.

—Y en la ciudad había palacios de mármol veteado y teñido, con cúpulas doradas, muros pintados, jardines verdes, estanques cerúleos y fuentes de cristal. A menudo jugaba en los jardines y vadeaba los estanques, y me tendía a soñar entre las pálidas flores bajo los árboles. Y a veces, al atardecer, subía por la larga calle empinada hasta la ciudadela y la plaza abierta, y contemplaba Aira desde lo alto, la ciudad mágica de mármol y berilo, espléndida bajo un manto de llama dorada.

—Durante mucho tiempo te he echado de menos, Aira, pues yo era apenas un niño cuando partimos al exilio; pero mi padre era tu rey y volveré a ti, pues así lo ha decretado el Destino. A través de siete tierras te he buscado, y algún día reinaré sobre tus arboledas y jardines, tus calles y palacios, y cantaré a hombres que sabrán de qué canto y no se reirán ni se apartarán. Pues yo soy Iranon, que fui un príncipe en Aira.

Aquella noche, los hombres de Teloth alojaron al forastero en un establo y, por la mañana, un arconte acudió a él y le dijo que fuera al taller de Athok, el zapatero, para convertirse en su aprendiz.

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