Cuento publicado

La calle

El relato La calle de Howard Phillips Lovecraft es un inquietante y simbólico cuento que trata de la evolución de una antigua calle desde sus orígenes coloniales hasta su decadencia urbana, mostrando cómo sus casas, sus habitantes y su espíritu parecen guardar la memoria viva de una nación. Esta historia aborda temas como la identidad, la tradición, el paso del tiempo, la decadencia social, el miedo al cambio, la violencia política y la posible alma de los lugares, en una narración oscura y atmosférica que mezcla historia, nostalgia y terror.

Lectura

Lee el cuento completo

Hay quienes dicen que las cosas y los lugares tienen alma, y otros que no; yo no me atrevo a afirmarlo, pero hablaré de La Calle.

Hombres de fuerza y honor formaron esa Calle: hombres buenos y valientes de nuestra sangre, que habían llegado desde las Islas Benditas cruzando los mares. Al principio, no era más que un sendero transitado por quienes llevaban agua del manantial del bosque al grupo de casas junto a la playa. Después, a medida que más hombres se unían al creciente asentamiento y buscaban lugares donde habitar, construyeron cabañas en el lado norte: cabañas de resistentes troncos de roble, con mampostería en el lado orientado al bosque, pues muchos indígenas acechaban allí con flechas incendiarias. Y, unos años después, otros hombres construyeron cabañas en el lado sur de la Calle.

Por la Calle, de un extremo a otro, caminaban hombres serios con sombreros cónicos que, la mayor parte del tiempo, llevaban mosquetes o escopetas. También estaban sus esposas, con cofias, y sus hijos, igualmente serios. Al atardecer, estos hombres, junto con sus esposas e hijos, se sentaban alrededor de enormes hogares para leer y conversar. Muy sencillas eran las cosas que leían y comentaban, pero eran cosas que les infundían valor y bondad, y que los ayudaban cada día a dominar el bosque y cultivar los campos. Y los niños escuchaban y aprendían sobre las leyes y hazañas de antaño, y sobre aquella querida Inglaterra que nunca habían visto o que ya no podían recordar.

Hubo una guerra, y después de ella los indígenas no volvieron a causar problemas en La Calle. Los hombres, entregados a su trabajo, prosperaron y fueron tan felices como sabían serlo. Los niños crecieron con comodidad, y más familias llegaron de la Madre Patria para establecerse en La Calle. También crecieron los hijos de aquellos niños y los de los recién llegados. La población se había convertido ya en una ciudad, y, una a una, las cabañas dieron paso a casas: casas sencillas y hermosas de ladrillo y madera, con escalones de piedra, barandales de hierro y tragaluces sobre las puertas. No eran construcciones endebles, pues habían sido hechas para servir a muchas generaciones. Por dentro había repisas de chimenea talladas, escaleras elegantes, muebles sensatos y agradables, y porcelana y plata traídas de la Madre Patria.

Así, la Calle absorbió los sueños de un pueblo joven y se regocijó a medida que sus habitantes se volvían más refinados y felices. Donde antes solo había fuerza y honor, ahora también habitaban el gusto y el saber. Los libros, la pintura y la música llegaron a las casas, y los jóvenes asistían a la universidad que se alzaba en la llanura del norte. En lugar de sombreros cónicos y mosquetes, ahora había tricornios y espadines, encajes y pelucas blancas. También había adoquines sobre los que resonaban los cascos de muchos caballos de raza y rodaban numerosos carruajes dorados, así como aceras de ladrillo con bloques de montar y postes de amarre.

En esa Calle había muchos árboles: olmos, robles y arces de gran dignidad, de modo que en verano la escena se llenaba de suave verdor y cantos de pájaros. Detrás de las casas había jardines de rosas rodeados por muros, con senderos bordeados de setos y relojes de sol, donde, al caer la tarde, la luna y las estrellas brillaban de manera encantadora mientras las fragantes flores resplandecían cubiertas de rocío.

Así, la Calle siguió soñando a través de guerras, calamidades y cambios. En una ocasión, la mayoría de los jóvenes se marchó, y algunos nunca regresaron. Fue entonces cuando arriaron la Vieja Bandera y alzaron un Estandarte de Franjas y Estrellas. Pero, aunque la gente hablaba de grandes cambios, la Calle no los percibió, porque sus habitantes seguían siendo los mismos y hablaban de las antiguas cosas conocidas con los mismos acentos familiares. Y los árboles aún cobijaban pájaros cantores, y al atardecer la luna y las estrellas seguían contemplando las flores cubiertas de rocío en los jardines de rosas rodeados de muros.

Con el tiempo, en La Calle ya no hubo espadas, sombreros de tres picos ni pelucas. ¡Qué extraños parecían ahora sus habitantes con bastones, altos sombreros de copa y el cabello corto! Nuevos sonidos llegaban desde la distancia: primero, extraños resoplidos y chillidos desde el río, a unos 1.6 kilómetros de distancia; y, muchos años después, extraños resoplidos, chillidos y retumbos desde otras direcciones. El aire ya no era tan puro como antes, pero el espíritu del lugar no había cambiado. La sangre y el alma de la gente seguían siendo como la sangre y el alma de sus antepasados, los que habían formado La Calle. Tampoco cambió ese espíritu cuando abrieron la tierra para colocar extrañas tuberías o cuando erigieron altos postes con extraños cables. Había tanto saber antiguo en esa Calle que el pasado no podía olvidarse fácilmente.

Luego llegaron días de maldad, cuando muchos de los que habían conocido la Calle en otros tiempos ya no la reconocían, y muchos comenzaron a conocerla sin haberla conocido antes. Y aquellos que llegaron nunca fueron como los que se habían ido, pues sus acentos eran toscos y estridentes, y su porte y sus rostros, desagradables. Sus pensamientos también se oponían al espíritu sabio y justo de la Calle. Así, la Calle languideció en silencio mientras sus casas se hundían en la decadencia, sus árboles morían uno a uno y sus jardines de rosas se llenaban de maleza y abandono. Pero un día sintió renacer su orgullo, cuando una vez más partieron jóvenes, algunos de los cuales nunca regresaron. Estos jóvenes vestían de azul.

Con los años, la fortuna de La Calle empeoró. Sus árboles ya habían desaparecido por completo, y sus jardines de rosas fueron reemplazados por la parte trasera de edificios nuevos, baratos y feos en las calles paralelas. Sin embargo, las casas permanecían en pie, pese a los estragos de los años, las tormentas y los insectos, porque habían sido construidas para servir a muchas generaciones. Aparecieron en La Calle nuevos tipos de rostros: rostros morenos y siniestros, de miradas furtivas y facciones extrañas, cuyos dueños hablaban palabras desconocidas y colocaban letreros con caracteres conocidos y desconocidos en la mayoría de las casas enmohecidas. Carritos ambulantes llenaban las aceras. Un hedor sórdido e indefinible se instaló en el lugar, y el antiguo espíritu dormía.

Una vez, una gran agitación llegó a La Calle. La guerra y la revolución arrasaban al otro lado de los mares; una dinastía había caído, y sus decadentes súbditos acudían en masa, con dudosas intenciones, a la Tierra Occidental. Muchos de ellos se alojaron en las casas maltratadas que antes habían conocido el canto de los pájaros y el aroma de las rosas. Entonces la propia Tierra Occidental despertó y se unió a la Tierra Madre en su titánica lucha por la civilización. Sobre las ciudades volvió a ondear la Vieja Bandera, acompañada por la Nueva Bandera y por un tricolor más sencillo, pero glorioso. Pero no muchas banderas ondeaban sobre La Calle, pues allí solo reinaban el miedo, el odio y la ignorancia. De nuevo los jóvenes partieron, pero no del mismo modo que los jóvenes de aquellos otros tiempos. Algo faltaba. Y los hijos de aquellos jóvenes de otros días, que en efecto partieron vestidos de verde oliva con el verdadero espíritu de sus antepasados, partieron desde lugares lejanos y no conocieron La Calle ni su antiguo espíritu.

Al otro lado del mar hubo una gran victoria, y la mayoría de los jóvenes regresaron triunfantes. Aquellos a quienes les había faltado algo ya no carecían de ello, pero, aun así, el miedo, el odio y la ignorancia seguían cerniéndose sobre La Calle, pues muchos se habían quedado atrás y muchos extraños habían llegado desde lugares distantes a las antiguas casas. Y los jóvenes que habían regresado ya no vivían allí. La mayoría de los extraños eran de tez morena y aspecto siniestro, aunque entre ellos podían encontrarse algunos rostros semejantes a los de quienes forjaron La Calle y moldearon su espíritu. Semejantes y, sin embargo, distintos, pues en los ojos de todos había un extraño y enfermizo brillo, como de codicia, ambición, rencor o celo extraviado. La inquietud y la traición rondaban entre unos pocos individuos malintencionados que conspiraban para asestar a la Tierra Occidental el golpe mortal, con la esperanza de alcanzar el poder sobre sus ruinas, tal como lo habían hecho asesinos en aquella desdichada tierra helada de la cual la mayoría de ellos provenía. Y el corazón de esa conspiración se hallaba en La Calle, cuyas casas ruinosas estaban llenas de forasteros que sembraban discordia y resonaban con los discursos y planes de quienes anhelaban el día señalado de sangre, fuego y crimen.

De los diversos grupos de extraños reunidos en La Calle, la ley hablaba mucho, pero podía probar poco. Con gran diligencia, hombres con insignias ocultas rondaban y escuchaban en torno a lugares como la Panadería de Petrovitch, la Escuela Rifkin de Economía Moderna, el Círculo Club Social y el Club Libertad. Allí se reunían en gran número hombres siniestros, pero siempre hablaban con cautela o en lenguas extranjeras. Y aún seguían en pie las viejas casas, con su olvidada sabiduría de siglos más nobles ya desaparecidos; de robustos inquilinos coloniales y jardines de rosas húmedas bajo la luz de la luna. A veces llegaba algún poeta o viajero solitario a contemplarlas e intentaba imaginarlas en todo su esplendor perdido, pero no eran muchos esos poetas y viajeros.

El rumor se difundió ampliamente: aquellas casas, se decía, albergaban a los líderes de una vasta banda de terroristas que, en un día señalado, desatarían una orgía de matanza para exterminar a América y todas las antiguas tradiciones que La Calle había amado. Volantes y papeles revoloteaban por las sucias alcantarillas; volantes y papeles impresos en muchos idiomas y alfabetos, pero todos con mensajes de crimen y rebelión. En esos escritos se instaba a la gente a derribar las leyes y virtudes que nuestros padres habían exaltado; a destruir el alma de la antigua América, el alma legada por mil quinientos años de libertad, justicia y moderación anglosajonas. Se decía que los hombres de piel morena que habitaban La Calle y se reunían en sus ruinosos edificios eran las mentes de una revolución atroz; que, a una sola orden suya, millones de bestias embrutecidas y descerebradas extenderían sus garras pestilentes desde los barrios bajos de mil ciudades, incendiando, asesinando y destruyendo hasta que la tierra de nuestros padres dejara de existir. Todo esto se decía y se repetía, y muchos esperaban con temor el cuatro de julio, sobre el cual los extraños escritos insinuaban mucho; pero nada podía hallarse que señalara a los culpables. Nadie podía decir con exactitud quién sería el detenido que pondría fin a la maldita conspiración en su origen. Muchas veces llegaron grupos de policías de azul para registrar las tambaleantes casas, aunque al final dejaron de venir, pues también ellos se habían cansado de la ley y del orden, y habían abandonado toda la ciudad a su suerte. Entonces vinieron hombres vestidos de verde oliva, armados con fusiles, hasta que parecía que, en su triste sueño, La Calle debía de tener sueños inquietantes de aquellos otros días, cuando hombres armados con fusiles y sombreros cónicos la recorrían desde el manantial del bosque hasta el conjunto de casas junto a la playa. Pero nada podía hacerse para detener la inminente catástrofe, porque los hombres de piel morena y aspecto siniestro eran viejos en astucia.

Así que La Calle siguió durmiendo inquieta, hasta que una noche se reunieron en la Panadería de Petrovitch, la Escuela Rifkin de Economía Moderna, el Círculo Club Social, el Café Libertad y también en otros lugares vastas hordas de hombres cuyos ojos brillaban con horrible triunfo y expectación. Por cables ocultos viajaron extraños mensajes, y se habló mucho de mensajes aún más extraños que habrían de circular; pero la mayor parte de esto no se supo hasta después, cuando la Tierra Occidental estuvo a salvo del peligro. Los hombres vestidos de verde oliva no podían saber lo que estaba sucediendo ni lo que debían hacer, porque los hombres de piel morena y siniestros eran hábiles en la sutileza y el ocultamiento.

Y, sin embargo, los hombres vestidos de verde oliva siempre recordarán esa noche y hablarán de La Calle cuando se la cuenten a sus nietos, porque muchos de ellos fueron enviados allí cerca del amanecer en una misión distinta de la que esperaban. Se sabía que aquel nido de anarquía era antiguo y que las casas se tambaleaban por los estragos de los años, las tormentas y los insectos; sin embargo, lo que ocurrió aquella noche de verano sorprendió por su extraña uniformidad. En verdad, fue un suceso sumamente singular, aunque, después de todo, sencillo. Pues, sin previo aviso, en una de las primeras horas después de la medianoche, todos los estragos de los años, las tormentas y los insectos llegaron a un tremendo clímax, y tras el estruendo no quedó nada en pie en La Calle, salvo dos antiguas chimeneas y parte de un robusto muro de ladrillo. Tampoco salió con vida de las ruinas nada que antes hubiera estado vivo.

Un poeta y un viajero, que llegaron con la multitud que acudió al lugar, cuentan historias extrañas. El poeta dice que, durante todas las horas previas al amanecer, vio las ruinas sórdidas solo de forma indistinta bajo el resplandor de las luces de arco; que sobre los escombros se alzaba otra imagen, en la que podía distinguir la luz de la luna, hermosas casas y majestuosos olmos, robles y arces. Y el viajero afirma que, en lugar del hedor habitual del sitio, persistía una delicada fragancia, como de rosas en plena floración. Pero ¿no son acaso los sueños de los poetas y los relatos de los viajeros notoriamente falsos?

Hay quienes dicen que las cosas y los lugares tienen alma, y otros dicen que no; yo no me atrevo a afirmarlo, pero ya les he hablado de La Calle.

Club de lectura

Recibe más lecturas de Héroe

Únete gratis para recibir clásicos, recomendaciones y novedades editoriales seleccionadas.

Video

Escúchalo o míralo aquí

Libros

Sigue con una edición completa

Aquí tienes algunas ediciones recientes disponibles para seguir leyendo.

Portada de El último día de un condenado
Portada de Cuentos selectos rusos
Portada de El ángel perdido: Colección de cuentos católicos
Portada de El fantasma de la ópera
Sobre Héroe

Ediciones para leer despacio

Héroe publica libros y relatos que buscan preservar tradición, cultura y memoria literaria en formatos claros y accesibles.

Rescatamos textos que merecen seguir circulando y los ofrecemos para que nuevos lectores los encuentren, los lean y los compartan.

Esta edición presenta una traducción supervisada y comisionada por Joaquín de la Sierra, realizada para acercar estos textos a nuevas generaciones de lectores en español sin perder su intención literaria.

Firma de Joaquín de la Sierra
Joaquín de la Sierra