Cuento publicado

El caballo del doctor

El relato El caballo del doctor de Mary Eleanor Wilkins Freeman es un cuento intenso y simbólico que trata de la relación entre un médico severo y el caballo al que domina hasta convertirlo en una extensión de su voluntad, hasta que el miedo de una joven despierta en el animal su antigua fuerza, su instinto y su deseo de libertad. A través de una historia marcada por la obediencia, la rebeldía y el inevitable regreso al sometimiento, aborda temas como el control, la identidad perdida, la domesticación, el poder del miedo, la libertad reprimida y la compleja lucha entre la naturaleza salvaje y la autoridad humana.

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El Caballo era apenas un potro cuando lo compraron con el dinero pagado por los herederos de uno de los pacientes del doctor, y esos fueron sus días de fuego.

Al principio se pensó que el Caballo nunca le serviría al doctor: era demasiado nervioso, y sus nervios estaban más allá del alcance de los remedios del doctor. Se espantaba con cada arbusto y cada piedra al borde del camino; se escapó varias veces; le costaba quedarse quieto y, más de una vez, en aquellos días, el doctor se vio obligado a salir corriendo del lado de la cama de sus pacientes para agarrar por la brida a su Caballo díscolo, tranquilizarlo y obligarlo a aquietarse.

En aquella indómita juventud, el Caballo era como un horno de feroz fuego animal; cuando se le daba rienda suelta en una mañana helada, el golpe de sus cascos herrados sobre los caminos rígidos despejaba el paso a los lentos carros campesinos. Una corriente semejante a la propia libertad e invencibilidad de la vida parecía pasar por las riendas tensas hasta las manos del doctor.

Pero el doctor era el amo de su Caballo, como de todas las demás cosas con las que entraba en contacto. Era un hombre firme y duro en el cumplimiento de su deber, que nunca se entregaba a él con amor, sino con inquebrantable constancia. Nunca fue cruel con su Caballo; rara vez lo azotaba, pero nunca lo malcrió; simplemente lo dominó, y al cabo de un tiempo, el fogoso animal empezó a seguir el paso del doctor y no el suyo propio.

Cuando se mandaba llamar al doctor con urgencia, para un caso de emergencia, el Caballo estiraba las patas al galope, por poca inclinación que sintiera a hacerlo, quizá en un ardiente día de verano. Cuando no había prisa y el doctor estaba dispuesto a tomarse su tiempo, el Caballo avanzaba a un paso suave, aunque las heladas de una mañana de invierno le encendieran la sangre y todos y cada uno de sus nervios y músculos de hierro estuvieran tensos por aquella terrible contención del movimiento reprimido.

Incluso en esas mañanas, el Caballo se quedaba ante la puerta del paciente, enfermo de tuberculosis o de una enfermedad crónica del hígado, con las cuatro patas plantadas muy separadas y la cabeza y el cuello trazando una larga curva hacia abajo, tan expresiva de sumisión y abatimiento que podría haber servido como un jeroglífico de ambos, sin pensar más en dejar que aquellos impulsos impetuosos suyos siguieran su curso que si la voluntad del doctor hubiera verdaderamente atado cada una de sus patas al suelo con inquebrantables cadenas de servidumbre.

Se había convertido en el Caballo del doctor. Era la voluntad del doctor encarnada en una perfecta conformidad de acción y movimiento. La gente comentaba cuánto se había serenado el Caballo, qué animal tan espléndido era para el doctor, y pensaba que nunca habría sido capaz de conservarlo y emplearlo en su profesión.

De vez en cuando, el Caballo solía mirar hacia el cochecito vacío mientras esperaba junto a la verja de la casa de un paciente, como para comprobar si el doctor estaba allí. Pero la voluntad que sostenía las riendas, todavía presente en su conciencia, incluso cuando su dueño estaba ausente, lo mantenía en su sitio. Ni siquiera se le ocurría aprovechar su libertad; volvía la cabeza y la dejaba caer en aquella curva de sumisión absoluta, cambiaba ligeramente el peso de una pata a otra, emitía un sonido parecido a un suspiro humano de paciencia y volvía a esperar.

Cuando el doctor salía con su pequeño maletín de medicinas, a veces lo miraba y, a veces, no; pero el Caballo tensaba todos los músculos en disposición de avanzar al sentir las riendas tirantes y oír la voz humana y autoritaria detrás de él.

Entonces se dirigía a la casa del siguiente paciente, y la historia se repetía. El Caballo parecía vivir una vida de perfecta monotonía, hecha de capítulos idénticos. Su espera apenas se veía animada o estimulada por la visión y la expectativa de su establo y de su cena, tan invariable era todo.

El mismo establo, la misma medida de avena, la misma ración de heno. Nunca lo soltaban a pastar, pues el doctor era un hombre pobre, incapaz de comprar otro Caballo y prescindir de él. Toda la variación que llegaba a su experiencia era la incertidumbre de las llamadas nocturnas.

A veces sentía un ligero renacer de ánimo y rebeldía cuando lo sacaban, en una amarga noche de invierno, de su torpeza de reposo, interrumpida solo por el cambio de peso de su cuerpo en busca de comodidad, nunca por perturbación alguna de su vida interior. El Caballo no tenía recuerdos perturbadores ni anticipaciones, pero aún era algo sensible a las sorpresas. Cuando el resplandor de la linterna cruzaba oblicuamente su establo y sentía la mano del doctor en su cabestro, en el profundo silencio de la medianoche, a veces llegaba a sentirse como una conciencia separada de la del doctor y experimentaba la individualización de deseos contrarios.

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