El ladrón
El relato El ladrón de Leonid Andreyev es un intenso y perturbador cuento psicológico que trata de una noche decisiva en la vida de un criminal dispuesto a cometer un gran robo, quizá incluso un asesinato, pero cuya voluntad comienza a resquebrajarse entre el miedo, la paranoia y un inesperado encuentro con un pequeño perro abandonado; una historia oscura y profundamente humana que aborda temas como la culpa, la soledad, el terror interior, la fragilidad moral, la compasión y el conflicto entre la violencia y la conciencia.
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El autor de esta historia, traducida del ruso para Current Literature por Thomas Seltzer, se encuentra ahora en una prisión rusa, adonde fue enviado recientemente junto con su amigo Maxim Gorky, acusado de cargos políticos relacionados con los recientes disturbios en San Petersburgo. Gorky ha sido liberado, pero Andreyev, presumiblemente, aún permanece detenido.
Se va a cometer un gran robo; quizá también un asesinato.
Esta noche es el momento señalado para este acto. Solo en su habitación, uno de los hombres que ha de cometer el crimen permanece sentado, a la espera.
Debe apresurarse a encontrar a su camarada y no quedarse sentado, solo e inactivo, en la casa. El hombre que permanece solo e inactivo es presa de todos los terrores imaginables, y por todas partes lo rodea una multitud burlona y mofadora, cuya risa hueca y maliciosa penetra en su alma y la atormenta.
Un ratón lo aterroriza. Rasca misteriosamente las tablas debajo del suelo y no se calla ni siquiera cuando golpea con su bastón, hasta que él mismo se ve presa del miedo. Por un momento permanece en silencio, pero, en cuanto, ya tranquilizado, reclina la cabeza sobre la almohada, allí está de nuevo, bajo su cama, royendo las tablas tan fuerte... tan fuerte... que podría oírse en la calle... que alguien podría venir a averiguar.
El perro lo aterroriza, pues afuera, en el patio, sacude bruscamente la cadena y le ladra a alguien.
Entonces, el perro y la gente guardan silencio durante un largo rato, y algo sucede allá afuera. No se oyen pasos, pero algo se acerca a la puerta, y una mano agarra el pestillo y lo sujeta con fuerza, sin abrirlo.
Toda la vieja y mohosa casa aterra, como si, en su larga existencia junto a habitantes que gimen, lloran y rechinan los dientes, hubiera adquirido la capacidad de hablar y de proferir amenazas vagas y horribles. Algo lo observa fijamente desde la oscuridad del rincón estrecho y, cuando acerca la lámpara, retrocede en silencio y se transforma en una alta sombra oscura que danza y ríe, tan extrañamente, sobre las vigas redondas de las paredes. Arriba, sobre el techo bajo, alguien pisa con pasos pesados; no se oyen las pisadas, pero las tablas se comban y un polvo fino cae por las junturas. ¿Cómo podría caer si no hubiera nadie sobre el piso oscuro, caminando de un lado a otro y buscando algo? Sin embargo, el polvo sigue cayendo, y las telarañas tiznadas tiemblan, se retuercen y se agitan. La oscuridad muda, insidiosa y monstruosa, engulle con avidez las pequeñas ventanas y —¿quién sabe?— quizás haya rostros sombríos asomados, con la inquietante compostura de lo invisible, señalándolo a él: —Mira... ¡Míralo!
Cuando un hombre está solo, hasta sus viejos conocidos lo aterrorizan. Vienen, y él se alegra de verlos. Ríe animadamente y mira con tranquilidad hacia aquel rincón en el que alguien acababa de esconderse; mira con osadía al techo, sobre el cual alguien había estado yendo de un lado a otro. Ahora no hay nadie allí; las tablas no se comban y no cae polvo fino. Sin embargo, los hombres hablan demasiado y demasiado fuerte. Gritan como si él fuera sordo, y, al hacerlo, sus palabras se desvanecen y pierden su significado. Gritan con tanta fuerza y durante tanto tiempo que sus gritos se convierten en silencio y sus palabras, en mudez. Conoce sus rostros, pero sus ojos le parecen extraños e insólitos, y parecen vivir aparte de sus rostros y de sus sonrisas, como si desde las cuencas de aquellos rostros viejos y dignos de confianza lo mirara algún extraño, un hombre nuevo, que lo sabía todo y era horriblemente traicionero.
Y el hombre que ha planeado un gran robo, quizá también un asesinato, sale de la vieja casa destartalada. Sale a la calle y deja escapar un suspiro de alivio.
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