Un dilema
El relato Un dilema de Leonid Andreyev es un thriller psicológico y una tragedia analítica que trata de la confesión de un médico brillante y perturbador que asesina a su mejor amigo mientras intenta demostrar su propia cordura ante expertos psiquiátricos, y aborda temas como la obsesión racional, la venganza, la locura, la culpa, la manipulación mental, los límites de la conciencia y la inquietante frontera entre la genialidad y la demencia.
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PRÓLOGO
La historia que sigue es una tragedia analítica, y su héroe, pese a otras diferencias, está emparentado con los personajes que nos dieron Dostoievski en Crimen y castigo y Bourget en El discípulo. Estos héroes intelectuales, productos del siglo XIX, están destinados a acompañarnos durante este período de inquietud. Es la historia del fanatismo de la Razón; sin embargo, la Razón per se es una de las cosas más sobrias.
El doctor Kerzhentseff, la víctima del Dilema, es una especie de «Superhombre». ¿Podría ser que Zaratustra hubiera soñado con él en aquel sueño en el que vio su rostro deformado en un espejo sostenido por un niño? En el fondo de la tragedia hay una conciencia excesiva del poder de su pensamiento. Deseaba hacer de su mente un puente con el que cruzar mil dudas, pero la estructura cedió y lo precipitó a esas mismas aguas que, con tanta confianza, intentó desafiar y cruzar.
¿Cuerdo o loco? Ese es el dilema del doctor Kerzhentseff, y no se trata de un solo dilema, sino de muchos: un monstruo de múltiples cabezas, como una hidra, cuya mirada basta para hacer que uno pierda el aplomo mental. Pues la locura puede ser tan sutil que distinguirla del estado normal se convierte en un problema difícil. Que, a veces, una línea muy fina separa ambos estados, tan imperceptible como la transición del día a la noche, es la idea principal que Andréev desarrolla con maestría; y también demuestra, con gran destreza artística, que la tendencia moderna al autoanálisis, esa fatal cirugía del alma, propicia esta desafortunada condición.
El crimen del doctor Kerzhentseff se comete en nombre de la Cultura, y la retribución es digna de ella, pues está llena de sutiles interrogantes y refinadas torturas. Puso su destino bajo la custodia del Pensamiento. ¡Qué claro, qué hermoso, qué poderoso parecía! Pero nadie puede contemplar el rostro de Dios y seguir con vida. Pues los caminos de la Razón son laberínticos; sus claridades, abismos; sus ojos contemplan cañones inmemoriales que ciegan con la luz del sol y enloquecen, y su perspectiva se abre al tiempo y al espacio. Las mentes de los hombres se quiebran al intentar ver con demasiada claridad. Y, aunque el mundo nunca había pensado con mayor claridad que ahora, nunca había estado más confundido. En todas partes hay inquietud. Los hombres andan a tientas, las mujeres se rebelan, los niños se suicidan. Nuestras almas están enfermas.
Como Hamlet, nuestro héroe está «marchito por el pálido tinte del pensamiento» y, como él, también finge locura para llevar a cabo sus sutiles maquinaciones. Sin embargo, aquí radica la diferencia fundamental: a pesar de su modernidad, el doctor Kerzhentseff se remonta a lo primitivo en el motivo de su asesinato. En la práctica, busca venganza, mientras que el héroe de Shakespeare es incuestionablemente más noble (y más bondadoso), pues persigue la justicia misma. Pero esa es otra distinción sutil.
La lógica contundente del doctor Kerzhentseff desconcierta no solo a sí mismo, sino también a los expertos, quienes inevitablemente están destinados a discrepar sobre el estado mental del prisionero, y la gran pregunta permanece sin respuesta hasta el final. Tal como están las cosas, son los propios expertos quienes están siendo juzgados, ¿y quién juzgará a los expertos? Aparte de que no son inmunes a la funesta enfermedad de la mente ni a las trampas de la herencia, deben enfrentarse a una severa acusación formulada por el autor ruso, quien pone en duda la validez de su pericia. Quienes han observado la batalla de los alienistas en un reciente e interesante caso en los tribunales de Nueva York solo pueden coincidir, de muy buena gana, en la escasa fiabilidad del llamado juicio experto, dividido contra sí mismo. ¿Cómo hemos de creer en una pericia de dos caras, como Jano?
Por cierto, desde una ciudad de Nueva Jersey llega una asombrosa historia sobre un asesino condenado cuya ejecución ha sido aplazada hasta que se recupere de los trastornos mentales que padece. He aquí una oportunidad que ningún satírico social debería dejar pasar.
Aparte de los problemas que aborda Un dilema, la historia es innegablemente una obra de arte, más poderosa, aunque no tan poética, como Silencio, un breve relato cuya generosa acogida por parte del público y la prensa de Estados Unidos ha motivado la presente publicación en inglés de un estudio posterior y más complejo del mismo autor. Un dilema fue publicado por primera vez en Rusia en 1902 y, aunque no causó la tremenda sensación provocada por En la niebla, que apareció después, dio, no obstante, mucho de qué hablar a los críticos y es, a pesar de su precedencia cronológica, el más fino de los dos relatos.
El traductor se ha tomado una libertad justificada con el título. En ruso, la historia se llama Misl, literalmente Un pensamiento, aunque en este caso el término tiene un significado más amplio de lo que el título parecería indicar; como estudio de la perplejidad mental, Un dilema resulta adecuado.
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