En la estación de carretera
El relato En la estación de carretera de Leonid Andreyev es un cuento intenso y evocador que trata de la vida detenida en una humilde posta de camino, donde la monotonía, el paso de los viajeros y la silenciosa desesperanza revelan el mundo interior de personajes marcados por la rutina y el anhelo de un destino distinto, y aborda temas como la soledad, la pobreza espiritual, el tedio cotidiano, las ilusiones rotas y la profunda observación de la condición humana.
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Era principios de primavera cuando fui al bungalow. En el camino aún yacían las hojas oscurecidas del año anterior. Iba solo y vagué por el bungalow, todavía vacío, cuyas ventanas reflejaban el sol de abril. Subí a las amplias y luminosas terrazas y me pregunté quién viviría allí, bajo el dosel verde de abedules y robles. Al cerrar los ojos, me pareció oír pasos rápidos y alegres, canciones juveniles y el sonido resonante de la risa de las mujeres.
Solía ir a menudo a la estación para ver llegar los trenes de pasajeros. No esperaba a nadie, pues no había nadie que viniera a verme; pero me gustan esos gigantes de hierro cuando pasan precipitadamente, balanceando sus hombros, desgarrando los rieles con un impulso colosal y llevando hacia algún lugar a personas desconocidas para mí, pero aun así mis semejantes. Me parecen seres vivos e inquietantes. En su velocidad reconozco la inmensidad del mundo y el poder del hombre, y cuando silban con tanto desenfreno y de una manera tan imperiosa, pienso en que silban del mismo modo en América y Asia, quizá en la tórrida África.
La estación era pequeña, con dos apartaderos cortos, y cuando el tren de pasajeros se hubo marchado, quedó silenciosa y desierta. El bosque y el sol radiante dominaban el pequeño andén y la vía desolada, fundiendo los rieles en silencio y luz. En uno de los apartaderos, bajo un coche cama vacío, las gallinas deambulaban alrededor de las ruedas de hierro, y apenas se podía creer, al contemplar su apacible y afanosa actividad, que sería más o menos igual en América, en Asia o en la tórrida África.
En una semana llegué a conocer a todos los habitantes de este pequeño rincón y saludaba como a conocidos a los vigilantes, con sus blusones azules, y a los silenciosos guardagujas, con sus rostros apagados y sus cuernos de latón que relucían al sol.
Cada día veía en la estación a un gendarme. Era un hombre sano y fuerte, como suelen serlo todos ellos: de anchas espaldas, con un uniforme azul tirante, brazos enormes y un semblante juvenil, tras cuya severa dignidad oficial aún asomaba la ingenuidad campesina de sus ojos azules. Al principio solía examinarme de arriba abajo con una sombría desconfianza y adoptaba un aire de severidad inaccesible, sin el menor asomo de indulgencia; cuando pasaba junto a mí, hacía sonar sus espuelas de una manera singularmente aguda y elocuente. Pero pronto se acostumbró a mí, igual que se había acostumbrado a las columnas que sostenían el techo del andén, a la vía desolada y al coche cama abandonado bajo el cual las gallinas seguían correteando. En rincones tan tranquilos, el hábito se forma pronto. Y cuando dejó de observarme, advertí que aquel hombre estaba aburrido, aburrido como nadie más en el mundo. Le aburría la tediosa estación, le aburría la ausencia de pensamientos, le aburría su inactividad devoradora de fuerzas, le aburría el carácter aislado de su posición, en algún lugar del vacío entre el jefe de estación, que era inaccesible para él, y los empleados subalternos, para quienes él mismo era inaccesible. Su alma vivía de las alteraciones del orden, pero en aquella diminuta estación nadie alteraba jamás el orden y, cada vez que el tren de pasajeros partía sin ninguna novedad, cruzaba por el rostro del gendarme una expresión de fastidio y contrariedad, como la de una persona a la que se le ha privado de algo que le correspondía. Durante algunos minutos se quedaba inmóvil, indeciso, y luego, con paso apático, caminaba hacia el otro extremo del andén, sin meta ni propósito. Por el camino podía detenerse un segundo ante alguna campesina que hubiera estado esperando el tren, pero no era más que una campesina como cualquier otra, y así, frunciendo el ceño, el gendarme seguía su camino.
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