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Biblioteca de Héroe

Guerra y paz

León Tolstói

Capítulo 10 de 29 11 min de lectura aprox.

Capítulo VIII: Bajo las luces de la ópera

Siguiendo el consejo de Márya Dmítrievna, el conde Rostov llevó a Natasha a visitar al príncipe Nicolás Bolkonski. El conde sentía miedo; recordaba los reproches que había recibido del anciano con motivo del reclutamiento. Natasha, en cambio, se había puesto su mejor vestido y estaba de excelente humor. «No podrán evitar que les guste», pensaba. Estaba tan dispuesta a querer al padre y a la hermana de Andréi que no encontraba razón para que ellos no la quisieran.

En el vestíbulo hubo susurros entre los lacayos y carreras de una doncella. Por fin anunciaron que el príncipe no recibía visitas, pero que la princesa les rogaba que subieran. María salió a su encuentro con el rostro encendido, tratando en vano de mostrarse tranquila. Le desagradó aquella joven tan elegantemente vestida, tan alegre; no comprendía cuánto influían en su juicio la envidia involuntaria de su felicidad y los celos por el amor de su hermano. Además, temía alguna extravagancia de su padre, que había prohibido que los visitantes llegaran hasta él.

El conde, mirando inquieto a su alrededor, pidió permiso para dejar allí a Natasha mientras visitaba a una conocida. Quería dar a las futuras cuñadas ocasión de hablar, pero también evitar al viejo príncipe. Natasha advirtió su nerviosismo, se sonrojó por él y miró a María con una expresión desafiante. Mademoiselle Bourienne, desatendiendo las miradas de la princesa, permaneció en la habitación y habló de los teatros de Moscú. Todo desagradaba a Natasha: la espera en la antecámara, el temor de su padre, aquella recepción que parecía un favor.

Oyeron pasos de zapatillas. María pareció asustada. Se abrió la puerta y entró el viejo príncipe, en bata y con un gorro de dormir blanco.

—¡Ah, señora! Condesa Rostóva, si no me equivoco… Le ruego que me excuse… Dios es testigo de que no sabía que nos había honrado con su visita, y he venido vestido así solo para ver a mi hija.

Recalcaba la palabra «Dios» de un modo tan desagradable que María mantenía los ojos bajos. Natasha se levantó e hizo una reverencia, sin saber qué hacer después. Solo Bourienne sonreía. El anciano repitió sus excusas, miró a Natasha de pies a cabeza y salió. Las dos jóvenes se miraron en silencio; cuanto más tardaban en decir lo que querían, mayor se hacía su antipatía.

Cuando volvió el conde, Natasha se apresuró a marcharse. No habían mencionado a Andréi ni una sola vez. «No podía empezar a hablar de él en presencia de esa francesa», pensaba; el mismo pensamiento atormentaba a María. En la puerta, la princesa le tomó la mano.

—Querida Natalie, quiero que sepas que me alegra que mi hermano haya encontrado la felicidad…

Se detuvo, sintiendo que no decía la verdad. Natasha lo notó.

—Creo, princesa, que no es conveniente hablar de eso ahora —respondió con frialdad, aunque las lágrimas la ahogaban.

«¿Qué he dicho y qué he hecho?», pensó al salir. En casa lloró como una niña, mientras Sonia le besaba el cabello.

—No puedo decírtelo, no lo sé. Nadie tiene la culpa. Es culpa mía. Pero todo duele terriblemente. Ay, ¿por qué no viene?…

Aquella noche fueron a la ópera. Natasha no quería ir, pero, ya vestida, se vio en el espejo y comprobó que era muy bonita; su tristeza se hizo dulce y tierna. Si Andréi estuviera allí, lo abrazaría, haría que la mirase con aquellos ojos escrutadores, lo haría reír. «No pensar en él, sino olvidarlo por completo por ahora. ¡No soporto esta espera!» Miró a Sonia, preparada con su abanico. ¿Cómo podía amar a Nikolái con tanta calma y esperar tanto tiempo?

La música sonó más fuerte al abrirse el palco. Brillaban enfrente los hombros desnudos de las damas y los uniformes de la platea. Sentir que cientos de ojos miraban sus brazos y su cuello afectó a Natasha agradable y desagradablemente. Apoyada en el terciopelo, abría y cerraba la mano al compás de la música, arrugando el programa. En el palco contiguo se instaló Hélène, con un doble collar de perlas sobre sus hombros blancos. Natasha admiró aquella belleza.

Al levantarse el telón vio tablas lisas, cartones pintados que representaban árboles, una mujer gorda vestida de blanco y un hombre con pantalones de seda que cantaba agitando los brazos. Sabía lo que pretendían representar, pero todo le parecía falso y antinatural. Buscó en los espectadores su misma perplejidad; todos expresaban deleite. «¡Supongo que tiene que ser así!» Bajo la luz intensa, en el aire recalentado, comenzó a sentir una extraña embriaguez. Le daban ganas de saltar al borde del palco y cantar, o de inclinarse hacia Hélène y hacerle cosquillas.

Una puerta chirrió. Hélène se volvió sonriendo hacia un oficial excepcionalmente apuesto. Era Anatole Kuraguin. Avanzó haciendo tintinear la espada y las espuelas, miró a Natasha y, apoyándose en el palco de su hermana, le preguntó algo señalándola. Después se sentó junto a Dólojov. Durante el intermedio miraba hacia los Rostov; Natasha sabía que hablaba de ella y volvió la cabeza para mostrarle su mejor perfil.

Pierre acudió a conversar con ella. Mientras lo escuchaba, Natasha oyó una voz en el palco vecino, se volvió y encontró los ojos de Anatole. La contemplaba con una expresión tan acariciadora que resultaba extraño estar tan cerca de él y no conocerlo. Más tarde, Hélène pidió al conde que le presentara a sus hijas y nombró, con especial énfasis, al príncipe Andréi Bolkonski. Sabía, pues, lo de su compromiso. Natasha, sonrojada por sus elogios, aceptó pasar a su palco.

En el escenario bailaban hombres y mujeres de piernas desnudas; el público aclamaba a Duport. Ya nada de aquello le parecía extraño. Durante el entreacto entró una bocanada de aire frío y apareció Anatole.

—Permíteme presentarte a mi hermano —dijo Hélène, mirando inquieta del uno a la otra.

Él se sentó junto a Natasha. Hablaba con desenvoltura; su sonrisa parecía ingenua y bondadosa. La invitó a un torneo de disfraces sin apartar los ojos de su rostro, su cuello, sus brazos. Ella buscaba su mirada para que no le mirase los hombros, pero entonces se asustaba: entre ambos no existía aquella barrera de pudor que siempre había sentido con los demás hombres. Se volvía hacia Hélène, ocupada con un general, y hacia su padre, cuyos ojos solo preguntaban si se divertía.

—Será usted la más bonita de todas. Venga, querida condesa, ¡y deme esta flor como prenda! —añadió él, acercando la mano a su ramo.

Natasha se volvió como si no hubiera oído. Pero ¿estaría molesto? No pudo evitar mirarlo otra vez. Su cercanía y la ternura confiada de su sonrisa la vencieron; sonrió también, horrorizada de sentir de nuevo que no había barrera entre ellos. Al salir del teatro, mientras la ayudaba a subir al carruaje, Anatole le apretó el brazo por encima del codo.

Solo en casa recordó de pronto a Andréi. Durante el té lanzó una exclamación y salió corriendo. Permaneció largo rato con la cara entre las manos. Allí, junto a Hélène, todo había parecido sencillo; ahora era oscuro y terrible. «¿Qué me ha pasado? ¡Nada! No he hecho nada. Nunca volveré a verlo.» Se tranquilizaba un momento; después volvía a recordar el rostro y la sonrisa de Anatole al apretarle el brazo.

Anatole se había casado dos años antes en Polonia. Un terrateniente de escasos recursos lo había obligado a casarse con su hija; él la abandonó pronto y, mediante una suma prometida al suegro, consiguió libertad para hacerse pasar por soltero. Solo sus amigos íntimos lo sabían. Incapaz de considerar las consecuencias de sus placeres para los demás, se creía sinceramente irreprochable. Después de la ópera describió a Dólojov los atractivos de Natasha y anunció que pediría a su hermana que la invitara.

—Ya te has dejado atrapar una vez por una «niña pequeña». ¡Ten cuidado! —le advirtió Dólojov.

—¡Bueno, eso no puede ocurrir dos veces! ¿Eh? —respondió Anatole con una risa bonachona.

Al día siguiente Natasha envió dos veces a preguntar si Andréi había llegado. No había llegado. Su recuerdo se mezclaba ahora con el del viejo príncipe, el teatro y cada gesto de Kuraguin. El domingo, mientras Márya Dmítrievna visitaba al anciano para pedirle explicaciones, Hélène encontró a Natasha probándose vestidos y la invitó a una velada. Al despedirse la llamó aparte.

—Mi hermano cenó conmigo ayer; no comió nada y no dejó de suspirar por ti. Está completamente loco de amor por ti, querida. Aunque estés comprometida, estoy segura de que tu prometido preferiría que salieras a reuniones sociales en lugar de que te murieras de aburrimiento.

«Entonces, todo está bien», pensó Natasha. Bajo la influencia de aquella gran dama, lo terrible volvía a parecer natural. Márya Dmítrievna regresó taciturna; no aconsejaba tratar con Hélène, pero, si habían prometido ir, que fueran. La distraería.

En la velada, el conde, descontento con la libertad de costumbres de los invitados, ocupó junto a su hija la silla que Anatole había acercado. Este se sentó detrás. Mademoiselle George recitaba versos franceses, alzaba la voz y ponía los ojos en blanco. Natasha no comprendía nada: solo sentía aquella proximidad y una expectación angustiosa. El conde quiso marcharse después de la recitación, pero Hélène le suplicó que no arruinara su baile improvisado.

Durante el vals, Anatole apretó la cintura y la mano de Natasha y le dijo que la amaba. En la escocesa ella alzó los ojos asustados hacia aquella sonrisa confiada.

—No me digas esas cosas. Estoy comprometida y amo a otro —dijo rápidamente.

—¡No me hables de eso! ¿Qué puedo hacer? ¡Te digo que estoy perdidamente enamorado de ti! ¿Es culpa mía que seas encantadora?… Tenemos que empezar.

Más tarde Natasha recordaría haber pedido permiso para arreglarse el vestido; Hélène la había seguido, riéndose del amor de su hermano. En una pequeña salita volvió a encontrar a Anatole. Hélène desapareció. Él le tomó la mano y le cortó el paso, acercando su rostro al suyo.

—¿Natalie? —susurró, apretándole dolorosamente las manos.

Sus ojos no sabían responder. Unos labios ardientes se posaron sobre los suyos; en el mismo instante él la soltó. Se oían los pasos de Hélène y el susurro de su vestido. Roja y temblorosa, Natasha se dirigió a la puerta.

—¡Una sola palabra, solo una, por el amor de Dios! —exclamó Anatole.

Ella se detuvo, deseando que él dijera la palabra que lo explicara todo. Pero Anatole repetía lo mismo, sin saber qué decir. Aquella noche Natasha no durmió. Amaba a Andréi, recordaba cuánto; pero también amaba a Anatole. Si había permitido aquel beso, si había podido sonreírle después, tenía que haberlo amado desde el principio. ¿Qué hacer si amaba a los dos?

Por la mañana Márya Dmítrievna aconsejó regresar a Otrádnoe y esperar allí. El viejo príncipe no había querido escucharla. Entregó a Natasha una carta de María: lamentaba el malentendido y le rogaba que creyera en su cariño por la elegida de su hermano. Natasha escribió mecánicamente «Querida princesa» y se detuvo. ¿Debía romper con Andréi? Recordó la felicidad tantas veces imaginada a su lado y, todavía encendida, el encuentro con Anatole. Confesar lo sucedido u ocultarlo le parecían cosas igualmente imposibles.

Una doncella entró con una carta. Natasha rompió el sello y sostuvo con manos temblorosas aquellas palabras apasionadas que Dólojov había redactado para Anatole. «Desde ayer por la tarde, mi destino ha quedado sellado: que tú me ames o morir.» Había razones secretas por las que sus padres no consentirían; si ella decía que sí, ningún poder impediría su dicha. La raptaría y se la llevaría hasta los confines de la tierra. Natasha leyó la carta una y otra vez.

Esa noche Sonia la encontró dormida en el sofá, todavía vestida. La carta estaba abierta sobre la mesa. La leyó mirando aquel rostro dulce y feliz, buscando una explicación. Pálida, se apretó el pecho y lloró. Después despertó a Natasha, que la abrazó antes de advertir su desconcierto.

—¿Sonia, has leído esa carta?

—Sí —respondió suavemente.

—¡Ya no puedo ocultártelo! Sabes que nos amamos. Sonia, querida, él escribe…

—¿Y Bolkonski?

Natasha la miró como si no comprendiera. Sonia insistió: ¿cómo podía olvidar un año entero por un hombre al que solo había visto tres veces?

—¿Tres días? Me parece que lo he amado durante cien años. En cuanto lo vi, sentí que él era mi amo y yo su esclava. Haré todo lo que me ordene. ¿Qué puedo hacer, Sonia? —exclamó, feliz y asustada.

—Entonces no permitiré que llegue a ese extremo… ¡Lo contaré!

—¡Si lo cuentas, serás mi enemiga! Quieres que sea desdichada, quieres que nos separen…

—¿Por qué este secreto? ¿Por qué no pide abiertamente tu mano? El príncipe Andréi te concedió completa libertad. ¿Has pensado cuáles pueden ser esas razones secretas?

Natasha la miró asombrada; aquella pregunta se le presentaba por primera vez.

—No sé cuáles son las razones. ¡Pero tiene que haber razones!

Sonia exigió que Anatole declarase sus intenciones; de lo contrario, ella lo contaría. Natasha gritó que no podía vivir sin él y la echó de la habitación. Después se sentó a escribir a María: aprovechando la libertad concedida por Andréi, le rogaba que lo olvidara todo y la perdonase, pero no podía ser su esposa. Ahora le parecía fácil, sencillo y claro.

El miércoles, mientras el conde visitaba una propiedad con un posible comprador, Natasha volvió a ver a Anatole en una cena. Hablaron procurando que no los oyeran. En casa intentó reconciliarse con Sonia, pero esta volvió a preguntar por el secreto. Natasha terminó gritando que la odiaba. Desde entonces la evitó, comenzando tareas que abandonaba de inmediato. Sonia no la perdía de vista.

Al día siguiente vio a Natasha esperar junto a la ventana y hacer una señal a un oficial que tomó por Anatole. Después del té, una criada llevó otra carta. Natasha no dejó entrar a Sonia cuando llamó. «¡Se escapará con él!», pensó esta. El conde estaba fuera. ¿Escribir a Pierre, como Andréi le había pedido en caso de desgracia? ¿Decírselo a Márya Dmítrievna? Permaneció en el pasillo oscuro. «Ahora o nunca debo demostrar que recuerdo la bondad de la familia hacia mí y que amo a Nikolái. Aunque no duerma durante tres noches, no abandonaré este pasillo.»