Capítulo XV: Ante el pelotón
A la mañana siguiente de su detención, Pierre ya no era para los guardias el hombre que había luchado con el saqueador y hablado de salvar a un niño. Era el número diecisiete de los rusos capturados. Lo colocaron con los demás sospechosos porque un oficial necesitaba su habitación. Los prisioneros, al reconocerlo como un caballero y oírlo hablar francés, lo evitaban. Aquella tarde supo que serían juzgados por incendio provocado.
Al tercer día lo interrogaron ante un general de bigote blanco. Pierre explicó que estaba devolviendo a sus padres a un niño salvado de las llamas y que había luchado para proteger a una mujer. Lo interrumpieron: aquello no era pertinente. Le preguntaron por qué estaba cerca del incendio; cuando respondió que había salido a ver qué ocurría en Moscú, volvieron a interrumpirlo. Cualquier respuesta parecía conducir a una condena. Se negó otra vez a decir quién era.
—Anote eso, está mal… muy mal —observó severamente el general.
Después lo trasladaron con otros trece a una cochera cercana al puente de Crimea. Allí pasó cuatro días esperando una decisión del mariscal. El ocho de septiembre un oficial llegó con una lista y lo señaló como «el hombre que no dice su nombre». Los hicieron asearse y los condujeron al Campo de la Virgen. El aire estaba puro después de la lluvia; las columnas de humo ascendían sobre estufas, chimeneas y muros ennegrecidos. Pierre no reconocía los barrios que tan bien había conocido.
Sus respuestas habían regresado a él bajo aquel apelativo terrible. Los soldados marchaban con paso vivo, seguros de llevar a los hombres adecuados al lugar adecuado. Pierre se sentía como una astilla caída entre los engranajes de una máquina cuyo funcionamiento no comprendía. En la casa del príncipe Shcherbátov, ahora ocupada por Davout, lo hicieron entrar el sexto.
El mariscal estaba inclinado sobre una mesa, con las gafas sobre la nariz. Sin levantar los ojos del papel, preguntó:
—¿Quién eres?
Pierre no podía pronunciar una palabra. Sabía que Davout era famoso por su crueldad; cada instante de demora podía costarle la vida, pero revelar su rango le parecía peligroso y embarazoso. El mariscal se echó las gafas hacia la frente y lo miró fijamente.
—Conozco a ese hombre.
—No puede conocerme, general; nunca lo he visto…
—Es un espía ruso —interrumpió Davout, dirigiéndose a otro general cuya presencia Pierre no había advertido.
—No, monseigneur —dijo Pierre, recordando que Davout era duque—. No puede haberme conocido. Soy oficial de la milicia y no he salido de Moscú.
—¿Su nombre?
—Bezújov.
—¿Qué prueba tengo de que no está mintiendo?
—¡Monseñor! —exclamó Pierre con voz suplicante.
Durante unos segundos se miraron. Aquella mirada salvó a Pierre: al margen de la guerra y de la ley, estableció una relación humana entre ambos. Davout veía ahora a un ser humano donde antes solo había una circunstancia entre sus papeles. Volvió a pedir pruebas. Pierre recordó a Ramballe y mencionó su regimiento y la calle de la casa; comenzó a explicarse con voz temblorosa, pero entró un ayudante. Davout se animó al recibir la noticia y empezó a abotonarse el uniforme, como si hubiera olvidado al prisionero.
Cuando se lo recordaron, ordenó que se lo llevaran. Pierre no sabía si volvería a la cochera o iría al lugar de ejecución. Al salir oyó que el ayudante formulaba otra pregunta.
—¡Sí, por supuesto! —respondió Davout.
Pierre no supo qué significaba aquel «sí». Caminaba moviendo las piernas como los demás, sin notar nada. ¿Quién lo había condenado? No Davout, que lo había mirado de manera tan humana; tampoco el ayudante, que no había tenido malas intenciones. ¿Quién lo privaba de sus recuerdos, aspiraciones y pensamientos? Comprendió que no era nadie: una concurrencia de circunstancias lo estaba aniquilando.
En un huerto habían colocado un poste y cavado una fosa. Una multitud formaba un semicírculo; a los lados estaban las tropas francesas. Los ordenaron según la lista: Pierre era el sexto. Cuando redoblaron los tambores sintió que le arrancaban una parte del alma. Solo podía oír y ver; solo deseaba que aquello sucediera rápidamente. Miró a sus compañeros. El quinto era un muchacho de fábrica, delgado, de rostro cetrino, con un abrigo holgado.
Los franceses consultaron cómo fusilarlos.
—De dos en dos —respondió el oficial con voz serena.
Todos se apresuraban a terminar una tarea desagradable e incomprensible. Leída la sentencia, llevaron a los dos primeros al poste. Uno se persignaba continuamente; el otro se rascaba la espalda y movía los labios como si sonriera. Les vendaron los ojos, les cubrieron la cabeza con sacos y los ataron. Doce tiradores se detuvieron a ocho pasos. Pierre se volvió. El estampido le pareció más fuerte que el trueno más terrible. Al mirar de nuevo vio humo y franceses de rostro pálido trabajando junto a la fosa con manos temblorosas.
Llevaron a otros dos. Sus ojos buscaban en vano protección entre los espectadores. Pierre apartó otra vez la vista; otra explosión le golpeó el oído. Vio sangre y manos que se entorpecían unas a otras. Respirando pesadamente, miró alrededor: en todos los rostros encontró la misma consternación que sentía él. «Todos están sufriendo como yo. Entonces, ¿quién es? ¿Quién?»
—¡Tiradores del 86.º, adelante!
Tomaron al muchacho que estaba junto a Pierre. Este no comprendía que se había salvado y que los restantes solo debían presenciar la ejecución. El joven saltó hacia atrás y se aferró a él; Pierre se estremeció y se liberó. Lo arrastraron por debajo de los brazos mientras gritaba. Junto al poste se quedó tranquilo, como si hubiera comprendido algo. Se arrebujó en el abrigo y frotó un pie desnudo contra el otro.
Él mismo ajustó el nudo de la venda que le lastimaba la nuca. Apoyado contra el poste ensangrentado, se enderezó, acomodó los pies y volvió a recostarse más cómodamente. Pierre no perdió ninguno de sus movimientos. Después no pudo recordar haber oído los disparos: solo vio que el cuerpo se desplomaba sobre las cuerdas, que aparecía sangre en dos lugares y que el muchacho quedaba sentado con una pierna doblada debajo.
Pierre corrió hacia el poste. Nadie se lo impidió. A un viejo francés le temblaba la mandíbula mientras desataba las cuerdas. Arrastraron el cuerpo hasta la fosa. Pierre vio un hombro subir y bajar convulsivamente; ya caían paletadas de tierra. Un soldado le gritó que retrocediera. No lo comprendió. Cuando lo devolvieron a su sitio, un joven tirador seguía junto a la fosa, mortalmente pálido, tambaleándose. Un suboficial tuvo que arrastrarlo hasta su compañía.
—Eso les enseñará a provocar incendios —dijo un francés.
Buscaba algún alivio en aquellas palabras, pero no lo encontraba. Hizo un gesto desesperado y se alejó.
Al anochecer le dijeron a Pierre que había sido indultado y lo llevaron al barracón de los prisioneros de guerra. Oía preguntas y respondía sin comprender a quienes lo rodeaban. Era como si hubieran arrancado el resorte principal de su vida. El universo se había desmoronado ante sus ojos y no sentía que estuviera en su poder recuperar la fe en su sentido.
Sentado sobre la paja, cerraba los ojos y volvía a ver al muchacho y a sus asesinos. A su lado había un hombrecillo encorvado, cuyo olor a sudor advirtió cada vez que se movía. Se quitaba las vendas de las piernas, enrollaba cuidadosamente las cuerdas y las colgaba sobre su cabeza. Sus manos trabajaban sin interrupción. Luego guardó un cuchillo bajo la cabecera y se abrazó las rodillas. Pierre encontraba algo reconfortante en aquellos movimientos y en el orden de su rincón.
—Ha pasado por muchos apuros, señor, ¿verdad?
Había tanta bondad en aquella voz cantarina que a Pierre le tembló la mandíbula cuando quiso responder. El hombre continuó sin darle tiempo a revelar su desconcierto.
—¡Eh, muchacho, no te apures! No te apures, amigo: «¡sufre una hora, vive un siglo!», así son las cosas, querido compañero. Y aquí vivimos, gracias a Dios, sin hacer mal a nadie.
Se levantó, tosió y se marchó al otro extremo del cobertizo. Regresó apartando a un perrito que saltaba sobre él y desenvolvió un trapo.
—Aquí, coma un poco, señor. Hemos cenado sopa y ¡las papas están estupendas!
Pierre no había comido en todo el día. El soldado tomó una papa, la cortó en dos sobre la palma, le echó sal del trapo y se la tendió. Pierre pensó que nunca había comido nada mejor.
—Oh, estoy bien —dijo—, pero ¿por qué fusilaron a esos pobres hombres? El último apenas tenía veinte años.
—¡Ah, qué pecado… qué pecado! —añadió rápidamente el hombrecillo—. ¿Cómo fue, señor, que se quedó en Moscú?
—No pensé que vendrían tan pronto. Me quedé por accidente.
—¿Y cómo lo arrestaron, querido muchacho? ¿En su casa?
—No, fui a ver el incendio, allí me arrestaron y me juzgaron como incendiario.
Mientras mordisqueaba la última patata, Pierre le preguntó cuánto llevaba allí. Lo habían sacado de un hospital de Moscú el domingo anterior; era soldado del regimiento de Ápsheron y había estado muriéndose de fiebre. Los enfermos no habían sospechado nada.
—¿Y se siente triste aquí?
—¿Cómo no va a estarlo, muchacho? Me llamo Platón y mi apellido es Karatáiev. En el regimiento me llaman «halconcito». Moscú es la madre de las ciudades. ¿Cómo puede uno ver todo esto y no sentirse triste?
Preguntó por la casa de Pierre, su esposa y sus padres. Aunque no podía verlo en la oscuridad, Pierre sentía la sonrisa bondadosa con que hablaba. Saber que no tenía madre lo afligió; también le apenó que no tuviera hijos.
—¡No importa! Todavía son jóvenes y, si Dios quiere, aún pueden tener algunos. Lo importante es vivir en armonía…
—Pero ahora todo da igual —no pudo evitar decir Pierre.
Karatáiev se acomodó y tosió, preparándose para contar una historia. Había vivido en una casa próspera: cuando salían a segar, su padre y ellos eran siete. Una vez fue por leña a una arboleda ajena; el guardabosques lo atrapó, lo juzgaron, lo azotaron y lo enviaron a servir como soldado. Después de un breve silencio se levantó y comenzó a persignarse.
—¡Señor Jesucristo, san Nicolás, san Floro y san Lauro! ¡Señor Jesucristo, ten piedad de nosotros y sálvanos!
Se postró hasta el suelo, suspiró y se tendió bajo el abrigo. Pierre le preguntó por Floro y Lauro.
—Los santos de los caballos. También hay que compadecerse de los animales. ¡Eh, bribona! ¡Ahora te acurrucaste y entraste en calor, hija de perra!
Tocó al perro que yacía a sus pies, se volvió y se durmió. A lo lejos llegaban llantos y gritos; por las grietas se veían llamas. Pierre permaneció mucho tiempo con los ojos abiertos, escuchando los ronquidos regulares de Platón. En la oscuridad sintió que el mundo hecho añicos volvía a agitarse en su alma.