Capítulo III: El cielo de Austerlitz
En octubre de 1805, el cuartel general de Kutúzov estaba en Braunau. Un regimiento recién llegado pasó la noche remendando y limpiando después de una marcha de veinte millas: se esperaba una inspección. Al amanecer, dos mil hombres resplandecían de limpieza. Solo las botas, agujereadas después de setecientas millas, impedían estar tranquilos. Entonces llegó la orden verdadera: el comandante en jefe quería verlos con capotes y mochilas, exactamente como estaban durante la marcha. Cuanto más lamentable fuera su aspecto, mejor serviría para mostrar a los austríacos el estado del ejército.
Más adelante, junto al puente del Enns, Nikolái Rostóv creyó que había llegado el momento de demostrar su valor. El coronel mandó regresar al escuadrón de Denísov para incendiar el puente. «¡Quiere ponerme a prueba!», pensó Nikolái, sintiendo que la sangre le subía al rostro. Pero el coronel no lo miró una sola vez.
Los húsares desmontaron apresuradamente, enganchándose los sables en las bridas. Los hombres se persignaban. Nikolái temía quedarse atrás; le temblaba la mano al entregar su caballo. Ya no veía más que a los húsares que corrían a su alrededor, con las espuelas enganchándose y los sables entrechocando.
—¡Camillas! —gritó alguien detrás de él.
No pensó en lo que significaba aquella llamada. Corría procurando adelantarse a los demás cuando pisó el barro pegajoso del puente, tropezó y cayó de bruces. Los otros lo dejaron atrás. Una densa nube de humo acabó por ocultarlo todo: habían conseguido incendiar el puente. Las baterías francesas seguían disparando porque los cañones estaban apuntados y había alguien a quien disparar.
Cuando Andréi llegó a Brünn como mensajero, las luces de las tiendas, las farolas y los elegantes carruajes lo rodearon con aquella atmósfera de ciudad grande que tanto atrae al soldado después del campamento. Pese al viaje y a la noche en vela, se sentía vigoroso. Sus ojos brillaban febrilmente. Recordaba los detalles de la batalla con extraordinaria claridad, en la forma concisa en que pensaba exponerlos ante el emperador Francisco. Imaginaba las preguntas que podrían hacerle y sus propias respuestas. Esperaba ser presentado de inmediato; pero un funcionario lo condujo a otra entrada.
Tuvo que esperar antes de entrar en el despacho del ministro de la Guerra. Al salir del palacio, le pareció que el interés y la felicidad de la victoria habían quedado en aquellas manos indiferentes. Cuando fue recibido por el emperador, las preguntas resultaron sencillas: si Kutúzov se encontraba bien, cuándo había partido de Krems. Era demasiado evidente que las respuestas no le interesaban.
Más tarde, al recorrer las posiciones frente a los franceses, Andréi vio que en el centro las líneas estaban tan próximas que los hombres podían hablarse y distinguirse el rostro. Un soldado tenido por experto en francés guiñó un ojo y soltó una retahíla de sonidos sin sentido. Las carcajadas contagiaron a los enemigos: parecía que solo faltaba descargar los mosquetes y regresar todos a casa. Pero las piezas continuaban enfrentadas, con sus cargas dispuestas.
Junto a una batería, Andréi oyó conversar a unos oficiales dentro de un cobertizo de zarzo. Una voz agradable, que le pareció conocida, decía que nadie temería la muerte si pudiera saber qué había más allá.
—Tengas miedo o no, no puedes escapar de ello de todos modos —interrumpió otra voz más joven.
—Uno tiene miedo de lo desconocido, eso es todo. Por mucho que digamos que el alma va al cielo… sabemos que no hay cielo, sino solo atmósfera —insistió el primero.
En otra acción, mientras los franceses desbordaban el flanco izquierdo y los jefes discutían, el escuadrón apenas tuvo tiempo de montar. Nikolái volvió a sentir aquella línea invisible de incertidumbre y miedo que separaba a los vivos de los muertos. Pero al lanzarse su caballo al galope vio pasar el árbol que antes señalaba para él la frontera terrible, y todo se volvió alegre y animado. «¡Oh, cómo voy a darle tajos!», pensó, aferrando el sable.
En la batería, Túshin también vivía en un mundo propio. Los franceses alrededor de sus cañones le parecían hormigas; la fusilería al pie de la colina, la respiración de alguien. Se imaginaba enormemente alto y poderoso, lanzando balas de cañón con ambas manos.
Entre los servidores de las piezas, su mirada buscaba sobre todo al apuesto borracho que ocupaba el puesto de Número Uno del segundo cañón. En la imaginación de Túshin aquel hombre era el «tío», y cada uno de sus movimientos le producía placer.
—Ahora, Matvévna, querida anciana, ¡no me falles! —decía al cañón más alejado.
—¿Te has vuelto loco? Te han ordenado dos veces que te retires, y tú… —gritó un oficial del Estado Mayor.
Túshin se llevó dos dedos a la gorra, alarmado, y empezó a balbucear. Una bala hizo que el oficial se agachara sobre su caballo; otra lo interrumpió cuando iba a continuar. Volvió grupas y ordenó la retirada desde lejos. Los soldados rieron.
El siguiente ayudante era el príncipe Andréi. Al acercarse vio un caballo con una pata rota, de la que brotaba sangre como de un manantial, y varios muertos entre los avantrenes. Sintió un estremecimiento en la espalda. «No puedo tener miedo», pensó, y desmontó despacio. Transmitió la orden, pero se quedó. Junto con Túshin, pasando por encima de los cadáveres, hizo retirar los dos cañones que quedaban intactos.
—Bueno, hasta que nos volvamos a encontrar… —dijo, tendiéndole la mano.
—¡Alma querida! ¡Adiós, querido amigo! —respondió Túshin, y de pronto se le llenaron los ojos de lágrimas.
Durante la retirada, un cadete pidió sitio en un cañón: no podía caminar. Era Nikolái. Se sostenía una mano con la otra, pálido, con la mandíbula temblorosa. Lo sentaron sobre Matvévna, encima de una capa empapada con la sangre del oficial muerto que acababan de bajar.
—¿Estás herido, muchacho? —preguntó Túshin.
—No, es un esguince.
Al preguntar el capitán por la sangre de la cureña, el artillero la limpió con la manga, como disculpándose por el estado de su cañón.
Después vinieron nuevas marchas y consejos. Se decidió presentar batalla a Bonaparte contra la opinión de los viejos generales. En el cuartel general, la victoria parecía pertenecer ya al pasado: nuestras fuerzas eran superiores, los emperadores estaban presentes y Weyrother conocía hasta el último detalle del terreno. Los mapas lo mostraban todo. Bonaparte, evidentemente debilitado, no hacía nada.
La víspera de Austerlitz, Andréi preguntó a Kutúzov qué opinaba de la batalla. El anciano, sentado en silencio a su lado, lo miró severamente antes de responder.
—Creo que la batalla se perderá, y eso fue lo que le dije al conde Tolstói y le pedí que se lo comunicara al emperador. ¿Y saben qué respondió? “Pero, mi querido general, estoy ocupado con el arroz y las chuletas; ocúpese usted mismo de los asuntos militares”. Sí… ¡Esa fue la respuesta que recibí!
Aquella noche, Nikolái recorría la línea de avanzadilla luchando contra el sueño. Detrás brillaban débilmente las hogueras entre la niebla; delante solo había oscuridad brumosa. Cerraba los ojos y aparecían el emperador, Denísov, Moscú; los abría y encontraba las orejas de su caballo. ¿Y si el soberano lo descubriera allí y le encargara averiguar qué había delante? Así había comenzado la fortuna de muchos oficiales. ¡Cómo lo protegería, cómo desenmascararía a sus engañadores! Un grito lejano lo hizo sobresaltarse.
A la mañana siguiente, Andréi comprobó que no había tiradores delante de las columnas. El coronel se sorprendió de recibir la orden de desplegarlos: creía que otras tropas lo precedían y que el enemigo estaba a seis millas. Delante solo se veía una pendiente estéril oculta por la niebla. Andréi dio las órdenes necesarias y regresó al galope. Kutúzov permanecía pesadamente sentado en su caballo, bostezando con los ojos cerrados.
Los saludos de los regimientos anunciaron a los dos emperadores. Con sus séquitos llegó una bocanada de juventud y confianza. Kutúzov se transformó: adoptó el aire del subordinado que obedece sin razonar y se acercó con una afectación de respeto que desagradó a Alejandro.
—¿Por qué no comienza, Mijaíl Ilariónovich? —preguntó el zar.
—Estoy esperando, Majestad. Todavía no se han formado todas las columnas.
Andréi observó la contracción antinatural del labio superior de Kutúzov.
—Ya sabes, Mijaíl Ilariónovich, no estamos en el Campo de la Emperatriz, donde un desfile no comienza hasta que todas las tropas se han reunido —dijo Alejandro, mirando al emperador Francisco, que no escuchaba.
—Precisamente por eso no comienzo, señor, porque no estamos en un desfile ni en el Campo de la Emperatriz —respondió Kutúzov clara y distintamente.
Los jóvenes intercambiaron miradas de reproche. El zar miró fijamente al anciano, esperando algo más; este esperaba también, con la cabeza respetuosamente inclinada. El silencio duró aproximadamente un minuto.
—Sin embargo, si su majestad lo ordena… —dijo Kutúzov, recobrando su tono sumiso.
Después, mientras cabalgaba detrás de los carabineros, los franceses atacaron la batería. Una descarga alcanzó a varios soldados. El comandante se llevó las manos a la pierna; el subteniente que sostenía la bandera la dejó caer. Esta quedó enganchada en los mosquetes. Los hombres empezaron a disparar sin órdenes.
—¡Bolkónski! —susurró Kutúzov con voz temblorosa, señalando al batallón desorganizado y al enemigo—. ¿Qué es eso?
Andréi ya había saltado del caballo. Las lágrimas de vergüenza y de ira lo asfixiaban. Corrió hacia el estandarte.
—¡Adelante, muchachos! —gritó con una voz aguda como la de un niño.
«¡Aquí está!», pensó, agarrando el asta. Escuchaba con placer el silbido de las balas dirigidas contra él. Apenas podía sostener el pesado estandarte, pero avanzó seguro de que el batallón lo seguiría.
—¡Hurra!
Un soldado avanzó, después otro, y pronto todo el batallón corrió gritando y lo adelantó. Un sargento tomó la bandera de sus manos y murió inmediatamente. Andréi volvió a apoderarse de ella y continuó arrastrándola por el asta. Delante, unos artilleros luchaban y otros abandonaban los cañones; los franceses se apoderaban de los caballos y hacían girar las piezas. A derecha e izquierda los hombres gemían y caían, pero Andréi solo miraba la batería.
A veinte pasos distinguió a un artillero pelirrojo, con el chacó torcido, tirando de un extremo de un escobillón; un francés tiraba del otro. Ambos tenían una expresión desconcertada y furiosa, como si no supieran lo que hacían. «¿Por qué no huye el artillero, si está desarmado? ¿Por qué no lo apuñala el francés?», pensó Andréi.
Otro francés corrió hacia ellos arrastrando el mosquete. El pelirrojo había conseguido triunfalmente el escobillón y aún no advertía lo que le esperaba. Andréi no vio el desenlace. Le pareció que un soldado lo golpeaba en la cabeza con toda la fuerza de un garrote. Le dolió un poco; lo peor era que aquello le impedía seguir mirando.
Cuando Napoleón se detuvo ante él, yacía boca arriba junto al asta. Los franceses ya se habían llevado la bandera como trofeo.
—¡Qué hermosa muerte! —dijo Napoleón.
Andréi comprendió que hablaban de él. Oyó que llamaban «Majestad» a aquel hombre, pero sus palabras le llegaron como el zumbido de una mosca, y las olvidó enseguida. Le ardía la cabeza, sentía que se desangraba y veía sobre él el cielo remoto, elevado y eterno. Sabía que era Napoleón, su héroe; sin embargo, le parecía una criatura pequeña e insignificante comparada con lo que sucedía entre él y aquel cielo infinito, con las nubes que volaban sobre él.
Ya no le importaba quién estuviera allí ni qué dijera. Se alegraba de que hubiera gente cerca; deseaba que lo ayudaran y le devolvieran la vida, ahora tan hermosa, comprendida de una manera distinta. Reunió sus fuerzas, movió débilmente una pierna y emitió un gemido enfermizo que despertó su propia compasión.
—¡Ah! Está vivo —dijo Napoleón—. Levanten a este joven y llévenlo al puesto de curas.
El dolor de levantarlo, las sacudidas de la camilla y la exploración de la herida lo hundieron en la inconsciencia. No volvió en sí hasta bien entrada la tarde, durante el traslado al hospital con otros oficiales rusos heridos y prisioneros. Pudo mirar alrededor e incluso hablar. Entonces oyó a un francés ordenar que se detuvieran: al emperador le complacería ver a aquellos caballeros.
Napoleón llegó al galope. Andréi reconoció entre los prisioneros al príncipe Repnín, acompañado de un oficial de diecinueve años. Repnín recibió con gratitud el elogio del vencedor; el muchacho murmuró que la juventud no era obstáculo para el valor. Napoleón celebró la respuesta. Su rostro resplandecía de autosatisfacción y placer.
También habían colocado a Andréi ante el emperador para completar el espectáculo de los prisioneros. No podía dejar de atraer su atención. Al parecer, Bonaparte recordaba haberlo visto tendido en el campo: en su memoria, el apelativo «joven» había quedado asociado con aquel herido.
—Bueno, y usted, joven —dijo a Andréi—. ¿Cómo se siente, mi valiente?
Cinco minutos antes había podido hablar con los soldados; ahora, mirando directamente a Napoleón, guardó silencio. Tan insignificantes le parecían los intereses de su héroe, tan mezquinas su vanidad y su alegría por la victoria frente al cielo elevado, equitativo y bondadoso que había visto y comprendido, que no pudo responder.
—Es un sujeto nervioso y bilioso —dijo Larrey—, y no se recuperará.
Nikolái había atravesado aquel mismo campo buscando a los jefes. Entre los fugitivos se decía que todos habían muerto, que el emperador estaba herido. Había puesto el caballo al trote para no ver a los hombres que se arrastraban y gemían; cuando los franceses apuntaron hacia él un cañón, recordó la última carta de su madre. Después había visto a Alejandro vivo, y comprendido que el rumor era falso. Apenas conteniendo las lágrimas, había seguido cabalgando sin saber adónde ni por qué.