Capítulo XX: La noche y el alba
El 22 de octubre, Denísov llevaba todo el día siguiendo desde el bosque un convoy francés de bagajes y prisioneros rusos que avanzaba hacia Smolensk. Él y Dólojov se proponían sorprenderlo al amanecer en Shámshevo. El cielo y el horizonte tenían el color del agua fangosa; del gorro de piel de Denísov escurría la lluvia.
Un oficial muy joven, sonrosado y empapado, se acercó al galope y le entregó un sobre mojado.
—¡Rostóv! ¡Petia! —exclamó Denísov después de leer el despacho—. ¿Por qué no dijiste quién eras?
Durante el trayecto, Petia se había preparado para comportarse como un hombre adulto y un oficial. Pero en cuanto Denísov le sonrió, se ruborizó de placer y olvidó la actitud ensayada. Poco después, intentando bajarse furtivamente los pantalones que se le habían subido por encima de las rodillas, preguntó si podía quedarse.
—Pero ¿qué fue exactamente lo que te dijo el general? ¿Que regresaras de inmediato?
—No me dio instrucciones. Creo que podría —respondió Petia, sonrojándose.
En realidad, el general le había prohibido expresamente participar en ninguna acción. Petia pensaba obedecer, pero después de ver a los franceses desde el lindero y enterarse del ataque, decidió que sería vergonzoso abandonar a aquellos héroes en un momento difícil.
Tíkhon regresó del reconocimiento sin el prisionero que debía capturar. Había cogido uno al amanecer, explicó, pero no servía: llevaba ropa andrajosa y era maleducado. Su sonrisa mellada hizo reír a Petia. Solo después comprendió el muchacho que Tíkhon había matado a un hombre. Miró al pequeño tambor francés que tenían prisionero y sintió una punzada en el corazón; enseguida levantó más la cabeza y preguntó con importancia por la tarea del día siguiente.
Al anochecer, en la cabaña del guardabosques, los oficiales convirtieron una puerta en mesa. Había vodka, pan blanco y cordero asado. Desgarrando la carne con las manos, por las que escurría la grasa, Petia se encontraba en un extático estado infantil de amor por todos y confiaba en que todos lo amaban igualmente.
—Solo, por favor, déjame mandar algo para que pueda mandar de verdad… ¡Ah, quieres un cuchillo!
Tendió su navaja a un oficial y, cuando este la admiró, se la regaló. Luego recordó sus pasas y corrió a buscarlas. Ofreció al esaúl una cafetera y a todos piedras de chispa: había comprado cien, podían llevárselas todas. De pronto se detuvo, temeroso de haber hablado demasiado. Recordó al tamborilero. Ellos estaban muy bien, pero ¿le habrían dado de comer? ¿No lo habrían ofendido?
—¿Puedo llamar a ese muchacho que fue hecho prisionero y darle algo de comer?… Quizá…
—Sí, es un pobre muchachito —dijo Denísov—. Llámalo. Se llama Vincent Bosse.
Petia se acercó a él entre los oficiales.
—¡Déjame besarte, querido amigo! ¡Oh, qué bien, qué espléndido!
Fuera se oyeron voces risueñas llamando al francés, y después unos pies descalzos chapotearon en el barro.
—¿Quieres comer? No tengas miedo, no te haremos daño —dijo Petia, tocándole tímidamente la mano—. Entra, entra.
—Gracias, señor —respondió el muchacho con voz temblorosa, frotándose los pies sucios contra el umbral.
Petia quería decirle muchas cosas. Sin atreverse, le apretó la mano en la oscuridad. Ya dentro, se sentó lejos, considerando indigno prestarle atención, mientras palpaba el dinero de su bolsillo y se preguntaba si sería ridículo darle algo.
La llegada de Dólojov lo distrajo. Había oído tantas historias de su valentía y su crueldad con los franceses que no apartaba los ojos de él. Afeitado, con un abrigo de la Guardia y una sencilla gorra, Dólojov preguntó por el convoy. Quería entrar en el campamento enemigo para averiguar las fuerzas que lo escoltaban; traía un uniforme de repuesto.
—¡Yo, yo… iré contigo! —exclamó Petia.
Denísov se opuso. Dólojov, examinando al tamborilero, preguntó dónde ponían a los demás prisioneros.
—Los envío y obtengo un recibo por ellos —gritó Denísov, ruborizándose—. No tengo la vida de un solo hombre sobre mi conciencia.
—Envías a cien hombres y llegan treinta. Los demás mueren de hambre o son asesinados. Así que, ¿no viene a ser lo mismo no enviarlos?
—No deseo cargarlo sobre mi conciencia. Dices que morirán. Muy bien. ¡Pero no por culpa mía!
Dólojov se rio. Petia volvió a sentirse incómodo, pero no tuvo tiempo de comprender. Si aquellos hombres adultos y distinguidos pensaban así, debía de ser necesario. Lo principal era ir con Dólojov.
Con capotes y chacós franceses, bajaron en la oscuridad hacia el puente. Dejaron a los cosacos en la hondonada. Al oír el desafío del centinela y el chasquido de un mosquete, Petia empuñó su pistola.
—Lanceros del 6.º —respondió Dólojov sin alterar el paso.
—Contraseña.
—Cuando un oficial hace su ronda, los centinelas no piden la contraseña… —exclamó Dólojov, avanzando directamente hacia él—. Le pregunto si el coronel está aquí.
El centinela se apartó. En el patio de la casa del terrateniente, unos oficiales conversaban alrededor de una hoguera. Dólojov dijo que trataban de alcanzar a su regimiento; se acuclilló junto al fuego y encendió una pipa. Un oficial de cuello largo no le quitaba los ojos de encima. «Ahora se irá», pensaba Petia, pero Dólojov seguía preguntando cuántos hombres había, cuántos batallones, cuántos prisioneros.
—¡Qué horroroso negocio, andar arrastrando estos cadáveres con uno! Sería mejor fusilar a semejante gentuza.
Su carcajada hizo retroceder a Petia. Nadie respondió. Un francés se levantó y susurró algo a un compañero. Cuando trajeron los caballos, Dólojov tardó mucho en montar. Petia salió a su lado, deseando volverse para ver si los perseguían, sin atreverse. Al pasar por el pueblo reconoció voces rusas y las figuras oscuras de los prisioneros junto a sus hogueras.
—Dile a Denísov: «al primer disparo al amanecer» —dijo Dólojov al despedirse.
Petia lo agarró, llamándolo héroe, y se inclinó para besarlo. Dólojov lo besó, rio y desapareció en la oscuridad.
Denísov lo esperaba angustiado. Le dio gracias a Dios y le mandó acostarse. Pero Petia, cuando lo vio dormido, salió. La lluvia había cesado; aún caían gotas de los árboles. Se acercó a su caballo, le besó los ollares y encontró al cosaco Likhachëv bajo un carro.
—Por favor, querido amigo, ¿me afilarías el sable? Está des… —Petia temía mentir: el sable nunca había sido afilado—. ¿Puedes hacerlo?
El cosaco buscó en su mochila. Petia se sentó en el borde del carro y oyó el acero contra la piedra. La mancha oscura de la caseta podía ser una caverna; las brasas, el ojo de un monstruo. Quizá no estuviera en un carro, sino en una torre desde la que podría caer durante un mes sin llegar al fondo. Sobre los árboles, las nubes descubrían las estrellas, y el cielo parecía elevarse inmensamente o bajar hasta poder tocarlo.
Los ojos comenzaron a cerrársele. «Ozheg-zheg, ozheg-zheg…», siseaba el sable. De pronto oyó una orquesta que tocaba un himno desconocido, dulcemente solemne. Tenía tanto sentido musical como Natasha y más que Nikolái, pero nunca había aprendido música. Cada instrumento tocaba su parte y se fundía con otro; todos se mezclaban, se separaban y volvían a unirse en algo deslumbrantemente triunfal.
«Quizá sea música inventada por mí. ¡Vamos, sigue, música mía!», pensó. Intentó dirigir la orquesta: ahora suavemente, ahora más alegre; ahora debían unirse las voces. Los sonidos obedecían. El goteo, el siseo del sable y los relinchos se incorporaban al coro. Petia se maravillaba de su deleite y lamentaba no tener con quién compartirlo.
—Está listo, señoría; ¡con él puede partir en dos a un francés!
—¡Está amaneciendo, de verdad está amaneciendo! —exclamó Petia.
Una luz acuosa aparecía entre las ramas desnudas. Dio un rublo al cosaco, probó el sable y lo envainó. Los hombres apretaban las cinchas. Petia, con el rostro resplandeciente después de lavarse con agua fría, se acercó a Denísov para pedirle una misión.
—Solo te pido una cosa: que me obedezcas y no te adelantes en ningún sitio.
Bajaron al barranco. La niebla ocultaba los objetos lejanos. Denísov dio la señal; resonó un disparo y enseguida llegaron gritos y un estrépito de cascos. Petia fustigó su caballo, sin escuchar a Denísov. Le pareció que de pronto se había hecho tan claro como al mediodía. Cruzó el puente; junto a una cabaña vio la mandíbula temblorosa de un francés aferrado a la lanza que apuntaban contra él.
Siguió hacia los disparos. En el patio visitado la noche anterior, los franceses se defendían detrás de una cerca. Entre el humo distinguió a Dólojov.
—¡Rodéenlos! ¡Esperen a la infantería!
—¡Esperen!… ¡Hurra-ah-ah! —gritó Petia, galopando hacia el humo más denso.
Se oyó una descarga. Algunos franceses arrojaron las armas. Petia atravesaba el patio agitando extrañamente ambos brazos e inclinándose hacia un lado. El caballo se detuvo ante la hoguera y él cayó pesadamente al suelo mojado. Sus piernas y brazos se agitaban; la cabeza permanecía inmóvil. Una bala le había atravesado el cráneo.
Denísov desmontó y volvió hacia sí, con manos temblorosas, aquel rostro blanco, ensangrentado y salpicado de barro. Recordó las pasas, el ofrecimiento de llevárselas todas. Los cosacos se volvieron al oír un sonido parecido al gañido de un perro. Denísov caminó hasta la cerca y se aferró a ella.
Entre los liberados estaba Pierre. Los soldados lloraban abrazando a los cosacos y húsares, que les ofrecían ropa, botas, pan. Pierre sollozaba sin poder hablar; abrazó al primer soldado que se acercó y lo besó. Junto a la puerta, Dólojov observaba pasar a los franceses desarmados con ojos fríos y vidriosos. Un cosaco los contaba, marcando cada centenar con una raya de tiza.
Con la cabeza descubierta, Denísov siguió a los hombres que llevaban el cuerpo de Petia al hoyo abierto en el jardín. Pierre vio el cadáver aquel mismo día. También aquel día Denísov le dijo que Andréi había muerto recientemente en casa de los Rostov, en Yaroslávl, y mencionó la muerte de Hélène, suponiendo que ya la conocía.
Todo le pareció simplemente extraño. No podía comprender su significado. Solo deseaba alejarse de los lugares donde los hombres se mataban y encontrar un refugio tranquilo para descansar y pensar. Al llegar a Oriol cayó enfermo. Cuando volvió en sí, estaban junto a él sus sirvientes Terénty y Váska y su prima, la princesa mayor, que había acudido a cuidarlo.