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Biblioteca de Héroe

Guerra y paz

León Tolstói

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Capítulo I: El salón y la casa

Era julio de 1805. En el salón de Anna Pávlovna Schérer se hablaba de Bonaparte, de los horrores de la Revolución y de la guerra. El príncipe Vasíli hablaba con languidez, como un actor que repite un papel manido; la anfitriona, aun cuando no le apetecía, se mostraba entusiasta para no decepcionar a quienes la conocían. Recorría los grupos como el capataz de una hilandería: aquí reanimaba una conversación detenida; allá moderaba otra demasiado ruidosa.

Pierre, corpulento, con gafas y frac marrón, acababa de regresar del extranjero. Era hijo ilegítimo del conde Bezújov, que yacía moribundo en Moscú. Su expresión inteligente, tímida y natural inquietaba a Anna Pávlovna. Él, como un niño en una tienda de juguetes, temía perderse alguna conversación ingeniosa y esperaba siempre oír algo profundo. Cuando defendió la ejecución del duque de Enghien como una necesidad política, la anfitriona murmuró aterrada. El príncipe Andréi atenuó la incomodidad de sus palabras y se dispuso a marcharse con su esposa.

Pierre llegó primero a casa de Andréi. Entró en el despacho como quien está en su propia casa, se tendió en el sofá y tomó el primer libro que encontró: los Comentarios de César. Apoyado en un codo, comenzó a leerlo por la mitad.

—¿Qué le has hecho a la señorita Schérer? —preguntó Andréi, frotándose sus pequeñas manos blancas.

—Ese abate es muy interesante, pero no sé cómo expresarlo… no mediante un equilibrio del poder político…

—Uno no puede decir en todas partes todo lo que piensa, mon cher. Bueno, ¿por fin te has decidido por algo? ¿Vas a ser guardia o diplomático?

Pierre llevaba tres meses eligiendo una carrera. Su padre le había dado dinero y una carta para el príncipe Vasíli, dejándolo en libertad de escoger. Se frotó la frente.

—No; pero esto es lo que he estado pensando. Si fuera una guerra por la libertad, sería el primero en alistarme; pero ayudar a Inglaterra y Austria contra el hombre más grande del mundo no está bien.

—Si nadie luchara sino por sus propias convicciones, no habría guerras.

—Y eso sería espléndido.

Andréi sonrió irónicamente.

—Probablemente sería espléndido, pero nunca sucederá…

—Bueno, ¿por qué vas a la guerra?

—¿Para qué? No lo sé. Debo hacerlo. Además, me voy…

Hizo una pausa.

—¡Me voy porque la vida que llevo aquí no me conviene!

Se oyó el roce de un vestido. Andréi se sacudió como si despertara; su rostro adoptó la expresión que había tenido en el salón. Pierre retiró los pies del sofá. Entró Lise, con un vestido de estar en casa tan elegante como el anterior, y su marido le colocó cortésmente una silla.

—Todavía sigo discutiendo con tu marido. No puedo entender por qué quiere ir a la guerra —dijo Pierre.

La princesa se sobresaltó.

—¡Eso es precisamente lo que yo le digo! Es tan conocido, tan apreciado por todo el mundo. Podría convertirse fácilmente en ayudante de campo del emperador. Annette y yo hablábamos de cómo organizarlo. ¿Qué opinas?

Pierre vio que la conversación desagradaba a su amigo y no respondió. Lise habló de los vínculos que tendría que romper; miró significativamente a su marido y un estremecimiento le recorrió la espalda.

—¡Tengo miedo, tengo miedo!

—¿De qué tienes miedo, Lise? No lo entiendo.

—Solo por un capricho suyo, Dios sabe por qué, me deja y me encierra sola en el campo.

—Con mi padre y mi hermana, recuerda —dijo Andréi con dulzura.

—Estaré sola de todos modos, sin mis amigos… Y él espera que no tenga miedo.

Hizo una pausa, como si considerara indecoroso hablar de su embarazo delante de Pierre, aunque ese era el meollo del asunto. De pronto, su bonito rostro se deformó en una mueca llorosa.

—¿Por qué has cambiado tanto conmigo? ¿Qué te he hecho? Te vas a la guerra y no sientes compasión por mí. ¿Por qué?

—¡Lise!

Aquella palabra expresaba una súplica, una amenaza y la convicción de que ella misma lamentaría sus palabras. Pierre se levantó, incapaz de soportar las lágrimas, a punto de llorar también.

—¡Cálmate, princesa! Te lo parece porque… Te aseguro que yo mismo lo he experimentado… ¡No, perdóname! Un extraño está fuera de lugar aquí… ¡Adiós!

Andréi lo tomó de la mano.

—No, espera, Pierre. La princesa es demasiado amable para querer privarme del placer de pasar la velada contigo.

Lise murmuró que él solo pensaba en sí mismo. Andréi repitió su nombre con la paciencia agotada. La expresión airada de la princesa se convirtió en una mirada lastimera de miedo; se acercó y lo besó en la frente. Él le deseó buenas noches y le besó cortésmente la mano, como a una desconocida.

Los amigos guardaron silencio. Después pasaron al comedor, donde la plata, la porcelana y el cristal llevaban la impronta de novedad de los hogares recién casados. A mitad de la cena, Andréi apoyó los codos sobre la mesa.

—¡Nunca, nunca te cases, querido amigo! No te cases hasta que puedas decirte que has hecho todo lo que eres capaz de hacer. De lo contrario, todo lo bueno y noble que hay en ti se desperdiciará en trivialidades. Mi esposa es una mujer excelente; pero cuánto daría ahora por no estar casado. Eres la primera y la única persona a la que menciono esto.

Pierre se quitó las gafas y lo miró con asombro. Los músculos del rostro de Andréi temblaban; sus ojos apagados brillaban ahora intensamente. Pierre lo consideraba un modelo de perfección: poseía precisamente aquella fuerza de voluntad que a él le faltaba.

—Tienes todo por delante, todo. Y tú…

—Mi papel ha terminado. Hablemos de ti.

—¿Qué soy? ¡Un hijo ilegítimo! —Pierre enrojeció—. Sin nombre y sin recursos… Por el momento soy libre y estoy bien. Solo que no tengo la menor idea de qué debo hacer.

—Te aprecio porque eres el único hombre vivo de todo nuestro círculo. Elige lo que quieras. Pero deja de visitar a esos Kurágin y de llevar ese tipo de vida.

—Llevar una vida así no me permite decidir ni pensar con claridad. Anatole me invitó para esta noche, pero no iré.

—¿Me das tu palabra de honor?

—¡Lo juro por mi honor!

Pero la noche septentrional era luminosa y parecía imposible acostarse. Pierre acabó en casa de Anatole: botellas vacías, olor a alcohol, gritos. Vio a Dólojov beber una botella de ron sentado fuera de una ventana, sin sujetarse; después quiso repetir la hazaña. La diversión terminó en un escándalo: Pierre participó en atar un policía a un oso. Dólojov fue degradado y Pierre enviado a Moscú.

En casa de los Rostov se comentaba la aventura el día de Santa Natalia, santo de la madre y de la hija menor. Desde la mañana llegaban carruajes a la gran casa de la Povárskaya. La condesa sonreía a sus visitantes, sin ocultar ya que agradecería su partida, cuando se oyó una silla volcarse y entró corriendo una muchacha de trece años. El conde abrió los brazos.

—¡Mi pequeña, que hoy celebra su santo!

Natasha, de ojos negros y boca grande, no bonita, pero llena de vida, escapó de su padre y escondió el rostro en la mantilla de su madre. Sacó una muñeca de entre los pliegues del vestido; la risa le impedía explicarse.

—Mi muñeca… Mimi… Ya ves…

Detrás habían entrado Nikolái, el estudiante; Borís, ya oficial; Sonia, sobrina del conde, de quince años, y el pequeño Petia. Apenas podían contener la alegría dentro de los límites de la buena educación. El conde explicó que Nikolái dejaba la universidad para seguir a su amigo al ejército, aunque tenía un puesto esperándolo en los Archivos.

—Si no quieres dejarme ir, me quedaré, papá. Pero sé que no sirvo para nada salvo para el ejército. No sé ocultar lo que siento.

Mientras hablaba miraba coquetamente a Sonia y a la joven visitante, Julie. Cuando esta lo invitó a sentarse más cerca, Nikolái sonrió sin advertir que hería a Sonia. Ella mantuvo un instante una sonrisa forzada y salió. Toda la animación del joven desapareció; en la primera pausa fue a buscarla.

Natasha estaba escondida entre las macetas del invernadero, esperando que Borís la buscara. En su lugar apareció Sonia, llorosa; detrás entró Nikolái. Natasha contuvo la respiración, experimentando el placer nuevo de observar sin ser vista.

—Sonia, ¿qué te pasa?

—¡Déjame en paz! ¡Puedes volver con ella!

—¿Cómo puedes atormentarme a mí y a ti misma por una fantasía? ¡Tú sola lo eres todo para mí!

Sonia dejó que le tomara la mano. Él la atrajo y la besó. «Oh, qué bien», pensó Natasha. Cuando se marcharon, llamó a Borís y lo condujo entre las plantas. Por un momento se quedó confundida; recogió su muñeca.

—Besa a la muñeca.

Borís la miró amablemente, sin responder. Natasha arrojó la muñeca al suelo, lo atrajo por los puños de la camisa y lo miró con solemnidad y temor.

—¿Y a mí? ¿Te gustaría besarme?

Él se sonrojó y no hizo nada. De pronto Natasha saltó sobre una maceta, le echó los brazos al cuello y lo besó en los labios. Después se deslizó al otro lado de las plantas y bajó la cabeza.

—Sabes que te quiero, pero, por favor, no hagamos eso… Dentro de otros cuatro años te pediré tu mano.

—Trece, catorce, quince, dieciséis —contó ella con sus dedos—. ¡De acuerdo! ¿Está decidido?

—¡De acuerdo!

—¿Para siempre? ¿Hasta la muerte misma?

Lo tomó del brazo y entró con él en la sala contigua, feliz.

La condesa, entretanto, necesitaba quinientos rublos. Mientras limpiaba una mancha del chaleco de su marido, se los pidió. El conde mandó traer setecientos, y que fueran billetes bonitos y limpios. Cuando regresó Anna Mijáilovna, estaban preparados bajo un pañuelo.

—Annette, por el amor de Dios, no me digas que no. Esto es para Borís, de mi parte, para su uniforme.

Las amigas se abrazaron llorando: porque tenían buen corazón, porque debían pensar en algo tan vil como el dinero y porque su juventud había terminado. Aquellas lágrimas les resultaban agradables a ambas.

Pierre llegó a la hora de cenar. Sentado en la primera silla que encontró, obstruía el paso sin darse cuenta. Los invitados lo observaban con curiosidad: parecía imposible que aquel hombre tan torpe y modesto hubiera gastado semejante broma a un policía. Durante la cena se habló de la guerra, hasta que Natasha, desafiada por Petia, se incorporó y miró a Pierre para invitarlo a escuchar.

—¡Mamá! ¿Qué dulces vamos a comer?

La condesa intentó fruncir el ceño. Márya Dmítrievna, a quien todos respetaban y temían, agitó un dedo regordete.

—Pudin helado, pero tú no vas a recibir nada.

—¿Qué clase de pudin helado?

—Helados de zanahoria.

—¡No! ¿De qué clase? ¡Quiero saber!

Todos rieron ante aquella increíble audacia. Natasha solo cejó cuando le dijeron que habría helado de piña.

Después, al reunirse los jóvenes para cantar, faltaba Sonia. Natasha la encontró sobre el arcón del pasillo, el lugar de duelo de las muchachas de la casa, sollozando boca abajo sobre el colchón de la niñera. Se sentó a su lado y comenzó a llorar también, sin saber por qué, salvo que Sonia lloraba.

—Nikolái se marcha dentro de una semana… Sus papeles han llegado…

Sonia mostró los versos que él le había escrito. Natasha la abrazó y empezó a consolarla: todo podía arreglarse; Borís lo había dicho, y era tan inteligente. Nikolái hablaría con su madre; Julie no le interesaba en absoluto.

—¿De verdad? ¿En serio? —preguntó Sonia, alisándose el vestido.

Natasha le acomodó un rizo. Sonia se sacudió el plumón, guardó los versos en el escote y volvió corriendo con ella. Cantaron El arroyo; luego comenzó el baile. Natasha fue a buscar a Pierre.

—Mamá me dijo que te pidiera que te unieras a los bailarines.

—Me da miedo confundir los pasos, pero si quieres ser mi maestra…

Le ofreció su enorme brazo. Natasha, completamente feliz, hablaba con él como una dama adulta, sonriendo por encima de un abanico prestado. Pero cuando el conde entró ofreciendo ceremoniosamente el brazo a Márya Dmítrievna, olvidó toda compostura. Su padre se irguió con galante elegancia y dio una palmada hacia los músicos.

—¡Semën! ¿Conoces a Daniel Cooper?

—¡Miren a papá! —gritó Natasha.

Inclinó la cabeza rizada hasta las rodillas e hizo resonar toda la sala con su risa.

—¡Miren al señor! ¡Es todo un águila! —comentó la niñera desde una puerta.

—Así es como bailábamos en nuestros tiempos, querida —dijo el conde.

En Moscú, Pierre se alojaba en casa de su padre moribundo. La expulsión de Petersburgo lo había devuelto allí sin haber elegido carrera. A su llegada, las princesas que rodeaban al enfermo lo habían recibido como a un cadáver o un leproso; la menor se había inclinado sobre el bordado para ocultar una sonrisa.