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Biblioteca de Héroe

Guerra y paz

León Tolstói

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Capítulo XIII: Las carretas

Kutúzov aún no podía admitir que hubiera que retirarse más allá de Moscú sin librar una batalla. Pero una terrible pregunta lo absorbía: ¿cuándo había permitido que Napoleón llegara hasta allí? ¿Cuándo se había decidido? Ahora había que abandonar Moscú, salvar el ejército y dar la orden. Darla le parecía equivalente a renunciar al mando, cuando estaba convencido de que solo él podía mantenerlo en aquellas circunstancias.

En Filí, el Consejo de Guerra se reunió en una isba. Desde lo alto de la estufa, la pequeña nieta del dueño contemplaba los uniformes y las condecoraciones de los generales. Kutúzov, hundido en un sillón plegable, tiraba del cuello de su casaca desabrochada, que aún parecía apretarle. Cuando su ayudante quiso descorrer la cortina, lo detuvo con un gesto enojado: no deseaba que se le viera el rostro.

Después de escuchar las opiniones, suspiró profundamente y se levantó con lentitud.

—Señores, he escuchado sus opiniones. Algunos de ustedes no estarán de acuerdo conmigo. Pero yo… —Hizo una pausa—. Por la autoridad que me han confiado mi soberano y mi patria, ordeno la retirada.

Los generales se dispersaron con el silencio circunspecto de quienes se marchan después de un funeral.

En casa de los Rostov, los preparativos de la partida habían llenado de voces el patio y las habitaciones. Mientras Sonia supervisaba el embalaje de la vajilla, Natasha estaba sentada en el suelo de su cuarto desmantelado, sosteniendo el vestido de su primer baile. La conversación de las criadas y sus pasos apresurados la sacaron de su ensueño. Miró por la ventana: una larguísima fila de carros llenos de heridos se había detenido en la calle.

Salió con un pañuelo limpio sobre el cabello, sujetándolo por los extremos. Mávra Kuzmínichna hablaba con un joven oficial pálido que yacía bajo una capota de esteras. Natasha lo miró con ojos asustados y salió al encuentro del mayor que recorría la fila.

—¿Podrían quedarse los heridos en nuestra casa?

—¿Cuál quiere, señorita? —preguntó él, sonriendo.

Natasha repitió su pregunta en voz baja. Su actitud era tan seria, aunque todavía sostenía los extremos del pañuelo, que el mayor dejó de sonreír y respondió afirmativamente. El carro entró en el patio; ella y el ama de llaves procuraron admitir al mayor número posible de heridos.

Después, Natasha se entregó al equipaje. Los sirvientes acudían a preguntarle si los carros estaban suficientemente cargados; se dejaban las cosas innecesarias y se apretaban las valiosas. Trabajaron hasta tarde sin acabar. Sonia y Natasha durmieron sin desvestirse.

Aquella noche llegó otra calesa, con la capota levantada y un herido completamente cubierto. El anciano criado que lo acompañaba suspiró ante la invitación de Mávra Kuzmínichna.

—¡No esperamos llevarlo vivo a casa!

El médico permitió que lo alojaran allí. Para evitar las escaleras lo instalaron en el ala, en la habitación de madame Schoss. Era el príncipe Andréi Bolkonski.

El primero de septiembre amaneció claro. Las campanas llamaban al oficio como cualquier domingo. Los treinta carros de los Rostov valían ahora sumas enormes. Heridos de las casas vecinas se arrastraban hasta el patio suplicando un medio de salir de Moscú. El mayordomo se negaba: si daban un carro, ¿cómo negar los demás? Treinta carros no podían salvarlos a todos.

Pero el conde accedió a la petición de un oficial. La gratitud de aquel rostro selló su orden imprecisa de descargar uno o dos carros. Otros heridos comenzaron a acercarse al porche. Cuando despertó la condesa, ya estaban desatando las cargas, y madame Schoss se quejaba de que habían bajado su baúl. La condesa llamó a su marido.

—Nuestras cosas se pueden comprar, pero ¡piensa en lo que significa para ellos quedarse atrás! —dijo él tímidamente—. Están en nuestro propio patio; nosotros mismos los invitamos a entrar…

La condesa conocía aquel tono: siempre anunciaba algo perjudicial para los intereses de los niños.

—¡Ahora quieres tirar por la borda todas nuestras propiedades, las de los niños! Es asunto del gobierno ocuparse de los heridos. Mira a los Lopujin de enfrente: lo retiraron todo hace dos días. Solo nosotros somos tan tontos. Si no tienes compasión de mí, tenla de los niños.

El conde salió sin responder. Natasha se acercó a la ventana y reflexionó. Entretanto llegó Berg, que, al ver tantos carros, tenía también un favor que pedir: había encontrado una cómoda y un tocador, una verdadera belleza, con un cajón secreto inglés. Vera deseaba uno desde hacía mucho tiempo. ¿Podían prestarle un carro? Pagaría bien.

—Pregúntale a la condesa, yo no doy órdenes.

—Si resulta inconveniente, no lo hagas, por favor. Es solo que lo quería tanto, por la querida Vera.

—¡Oh, váyanse todos al diablo! ¡Estoy muy confundido! —gritó el conde.

Natasha salió tras él, vaciló y bajó corriendo. Petia repartía armas en el porche. Los carros seguían cargados; solo dos estaban desatados, y un ordenanza ayudaba a subir a un oficial.

—Es porque papá quería ceder todos los carros a los heridos —le explicó Petia—. Vasílich me lo dijo. Yo considero…

—Considero —casi gritó Natasha—, considero que es tan horrible, tan abominable, tan… no sé qué.

Le temblaba la garganta con sollozos convulsivos. Temiendo que su ira se desperdiciara, subió las escaleras e irrumpió ante su madre.

—¡Es horrible! ¡Es abominable! ¡No es posible que hayas dado esa orden! ¡Mamá, mira lo que está ocurriendo en el patio! ¡Se quedarán atrás!

—¿Qué te pasa? ¿Quiénes son «ellos»? ¿Qué quieres?

—¡Pero los heridos! Es imposible, mamá. ¡Es monstruoso!… No, querida mamá, eso no está bien. Perdóname, querida… Mamá, ¿qué importa lo que nos llevemos? Mira solamente lo que está ocurriendo en el patio… ¡Mamá!… ¡Es imposible!

El conde escuchaba junto a la ventana, sin volverse. De pronto sorbió por la nariz y acercó el rostro al cristal. La condesa vio en su hija la vergüenza que sentía por ella y comprendió por qué su marido no la miraba.

—¡Oh, hagan lo que quieran! ¿Acaso estoy impidiendo algo?

—¡Mamá, querida, perdóname!

La condesa apartó a Natasha y se acercó a su esposo, bajando los ojos.

—Ordena lo que consideres correcto… Ya sabes que no entiendo de estas cosas.

—Los huevos… los huevos le están enseñando a la gallina —murmuró el conde entre lágrimas de alegría, abrazándola.

—¡Papá! ¡Mamá! ¿Puedo ocuparme yo? De todos modos, nos llevaremos todas las cosas más necesarias.

Natasha corrió al patio. Los sirvientes no creyeron la orden hasta que el conde la confirmó en nombre de su esposa. Entonces se pusieron a trabajar con entusiasmo. Ceder los carros parecía ahora lo único posible, como un cuarto de hora antes había parecido inevitable llevarse las pertenencias y abandonar a los heridos.

Los hombres salían arrastrándose, pálidos y felices. Algunos pedían sentarse sobre los baúles, pero la descarga ya no podía detenerse. Porcelanas, bronces, cuadros y espejos, embalados con tanto cuidado, quedaron en el patio. Siempre se encontraba modo de disponer de otro carro.

—Que se queden con mi carro para el vestuario —dijo la condesa—. Duniasha puede ir conmigo.

Antes de las dos estaban listos los cuatro carruajes. Al pasar la calesa de Andréi, Sonia preguntó de quién era.

—¡El mismísimo príncipe Bolkonski! ¡Dicen que se está muriendo! —respondió una doncella.

Sonia corrió a la condesa y se lo contó. La madre la agarró del brazo y miró alrededor.

—¿Natasha?

—Natasha aún no lo sabe, pero él se va con nosotros.

Cuando Natasha entró, animada, su madre se inclinó sobre el bolso para ocultar la agitación. Sonia la abrazó y la besó.

—¿Es algo muy malo para mí? ¿Qué ocurre?

Sonia no respondió. Reunida la familia, permanecieron sentados unos momentos sin mirarse. El conde se levantó primero y se persignó. Después vinieron los abrazos a quienes se quedaban, los cojines olvidados, los bultos mal colocados y las últimas carreras entre la casa y los carruajes.

Pocas veces había sentido Natasha tanta alegría como al contemplar las murallas de Moscú alejándose. Miraba la fila de heridos; sus ojos buscaban la capota levantada de aquella calesa, sin saber quién iba dentro. Junto a la torre de Sújarev reconoció a Pierre, vestido con un largo abrigo de cochero.

—¡Piotr Kirílovich, ven aquí! ¡Te hemos reconocido! ¿Qué estás haciendo? ¿Por qué estás así?

Pierre besó torpemente la mano que ella le tendía mientras caminaba junto al carruaje.

—No me preguntes —dijo, embelesado por su expresión radiante.

—¿Entonces se quedará usted en Moscú?

—¿En Moscú? —vaciló—. Sí, en Moscú. ¡Adiós!

—Pero ¿qué le ocurre, conde? No parece usted el mismo…

—¡Oh, no me preguntes! Ni yo mismo lo sé. Mañana… ¡Pero no! ¡Adiós, adiós! ¡Es una época terrible!

Pierre se quedó atrás y subió a la acera. Natasha continuó mirándolo largo rato, con una sonrisa feliz y ligeramente inquisitiva.

Los caminos atestados y los retrasos apenas les permitieron alejarse de Moscú aquella primera noche. La siguiente llegaron a Gran Mytíshchi. Desde la mañana, cuando Sonia le había revelado que Andréi estaba herido y viajaba con ellos, Natasha permanecía inmóvil. Había preguntado dónde estaba, si era grave, si podía verlo. Le contestaron que no podía, que estaba gravemente herido, aunque su vida no corría peligro. No lo creyó y dejó de preguntar.

Al anochecer apareció un resplandor lejano. Los sirvientes lo contemplaron hasta que el viejo ayuda de cámara rompió a llorar: era Moscú. La condesa lloró también. Natasha, sentada bajo los iconos, solo escuchaba los gemidos incesantes de un ayudante herido, alojado a tres casas de distancia.

Su madre le tocó la frente con los labios.

—Hace frío. Estás temblando de pies a cabeza. Será mejor que te acuestes.

—Me acostaré enseguida.

Pero abrió la ventana y sacó la cabeza al aire húmedo. Sabía que no era Andréi quien gemía; él estaba al otro lado del pasillo. Aun así, aquellos sonidos la hicieron sollozar. Después se puso una bata, rehízo la trenza con sus dedos rápidos y se tendió sobre el heno, junto a la puerta.

Escuchó las oraciones de su madre, los crujidos de la cama, los ronquidos de madame Schoss y la respiración de Sonia. No respondió cuando la condesa la llamó. Su pie desnudo se enfriaba fuera de la colcha. Cantó un grillo; a lo lejos se respondieron dos gallos. Natasha se incorporó.

—Sonia, ¿estás dormida? ¿Mamá?

Le parecía que algo golpeaba rítmicamente las paredes: era su corazón. Cruzó el umbral, pisó la tierra fría del pasillo, pasó por encima de un hombre dormido y abrió la otra puerta. Una vela de sebo humeaba junto a la cama.

Todo el día había esperado aquel momento; ahora temía lo que pudiera ver. Confundió las rodillas levantadas bajo la colcha con los hombros e imaginó un cuerpo horrible. Se detuvo, aterrorizada, pero avanzó. El ayuda de cámara se incorporó. Natasha pasó junto a él; cayó la carbonilla de la vela y vio claramente a Andréi, con los brazos fuera de la colcha.

Era el mismo, pero la fiebre, los ojos brillantes y el delicado cuello descubierto le daban una inocencia infantil. Natasha cayó de rodillas. Él suspiró aliviado y extendió la mano.

—¿Tú? ¡Qué suerte!

Ella se acercó de rodillas, tomó su mano y comenzó a besarla, rozándola apenas con los labios.

—¡Perdóname! —susurró, mirándolo—. ¡Perdóname!

—Te amo.

—¡Perdóname…!

—¿Perdonar qué?

—¡Perdóname por lo que he he-cho!

—Te amo más, mejor que antes —dijo él, levantándole el rostro para mirarla a los ojos.

Su rostro pálido, con los labios hinchados, era espantoso; pero Andréi solo veía sus ojos radiantes. Detrás de ellos sonaron voces. El ayuda de cámara había despertado al médico.

—¡Por favor, váyase, señora!

Una doncella enviada por la condesa llamó a la puerta. Como una sonámbula despertada, Natasha salió y se dejó caer sollozando sobre su cama. Desde entonces, en cada parada del viaje, no se separó del herido. El médico tuvo que reconocer que no esperaba de una joven tanta entereza ni tanta habilidad para cuidarlo. Nadie habló de reanudar el antiguo compromiso; menos que nadie, ellos dos.