Capítulo VI: El roble y el baile
El príncipe Andréi había pasado dos años seguidos en el campo. Sin ostentación ni dificultad aparente, había ejecutado los planes que Pierre nunca lograba realizar: liberó a trescientos siervos, sustituyó en otras propiedades el trabajo obligatorio por una renta y pagó una comadrona y un maestro para los campesinos. Seguía los asuntos del mundo y redactaba una propuesta de reforma de los reglamentos del ejército.
En la primavera de 1809 fue a las propiedades de Riazán heredadas por su hijo. Al borde del camino, entre los abedules de hojas nuevas, se alzaba un roble enorme. Sus ramas quebradas habían dejado cicatrices en la corteza; con sus nudosas manos y dedos, parecía un monstruo anciano, severo y desdeñoso. Solo él y los abetos mortecinos se negaban a ceder al encanto de la primavera. Andréi volvió a su antigua conclusión, reconfortante en su desesperanza: no le correspondía comenzar nada; debía vivir sin hacer daño, sin inquietarse ni desear nada.
Por asuntos de aquella hacienda visitó al conde Rostov en Otrádnoe. En la avenida vio a una muchacha morena, esbelta, con vestido amarillo, que corría entre risas. Al advertir al desconocido, volvió junto a las otras sin mirarlo. Andréi sintió una punzada: aquella muchacha no sabía de su existencia y era feliz en su vida aparte. «¿En qué está pensando? ¿Por qué está tan feliz?» El conde insistió en que pasara allí la noche.
No podía dormir. Abrió los postigos y la luz de la luna, como si hubiera esperado aquello mucho tiempo, irrumpió en la habitación. Apoyado en el alféizar, oyó voces femeninas en el piso de arriba.
—Solo una vez más —dijo una voz de muchacha que reconoció de inmediato.
—Pero ¿cuándo vas a acostarte?
—¡No quiero, no puedo dormir, qué sentido tiene! Ven ahora por última vez.
Las dos voces cantaron el final de una canción. Después todo quedó en silencio; Andréi sabía que ella seguía allí. Oía un roce, algún suspiro. «¡Para ella es como si yo no existiera!», pensó, esperando y temiendo que dijera algo sobre él. Surgió en su alma una agitación de pensamientos y esperanzas juveniles tan contraria al curso de su vida que, incapaz de explicársela, se acostó y quedó dormido.
A principios de junio volvió a entrar en el bosque. Buscó el roble y, sin reconocerlo, miró con admiración precisamente el árbol que buscaba. Una copa de follaje oscuro y lleno de savia temblaba bajo el sol; ya no se veían sus cicatrices ni sus antiguos dedos. Recordó Austerlitz, el rostro muerto de su esposa, a Pierre en el transbordador, a la muchacha y la luna.
—¡No, la vida no termina a los treinta y un años! —decidió—. No me basta con saber lo que llevo dentro; todos deben conocerlo.
Su proyecto militar lo llevó ante Arakchéiev. El ministro lo desaprobó y, al mismo tiempo, recomendó a su autor como miembro del comité, sin sueldo. Más tarde, Speránski cautivó a Andréi con su inteligencia serena y sus argumentos claros. La admiración llegó a parecerse a la que había sentido por Bonaparte. Una semana después, Andréi pertenecía al Comité de Reglamentos y presidía una sección encargada de revisar las leyes.
Pierre, entretanto, había comenzado a sentir que el terreno masónico se hundía bajo sus pies. Sostenía casi solo un hospicio; bajo los delantales de los hermanos veía los uniformes y condecoraciones que ambicionaban. Una docena de hombres ricos reunían veinte o treinta rublos, principalmente en promesas. Viajó al extranjero buscando los secretos superiores de la orden y regresó en el verano de 1809, todavía resuelto a actuar.
También volvió a vivir con Hélène. Su suegra había venido llorando, rogándole que la escuchara. Al releer las cartas de su benefactor, Pierre dedujo que no debía rechazar a quien suplicaba y que debía cargar con su cruz. Rogó a su esposa que olvidara el pasado; le dijo que él no tenía nada que perdonarle. Se instaló en el piso superior, queriendo dar a aquella unión un propósito únicamente espiritual. En las veladas de Hélène contemplaba perplejo la reputación de inteligencia que rodeaba a su mujer; se protegía de nuevas humillaciones no comportándose como esposo y no permitiéndose sospechar.
El treinta y uno de diciembre, víspera de 1810, Natasha iba a asistir a su primer gran baile. Estarían el cuerpo diplomático y el emperador. Desde las ocho de la mañana había trabajado para que su madre, Sonia y ella estuvieran lo mejor vestidas posible; por ayudar a todas se había quedado rezagada. Su falda era demasiado larga. Dos doncellas recogían el dobladillo, cortando los hilos con los dientes; otra sostenía en alto la gasa.
—Mávra, ¡date prisa, querida!
Entró la condesa con su vestido de terciopelo. El conde quiso abrazarla, pero ella se apartó, sonrojándose, por miedo a que se arrugara.
—Mamá, tu gorro, más hacia este lado. Yo te lo arreglaré.
Natasha se precipitó hacia ella; las doncellas arrodilladas no pudieron seguirla y se desgarró un trozo de gasa.
—¡No importa, lo recogeré; no se notará! —dijo Dunyásha.
En la oscuridad estrecha del carruaje, Natasha apenas podía creer en las salas iluminadas, las flores y la música que la esperaban. Solo al subir la escalera entre flores recordó cómo debía comportarse. Intentó adoptar un aire majestuoso, pero se le nublaban los ojos y el corazón le palpitaba con violencia. Avanzó casi desfallecida, procurando ocultar la emoción, y aquella fue precisamente la actitud que mejor le sentó. En los espejos no distinguía su reflejo: todo se fundía en una brillante procesión.
Al entrar en el salón, el murmullo continuo de voces, pasos y saludos la ensordeció; la luz y el resplandor acabaron de deslumbrarla. Los dueños de la casa llevaban media hora junto a la puerta, repitiendo a cuantos llegaban las mismas palabras: «Encantado de verlos». Así recibieron también a los Rostov y a Perónskaya.
Junto a su madre, entre la multitud que aguardaba al emperador, advirtió que la miraban y preguntaban por ella. Aquello la tranquilizó. Perónskaya señalaba las celebridades.
—Y ese gordo de las gafas es el francmasón universal. ¡Pónganlo junto a su esposa y parece un auténtico bufón!
Natasha miró alegremente al «bufón». Pierre había prometido presentarle parejas y ella sabía que las buscaba. Pero él se detuvo junto a un hombre apuesto, de uniforme blanco: Andréi, que le pareció mucho más joven y feliz. Más tarde, mientras el príncipe observaba a las mujeres que contenían el aliento esperando una invitación, Pierre lo tomó del brazo.
—Aquí tengo una protegida, la joven Rostóva. Pídeselo.
—¿Dónde está? —preguntó Bolkonski.
Se volvió hacia el barón con quien hablaba.
—¡Discúlpeme! Terminaremos esta conversación en otro lugar: en un baile hay que bailar.
Dio un paso en la dirección que Pierre le indicaba.
Andréi vio la expresión desesperada de Natasha y comprendió lo que sentía. Se acercó a la condesa, hizo una reverencia y pidió a la muchacha que bailara el vals. Antes de terminar la invitación ya extendía el brazo para rodearle la cintura. El rostro de Natasha, preparado tanto para la desesperación como para el éxtasis, se iluminó con una sonrisa agradecida e infantil.
«Llevo mucho tiempo esperándote», parecía decir mientras apoyaba la mano en su hombro. Fueron la segunda pareja en entrar en el círculo. Sus zapatos de satén blanco se movían con rapidez y ligereza, independientemente de su voluntad. Frente a Hélène, endurecida por el barniz de miles de miradas, Natasha parecía expuesta por primera vez. Andréi había querido escapar de las conversaciones políticas; pero apenas abrazó aquella figura flexible y sintió su sonrisa tan próxima, el vino de su encanto se le subió a la cabeza. Al dejarla, permaneció respirando profundamente, rejuvenecido.
Después llegaron Borís y otros jóvenes. Natasha no dejó de bailar, pasando a Sonia las parejas que le sobraban. No vio al emperador: solo advirtió su partida porque el baile cobró animación. En un cotillón, Andréi volvió a ser su pareja y le contó que la había oído aquella noche de luna en Otrádnoe. Ella se ruborizó y trató de disculparse, como si hubiera hecho algo vergonzoso. Camino de la cena pasó junto a Pierre.
—¡Qué encantador es, conde! ¿Verdad?
—Sí, me alegro mucho —respondió él, sonriendo distraídamente.
«¿Cómo puede la gente estar descontenta con algo?», pensó Natasha. Todos le parecían buenos, espléndidos, incapaces de hacerse daño.
Al día siguiente Andréi no logró trabajar. Escuchó sin entusiasmo las noticias de la inauguración del Consejo de Estado, antes tan esperada. «¿Puede todo eso hacerme más feliz o mejor?» Por la noche, en casa de Speránski, le extrañó la risa aguda del estadista. Intentó participar en la conversación, pero sus comentarios eran apartados como un corcho arrojado fuera del agua.
En casa de los Rostov lo recibieron con sencilla cordialidad. Después de cenar, Natasha cantó a petición suya. Andréi dejó de hablar: las lágrimas lo ahogaban. ¿Por su antiguo amor, por sus desilusiones, por sus esperanzas? Sí y no. Algo infinitamente grande dentro de él contrastaba con lo limitado que eran él y hasta ella. Aquella noche no pudo dormir; su alma estaba tan fresca como si hubiera salido de una habitación sofocante al aire libre.
No se le ocurría que estuviera enamorado: simplemente se la imaginaba, y toda la vida aparecía bajo una luz nueva. Pensó en buscar un preceptor para su hijo, retirarse del servicio y conocer Inglaterra, Suiza e Italia. «Debo aprovechar mi libertad mientras sienta en mí tanta fuerza y juventud», se decía. Pierre había tenido razón: para ser feliz había que creer en la posibilidad de serlo.
Pronto toda la casa comprendió por quién venía. Sonia temía dejar sola a Natasha y temía estorbar; la condesa inventaba conversaciones triviales. A solas con él, Natasha palidecía. Le sorprendía su timidez: quería decirle algo y no se decidía. Solo ante Pierre habló Andréi sin reserva.
—Ahora, para mí, el mundo entero está dividido en dos mitades: una mitad es ella, y allí todo es alegría, esperanza, luz; la otra mitad es todo aquello donde ella no está, y allí todo es tristeza y oscuridad…
—Tinieblas y tristeza —repitió Pierre—: sí, sí, lo entiendo.
Cuanto más luminosa le parecía la suerte de su amigo, más sombría veía la suya. Andréi partió al campo para pedir el consentimiento paterno. El anciano lo escuchó con ira contenida: alegó la poca riqueza de la novia, su juventud, la salud de su hijo y el cuidado del niño. Finalmente exigió un año de espera, un viaje al extranjero y tratamiento. Andréi comprendió que esperaba el enfriamiento de alguno de los enamorados, o su propia muerte, y aceptó el plazo.
Natasha, que ignoraba el viaje, lo esperó tres semanas. Vagaba como una sombra y lloraba a escondidas; creía que todos conocían su decepción y la compadecían. Una mañana volvió a cantar en el salón vacío. Escuchó complacida la resonancia de su voz y el crujido de sus zapatos nuevos. Al pasar ante el espejo pareció decirse: «¡No necesito a nadie!». Entonces oyó pasos en el zaguán. Cuando volvió a verse, estaba pálida. Era él.
Andréi pidió hablar con la condesa. Natasha sabía que debía salir, pero algo le atenazaba la garganta. Miró a ambos con ojos suplicantes y se marchó.
—He venido, condesa, para pedir la mano de su hija.
La condesa aceptó, confundida, dejando la decisión a Natasha. Quería amarlo como a un hijo, pero aún era un extraño, un hombre aterrador. Al conocer la condición del padre suspiró y fue a buscar a su hija. La encontró sentada en la cama, pálida, mirando los iconos y persignándose.
—Ve, ve con él. Está pidiendo tu mano.
Natasha nunca recordó cómo había entrado en el salón. «¿Es posible que este extraño se haya convertido ahora en todo para mí?» Andréi se acercó con los ojos bajos.
—Te he amado desde el primer momento en que te vi. ¿Puedo tener esperanza?
Al mirarla, le impresionó la expresión seria y apasionada de su rostro. Parecía preguntarle por qué dudaba de aquello que no podía ignorar, por qué era necesario hablar cuando las palabras no podían expresar lo que se sentía.
Ella se acercó y se detuvo. Él le tomó la mano y la besó.
—¿Me amas?
—¡Sí, sí! —murmuró, casi contrariada, y comenzó a sollozar.
—¿Qué pasa? ¿Qué ocurre?
—¡Oh, soy tan feliz!
Sonrió entre lágrimas, vaciló un instante y lo besó. Andréi sostuvo sus manos. El antiguo encanto poético había cedido a la compasión por su debilidad infantil, al temor ante su confianza y a una sensación opresiva, aunque gozosa, del deber. Era un sentimiento menos luminoso, pero más fuerte.
—¿Te dijo tu madre que no puede ser hasta dentro de un año?
Natasha pensaba que ella, la «chiquilla», iba a ser la esposa y la igual de aquel hombre querido e inteligente, a quien hasta su padre respetaba. ¿Podía ser verdad? ¿Ya no podría seguir jugando con la vida? Ahora era adulta; sobre ella recaería la responsabilidad de cada palabra y cada acto. Pero, absorta en aquello, había perdido el sentido de la pregunta.
—No —respondió ella, sin haber entendido.
—¡Perdóname! Pero eres tan joven, y yo ya he pasado por tantas cosas en la vida. Temo por ti; aún no te conoces a ti misma.
—Por duro que sea este año que retrasa mi felicidad, te dará tiempo para estar segura de ti misma. Te pido que me hagas feliz dentro de un año, pero eres libre: nuestro compromiso permanecerá en secreto, y si descubres que no me amas, o si llegaras a amar… —añadió con una sonrisa forzada.
—¿Por qué dices eso? Sabes que desde el mismo día en que viniste por primera vez a Otrádnoe te he amado.
—Dentro de un año aprenderás a conocerte…
—¡Un año entero! Pero ¿por qué un año? ¿Por qué un año?…
Él comenzó a explicar las razones. Natasha no escuchaba.
—¿Y no se puede hacer nada?
Andréi no respondió. Su rostro expresaba la imposibilidad de alterar la decisión.
—¡Moriré esperando un año: es imposible, es horrible!
Vio su compasión y su perplejidad y contuvo de pronto las lágrimas.
—¡No, no! ¡Haré lo que sea! Soy tan feliz.
Los padres entraron y los bendijeron. No hubo ceremonia ni anuncio del compromiso. Andréi insistió: él había dado su palabra para siempre; Natasha tenía absoluta libertad de rechazarlo, incluso si dentro de seis meses dejaba de amarlo. Ni ella ni sus padres querían oírlo. Siguió visitándolos diariamente, tratándola de usted y besándole solo la mano. Ahora se conocían de un modo íntimo y natural; a menudo, cuando los demás los dejaban solos, permanecían en silencio.
Natasha acostumbraba a la familia a su presencia, asegurando orgullosamente que ella no le tenía miedo y que nadie tenía por qué tenerlo. Pronto él participó en la vida habitual de la casa: conversaba de economía rural con el conde, de modas con las mujeres y de labores con Sonia.
Una vez Natasha le preguntó por su hijo. Andréi se ruborizó y dijo que no viviría con ellos.
—¿Por qué no? —preguntó ella, asustada.
—No puedo apartarlo de su abuelo.
—¡Cuánto lo habría querido! —exclamó Natasha; pero adivinaba que Andréi deseaba evitar cualquier pretexto para que los censuraran.
La víspera de su partida, Andréi llevó a Pierre, que no había vuelto desde el baile y parecía turbado. Mientras este hablaba con la condesa, Natasha se sentó junto a Sonia ante la mesita de ajedrez, invitando así a Andréi a acercarse.
—¿Hace mucho que conoces a Bezújov? ¿Te cae bien?
—Sí, es un encanto, pero muy absurdo.
Al día siguiente Andréi partió de Petersburgo. Quedaba por delante el año de espera.