Biblioteca Guerra y paz 0%

Biblioteca de Héroe

Guerra y paz

León Tolstói

Capítulo 3 de 29 8 min de lectura aprox.

Capítulo II: Herencias y despedidas

Mientras en casa de los Rostov se bailaba la sexta inglesa, el conde Bezújov sufrió un sexto ataque. Los médicos declararon imposible su recuperación. Más allá de las verjas, los encargados de pompas fúnebres se ocultaban cada vez que se acercaba un carruaje, aguardando un encargo importante.

El príncipe Vasíli fue a la habitación de la princesa mayor. Ante los iconos ardían dos pequeñas lámparas; olía a flores y pastillas quemadas. La princesa sostenía a su perrito entre las manos huesudas. Las mejillas del príncipe se contraían nerviosamente.

—Sabes, Catiche, que nosotros somos los únicos herederos directos del conde. Pero el invierno pasado hizo testamento, por el cual dejó todas sus propiedades, no a nosotros, sino a Pierre.

—¡Ha hecho suficientes testamentos! Pero no puede dejarle la propiedad a Pierre. Pierre es ilegítimo.

Entretanto, Anna Mijáilovna llevaba a Pierre por la escalera trasera. Él no comprendía aquella prisa ni por qué entraban por allí; pero la seguridad de su acompañante lo convencía de que todo era necesario.

—Quizá el conde no haya pedido verme. Será mejor que vaya a mi habitación.

—Piensa que es tu padre… quizá esté en la agonía de la muerte. Confía en mí, Pierre. No olvidaré tus intereses.

Vasíli vino a buscarlo y le tomó la mano, cosa que nunca hacía. Pierre quiso preguntar cómo estaba el enfermo y vaciló: le parecía impropio llamarlo «el conde», pero le avergonzaba llamarlo «padre».

Cuando dieron la vuelta al moribundo, un brazo le cayó hacia atrás. Intentó moverlo sin conseguirlo. Miró aquel brazo rebelde, el rostro aterrorizado de Pierre y otra vez el brazo; apareció en sus facciones una sonrisa débil y lastimosa, como una burla de su impotencia. Pierre sintió un temblor en el pecho y las lágrimas le nublaron los ojos. Colocaron al enfermo de cara a la pared. Suspiró.

Fuera del dormitorio, Anna Mijáilovna y la princesa disputaban una carpeta con incrustaciones. Ambas la sujetaban; ninguna cedía. Un grito interrumpió la disputa:

—¡Se está muriendo y me deja sola con él!

La carpeta cayó. Anna Mijáilovna la recogió rápidamente y corrió al dormitorio. Minutos después salió la princesa mayor, pálida, mordiéndose el labio. Al ver a Pierre, su expresión mostró un odio incontenible.

—¡Sí, ahora pueden estar contentos! Esto es lo que estaban esperando.

Vasíli se dejó caer junto a él, con la mandíbula temblorosa.

—¡Cuántas veces pecamos, cuánto nos engañamos, y todo para qué! Tengo casi sesenta años… ¡Todo acabará con la muerte, todo!

Rompió a llorar. Anna Mijáilovna salió la última, besó a Pierre en la frente y, después de una pausa, dijo:

—Ya no está…

Lo dejó en el oscuro salón. Cuando volvió, dormía con la cabeza apoyada en el brazo. Por la mañana le habló de la inmensa fortuna y de sus deberes; después recordó que el difunto había prometido no olvidar a Borís. Pierre, sin entender nada, la miraba en silencio, ruborizado.

Por aquellos mismos días, en Montes Calvos, la princesa María se inclinaba sobre un cuaderno de geometría junto a su padre.

—Ahora, señorita, estos triángulos son iguales; observe que el ángulo ABC…

Rodeada por el olor a vejez y tabaco, María solo veía los ojos brillantes de su padre. El miedo le impedía comprender. Deseaba escapar a su habitación para resolver tranquilamente el problema. Dio una respuesta equivocada.

—¡Vaya, qué tonta es!

El príncipe apartó el libro, se levantó y caminó de un lado a otro; luego acarició ligeramente el cabello de su hija, volvió a sentarse y continuó explicando.

Cuando llegaron Andréi y Lise, María dejó a medias un pasaje de sonata. Las dos mujeres se abrazaron, se besaron y comenzaron a llorar. Andréi frunció el ceño como un amante de la música que oye una nota falsa. Lise hablaba sin parar de su viaje, de la ropa que había dejado en Petersburgo, de cuánto había cambiado su marido. María miraba a su hermano con amor y tristeza.

—Entonces, ¿de verdad vas a la guerra, Andréi?

—Sí, y nada menos que mañana.

—Me deja aquí, Dios sabe por qué, cuando podría haber obtenido un ascenso…

La noche siguiente, hechos los equipajes, Andréi paseaba con las manos a la espalda. Su rostro parecía pensativo y tierno. ¿Temía la guerra o sentía tristeza por dejar a su esposa? Al oír los pasos de María, se puso a atar una caja y recobró su expresión impenetrable.

Lise dormía en el sofá de su cuñada. María pidió a su hermano indulgencia para aquella niña alegre, obligada a quedarse sola en el campo, en su estado. Él escuchaba con una expresión irónica.

—Tengo un gran favor que pedirte. ¡Prométeme que no te negarás! No te causará ninguna molestia, pero me consolará.

Metió la mano en su bolsito sin sacar aún lo que llevaba dentro.

—Nuestro abuelo lo llevaba en todas sus guerras. Debes prometerme que nunca te lo quitarás.

—Si no pesa un quintal ni me rompe el cuello… Para complacerte…

La expresión dolida de María lo hizo arrepentirse. Ella sostuvo ante él un antiguo icono del Salvador, engastado en oro. Sus grandes ojos tímidos iluminaban su rostro y lo hacían hermoso. Andréi comprendió lo que esperaba: se persignó y besó el icono, con ternura y un destello de ironía.

María volvió a defender a Lise. Se ruborizó cuando su hermano adivinó las confidencias de la princesita: había llorado por sus presentimientos sobre el parto y se había quejado de su marido y su suegro.

—No puedo reprocharle nada a mi esposa, ni puedo reprocharme nada a mí mismo en lo que a ella respecta. Pero si quieres saber si soy feliz, ¡no! ¿Es ella feliz? ¡No! Pero no sé por qué es así…

La carroza esperaba en la oscuridad. En su despacho, el anciano siguió escribiendo mientras Andréi se despedía.

—Cuando llegue el momento del parto, llama a un obstetra en Moscú… Que esté aquí… Ha tenido un sueño y está asustada.

—Lo haré.

Le entregó una carta para Kutúzov y le indicó qué hacer con sus memorias después de su muerte. Andréi no protestó que viviría todavía mucho tiempo; sentía que no debía decirlo. Al abrazarlo, el viejo príncipe se interrumpió de pronto.

—Si te matan, eso me hará sufrir, a tu viejo padre… ¡Pero si me entero de que no te has comportado como un hijo de Nikolái Bolkonski, me avergonzaré!

—Si me matan y tengo un hijo, no permitas que te lo aparten… deja que crezca contigo… Por favor.

Permanecieron frente a frente. Algo se contrajo en la parte inferior del rostro del anciano.

—Ya nos hemos despedido. ¡Vete!

Al abrazar a su esposa, Andréi sintió que caía inconsciente sobre su hombro. La acomodó cuidadosamente en un sillón, besó a María y salió. Su hermana se persignaba hacia la puerta. Desde el despacho llegaba, como disparos de pistola, el sonido del anciano sonándose la nariz con furia.

Mientras Andréi se encaminaba al ejército, la nueva vida de Pierre iba quedando en manos de Vasíli. El príncipe le consiguió un nombramiento y lo llevó a alojarse en su casa de Petersburgo. No necesitaba formular planes: prosperar se había convertido para él en un hábito.

A comienzos del invierno, una invitación de Anna Pávlovna anunciaba que encontraría allí a la hermosa Hélène. Pierre sintió que los demás reconocían ya entre ambos un vínculo. Aquello lo alarmó y lo halagó.

En la velada, Hélène se inclinó para dejar pasar una caja de rapé. Su cuello y sus hombros quedaron tan próximos que Pierre habría podido tocarlos con los labios. Percibió el calor de su cuerpo, el perfume, el crujido del corsé. La belleza que antes le parecía de mármol estaba viva. Sintió que aquella mujer debía ser su esposa; no sabía si sería bueno, pero sabía que ocurriría.

Aquella noche no pudo dormir. «Pero es estúpida. Yo mismo he dicho que es estúpida». Había algo desagradable en el sentimiento que despertaba en él. Sin embargo, se sorprendía sonriendo, soñando que ella lo amaría y él sería completamente distinto. Recordaba las insinuaciones, las miradas, y temía haberse comprometido ya a algo que no debía hacer; entonces reaparecía la imagen de su belleza.

En otra reunión, Pierre y Hélène seguían hablando solos en un pequeño salón. La esposa de Vasíli fue a mirar y regresó sin novedades. Al príncipe le temblaron las mejillas. Se levantó, echó la cabeza atrás y entró con una alegría triunfal que alarmó a Pierre.

—¡Gracias a Dios! ¡Mi esposa me lo ha contado todo! Mi querido muchacho… Estoy muy contento. Yo quería a tu padre… y ella será una buena esposa para ti… ¡Dios los bendiga!

Los rodeó con los brazos y besó a Pierre con su boca maloliente. Sus lágrimas eran verdaderas. Vinieron más lágrimas y besos; después los dejaron solos otra vez.

«Es bueno porque está decidido», pensó Pierre, aliviado de la duda. Sostenía la mano de su prometida y no recordaba qué debía decirse en semejantes ocasiones.

—Oh, quítate esas… esas… —dijo ella, señalando sus gafas.

Se las quitó, con una mirada asustada e interrogante. Iba a besarle la mano, pero Hélène interceptó sus labios con un movimiento rápido, casi brutal.

—¡La amo!

Había recordado las palabras necesarias; sonaron tan débiles que se avergonzó. Seis semanas después se casó y se instaló en su gran casa recién amueblada, convertido, como decía la gente, en el feliz poseedor de una esposa célebre por su belleza y de millones de rublos.

Pero antes de aquella boda, durante el otoño en que comenzaba a decidirse el porvenir de Pierre, Andréi había dejado atrás Montes Calvos. Su camino conducía al frente, con la carta para Kutúzov y el pequeño icono de María.